Virolas

A Pepe Cristo, que estará en el Cielo

Casi una década después, tras descender incluso al infierno que suponía la Tercera División –entonces no existía la Segunda B– el Real Murcia volvió a Primera. Era la temporada 1973-74 en la que, por ejemplo, al Barcelona llegó un holandés flacucho pero tan brillante como zigzagueante llamado Johan Cruyff o al equipo de mi tierra dos extremos que para mí serían ídolos: García Soriano y Pepe Cristo.

Ese año, mi padre nos llevó al Manzanares a ver el Atlético-Real Murcia. Íbamos mi hermano y yo con la ilusión de los recién ascendidos y me acuerdo que hasta nos compramos unos gorros de invierno, de esos que llevan una bolita encima, como de esquiador, con los colores y el escudo del conjunto pimentonero. Nos acompañó mi primo, que era un colchonero acérrimo y confeso, con un gorro igual pero, lógicamente, rojiblanco. Aunque estudiaba en un colegio religioso, de camino al estadio nos había augurado: “Aquí no ganáis ni con Cristo ni sin Cristo”. Aquel partido no lo jugó el extremo zurdo murcianista porque comenzaba su particular calvario de sucesivas lesiones.

El Atleti nos zurró la badana y nos goleó por 4 a 1, por lo que mi hermano y yo abandonamos el campo cabizbajos,  poco menos que con el rabo entre las piernas y mirando de reojo a mi exultante primo, que tampoco quiso el hombre hacer leña del árbol caído. Con todo,  Cristo fue uno de los jugadores revelación de esa temporada en un club modesto como era el Murcia. García Soriano, que jugaba por la derecha, también. A este último, el seleccionador nacional Ladislao Kubala lo llamó a una concentración con la absoluta, y llegó a jugar incluso.

Rememoro todo esto al saber que, hace unos días, en su Sevilla natal, nos ha dejado Pepe Cristo, aquel extremo de mi niñez al que me hubiera gustado parecerme. Era tan exquisito en el juego como en el look que portaba, con una cuidada melena que para mí hubiera querido. Tenía 63 años y ha muerto de cáncer. Se formó en el Betis desde abajo, en el campo de los Salesianos de Triana, y vino un día a Murcia desde Sabadell para triunfar. Decía Rilke que en la vida no hay clases para principiantes, y es que, en seguida, exigen de uno lo más difícil. Luego recaló en su Betis, Salamanca, Elche, Palencia y Jaén. Sólo espero que allá, desde el Cielo donde seguro estará, no tenga que contemplar un nuevo descenso a los infiernos de este destartalado Murcia actual, que tan pronto nos quita como nos da la vida.

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