De Ciudadanos en Murcia

25-03-15 Alfonso durán Ciudadanos candidato Alcaldia Mario J Gomez Figal

Las expectativas que para un sector del electorado ha generado Ciudadanos en este país, y particularmente en la Región de Murcia, me parecen dignas de reflexión. De manera fundamental, del votante del Partido Popular, descontento con su política de estos últimos años, pero no menos de quienes en anteriores comicios optaron por otras listas. Lo que sí es más que evidente es que el mayor porcentaje de votos del partido de Albert Rivera en esta comunidad, procederá del nutridísimo granero del PP, que en ocasiones llegó a superar de forma apabullante el 60 por ciento del total.

Lo que resulta especialmente llamativo es que una formación con semejantes expectativas no haya recibido en su seno a personas de esas que se dan en llamar fundamentales por esta tierra. Algo se oyó, en algún momento, pero por lo que se ve, todo quedó en nada. Así las cosas, los candidatos que Ciudadanos pondrá en liza el 24 de mayo, tanto a la presidencia de la Comunidad Autónoma como a la alcaldía de Murcia, son dos perfectos desconocidos, cuyo bagaje se limita a haber sido concejales en la legislatura que finiquita, en sendos ayuntamientos (Caravaca de la Cruz y Los Alcázares) y por UPyD, partido que abandonaron para abrazar esta nueva militancia. A eso hay que añadir una preocupante flojera en su discurso, algo que pasma.

Cuando el otro día se le preguntó en rueda de prensa al candidato autonómico por unas cuantas cuestiones, el hombre salió del atolladero apelando a no poder desvelar el programa, que dijo estaba en elaboración por unas cuantas comisiones, como si del oráculo se tratara o no supiéramos ya a estas alturas de viaje que, rememorando al viejo profesor Tierno, estos se hacen para nunca ser cumplidos.

Especialmente curioso es el caso del candidato al ayuntamiento murciano, elegido en votaciones presenciales frente a otra candidata, por algo más de un centenar de militantes, algunos de ellos, según me cuentan, de agrupaciones distintas a la de la capital. Pues no parece muy serio el proceso, la verdad sea dicha.

Contrasta este panorama con lo que uno observa en las comunidades de Madrid o Valencia, por ejemplo, donde los candidatos se sitúan a otro nivel. Refiero esto por si hipotéticamente, según determinados sondeos, tras estas elecciones, Ciudadanos tuviera la llave del gobierno regional, y ya no digamos de unos cuantos ayuntamientos. Entiendo que convendría reflexionar a priori en torno a en qué manos podríamos estar. Y a mí, lo cierto, es que con lo que he ido viendo en estos días, casi diría que me basta y me sobra.

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La rosa inveterada

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Mariano Rajoy y Rosa Díez son dos de los más destacados diplodocus que sobreviven en la política española desde la Transición. El hoy presidente del Gobierno inició su carrera en 1981 como diputado en el parlamento gallego. La todavía portavoz de UPyD, aun antes, en 1979, como diputada foral de Vizcaya. Rajoy cumple 60 años este próximo viernes, mientras Díez ya supera esa edad (62 años). Para ambos dirigentes, los resultados del pasado domingo en Andalucía no servirán, precisamente, para dar lustre a su currículum. El presidente popular parece estar confiado en ir de derrota en derrota hasta la victoria final, parafraseando a aquel dirigente vietnamita llamado H Chí Minh. La líder de la formación magenta, por su parte, no se resigna a la evidencia: su error, su inmenso error de no llegar a acuerdos con uno de los triunfadores en las autonómicas andaluzas, el catalán Albert Rivera y su emergente Ciudadanos.

Cuestiones ideológicas o programáticas aparte, que las habrá sin duda, intuyo que subyace un considerable componente personal en ese pretendido desamor entre UPyD y Ciudadanos. La imagen de un Rivera joven, directo, discursivo y resuelto contrasta con la de Díez, tan inveterada cuan sobrada, además de encantada de conocerse. Que un valor en alza como Irene Lozano haya decidido romper amarras con la vizcaína evidencia que lo de Andalucía no ha sido más que la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de muchos militantes. Porque Rosa Díez, en estos últimos meses, ha preferido mirar hacia otro lado ante la fuga masiva de estos al partido de Rivera, como quienes abandonan un barco a la deriva y mientras, como alguien ha dejado dicho, la orquesta sigue tocando bajo la batuta de la propia Díez y los compases del solista Gorriarán.

