El despertar de Serrat

Era septiembre, que eso bien que lo recuerdo. Estábamos, creo, en 1984 y Joan Manuel Serrat había venido a la Región para actuar en las fiestas de Molina de Segura. Aquella mañana llegué temprano a la radio y el jefe de programas, Diego Pedro López Acosta, uno de los profesionales que más me enseñaron en ese medio, me sugirió que intentara entrevistar al cantautor. Le dije que eso iba a ser complicado, ya que, sin concertar cita ni previo aviso, dudaba mucho que me atendiera. La noche anterior, Serrat había actuado en la vecina provincia de Alicante, por lo que deduje que, posiblemente, se hospedara ya en Murcia y aquí hubiera pernoctado.

Cogí la guía telefónica, pues así se trabajaba entonces, y me dispuse a llamar a los principales hoteles de la capital, que por aquellas fechas se concretaban en el Siete Coronas, el Rincón de Pepe y poco más. Marqué el número del primero y cogieron el teléfono en recepción. Me identifiqué y pregunté si ahí se hospedaba el señor Serrat. El recepcionista me dijo que sí y le pedí, por favor, si me podía pasar con su habitación o con la de alguien de su equipo. Sería poco antes del mediodía y, a los pocos segundos, escuché una voz somnolienta a través del auricular. En efecto, y para mi sorpresa, era el propio cantante. Le expliqué el motivo de mi llamada, con poca convicción de que accediera a hablar conmigo, esa es la verdad. Y me llevé la sorpresa mayúscula de que accedió de buen grado.

Grabamos, por teléfono, una entrevista de unos ocho o diez minutos, en la que le pregunté por su trayectoria, sus proyectos, por su vinculación con la Región, por su amistad con José María Galiana… Y también por Salvador Dalí, que por aquellas fechas atravesaba una crisis en su estado de salud. Recuerdo que sobre el artista ampurdanés no me habló con excesiva simpatía, precisamente. Eso sí, estuvo correcto y yo le agradecí mucho que me atendiera, aun cuando lo había despertado bruscamente. Emitimos la entrevista minutos después, en el programa matinal de Radiocadena, y yo me marché a mi casa ese día con la sensación de haber hecho algo importante a mis 22 años. Por la noche fui a escucharlo al recinto donde actuó en Molina, lo saludé antes del concierto y le volví a agradecer la deferencia que había tenido con aquel joven e inexperto reportero. Me dijo, sonriente, que los comienzos siempre eran duros, que él lo sabía bien, y yo no me atreví a pedirle un autógrafo, que era lo que se llevaba por aquel tiempo, supongo que por timidez. Y como tampoco había un fotógrafo cerca para dejar constancia del momento…

Cuento esta anécdota personal como ejemplo vital del que pasa por ser el mejor cantautor que ha dado nuestro país en el último medio siglo. Ahora, a raíz de lo acontecido en Cataluña, Serrat no ha dudado en posicionarse y hablar más con la cabeza y la razón que quizá con el corazón y el sentimiento. Y eso le ha costado la incomprensión del mundo independentista, el mismo que hasta hace bien poco lo exhibía como uno de los estandartes del catalanismo más puro, esencial y genuino. Serrat, que nunca tuvo problemas de conciencia por cantar en español o en catalán, y de cuya mente prodigiosa han salido algunas de las estrofas más hermosas del cancionero popular, sufre estos días el maltrato de quienes dicen querer tanto a la tierra a la que él ha idolatrado con sus preciosos versos y sus cálidas notas. Desde Buenos Aires, a los que le han llamado fascista, les responde con sorna que actúan como cuando un árbitro de fútbol pita algo que no nos gusta y nos acordamos de su madre “sin que aquella señora haya tenido algo que ver con el oficio que se le supone”.

Pero el caso de Serrat no es único: los barceloneses Juan Marsé y Eduardo Mendoza, dos de las mejores plumas de nuestra novela contemporánea, también sufren en sus carnes las invectivas de los mismos, acusados ambos de desviacionismo respecto a las tesis independentistas. Y antes, otros las padecieron durante años, como es el caso del irreverente dramaturgo Albert Boadella. Mal camino ese para quienes pretenden construir un país en el que no haya lugar a la disidencia, a la discrepancia y a la opinión encontrada. Es algo así como intentar edificar una nación desde la demencia y la enajenación. A Dalí, al que Serrat, como conté antes, no admiró en demasía, le preguntaron una vez por la locura. Y el pintor soltó una de sus perlas cultivadas, asegurando que la única diferencia entre un loco y él era que él no estaba loco. Estos parece que tampoco se dan por aludidos. El domingo lo comprobaremos.

[‘La Verdad’ de Murcia. 29-9-2017]

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La Biblia del periodismo español

Durante la Transición, y avanzada la democracia, el diario El País se convirtió para cuantos nos dedicamos en España al mundo del periodismo en poco menos que la Biblia. Cualquier proyecto que surgiera, buscaba parecerse al impulsado en nuestro país en los últimos tiempos del régimen de Franco. El nacimiento de aquel periódico en 1976, con un joven director al frente, que incluso protagonizaba el anuncio televisivo que daba cuenta del feliz alumbramiento, supuso un antes y un después en la prensa escrita española.

Juan Luis Cebrián, con tan solo 32 años, pilotó aquella nave con maestría y solvencia suficientes para situar su cabecera al frente de todos registros de difusión. Durante muchos años, El País fue un negocio altamente rentable para sus promotores, lo que permitió, desde su pingüe cuenta de resultados, explorar otros campos. Sin embargo, la crisis larvada hace un decenio, que se llevó por delante como las riadas cuanto encontraba a su paso, también ha amenazado al trasatlántico de la prensa española. Alguien dijo una vez, quizá con suficiente argumentación, que la información como tal dejó de interesar cuando se descubrió que era un negocio. El País ha sido referente de varias generaciones en España y en los últimos años, como los enseres que se lleva la corriente de agua descontrolada, amenaza con acabar rebozado en barro y lodo.

El propio Cebrián explicó en su día a la representación laboral del diario las motivaciones para activar un Expediente de Regulación de Empleo, con algunas perlas cultivadas que no sé muy bien si surgieron de su provecta intuición o tan solo de que este hombre se nos está haciendo mayor. Porque decir que la tercera edad en el periodismo comienza a los 50 años o que la gente del periódico tenía que dejar de acostumbrarse a vivir bien, no dejarían de ser sendas boutades si no las hubiera pronunciado un tipo que hoy tiene 72 años y que todavía gana al año una cantidad de dinero estratosférica como presidente-ejecutivo de la empresa editora.

Asistir a la ceremonia que se está viviendo en El País produce tristeza a la profesión, máxime cuando aún sigue siendo un diario de referencia en el que casi todos hemos bebido. En sus páginas está escrita la historia de España de los últimas cuatro décadas por un puñado de profesionales que, razones ideológicas y editoriales aparte, han marcado el camino de muchos de los que abrazamos una profesión que alguien calificó como casi un sacerdocio.

[eldiario.es Murcia, 8-9-2017]