Lo triste de todo esto es que en los inmediatos comicios autonómicos y locales, buenos y competentes candidatos de UPyD vayan a pagar los platos rotos. Algunos, neófitos en estas lides aunque suficientemente preparados, y otros, y lo digo con sentida pena, de denodada experiencia a sus espaldas tras una travesía del desierto que el 24 de mayo puede resultar baldía.

Reivindicando a Jim Croce

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Muchas veces nos habremos preguntado qué hubiera sido de nosotros si algunas personas no se hubiesen marchado. Y ello, aunque se trate de gentes a las que nunca conociéramos personalmente. Un ejemplo es el cantautor norteamericano Jim Croce, fallecido prematuramente a los 30 años, tras legarnos un elenco de composiciones inolvidables. Croce había nacido en Filadelfia en 1943. En esos años grabó cinco elepés y once singles. Pocos artistas dejan un poso como el suyo en tan corto espacio de tiempo. Como los cuadros de Van Gogh tras su muerte, los discos de Croce comenzaron a subir como la espuma en las listas de éxitos a partir de la tragedia aérea que le costó la vida en 1973. Así, ‘Time in a Bottle’ y ‘Bad, Bad Leroy Brown’ escalaron hasta el número uno en el Billboard Hot 100 en ese mismo año.

Jim Croce formó en sus comienzos varios grupos con los que no alcanzó el resultado esperado. Luego conocería a su esposa, Ingrid Jacobson, por la que se convertiría al judaísmo. Ambos formaron un dúo que recorrería pequeños locales y cafés al estilo de la época. En el 68 emigraron a Nueva York para grabar un disco. No consiguieron el reflejo que buscaban, vendieron casi todo cuanto poseían para pagar lo que adeudaban y se marcharon a Pensilvania donde Jim tuvo que trabajar de camionero e Ingrid de cocinera. Fueron tiempos duros, de afanes y melancolía, en los que él compuso algunas de las canciones más bellas y lúcidas de su repertorio. Oportunos contactos posteriores los devolvieron al mundo de la música, recibiendo ofertas para cantar y grabar. Iniciada la década de los 70, el dúo retomó el oficio con renovada ilusión y ganas.

En septiembre de 1973, Jim Croce cogió un avión después de un concierto en Lousiana. Se cuenta que al piloto le dio un infarto y, en la maniobra de despegue, que siempre dicen que es la más peligrosa, el aparato se salió de la pista, estrellándose contra un árbol. Fallecieron todos sus ocupantes. Al día siguiente, salió a la venta su disco  ‘I got a name. Lo haría, dramáticamente, a título póstumo. Escuchad hoy a Jim Croce y lo agradeceréis.

Eterno Labordeta

Labordeta

José Antonio Labordeta hubiera cumplido hoy 80 años. Pero murió hace cinco. Tuve la suerte de conocerlo en Zaragoza. Asistió a algunas de las tertulias que en los 90 yo coordinaba en Radio Nacional, en la calle Albareda. Era todo un personaje. Un día, antes de ponernos al micrófono, hablamos de Murcia y de un programa de la serie de TVE ‘Un país en la mochila’ que había rodado junto al cauce del río Mula, por la zona de los Baños, Albudeite y Campos del Río. Tenía el don especial de sacar lo mejor de la gente, como aquella mujer que le contó con detalle a qué se llevaban algunos a la mozas a los baños termales. 

Recuerdo que en los cinco años y pico que permanecí en la capital aragonesa protagonizó varias despedidas de los escenarios. Acudí a varias de ellas. La gente lo quería. Era parte consustancial del terruño, como el Ebro, la jota o el ternasco. Luego dio el salto a la política, con la Chunta. Seguí sus pasos por los medios. Y sus broncas, como cuando desde los escaños populares lo mandaron con su mochila a Teruel y desde la tribuna del Congreso espetó aquel ‘¡A la mierda!’, que sonara como un cañonazo percutido por la mismísima Agustina de Aragón. Murió de un cáncer de próstata en el hospital Miguel Servet, esa mole que se divisa desde el graderío de La Romareda, donde deambula por la Segunda División un Real Zaragoza del que se declaró hincha acérrimo hasta el final.