Adiós al tomate

 

La denominada telebasura tiene hondo predicamento en nuestro país. De lo contrario, no se entendería cómo algunos de sus productos más excelsos mantienen éxito tan cuantificado en el share. Hay quien confía en que la telebasura resulte pasajera y que dentro de un tiempo sea un recuerdo camino del olvido como hoy lo puedan ser los seriales radiofónicos, tan lacrimógenos de antaño. Mucha gente confunde aún lo que se hace en esos programas con el ejercicio del periodismo. Y nada más lejos de la realidad.

Especialmente dañino para la profesión está resultando esa apuesta al límite de determinadas televisiones que tan sólo arriesgan pan para hoy pero hambre para mañana. No creo que los profesionales en ciernes que colman las Facultades de Comunicación estén por la labor de verse en semejante trance. Significadamente doloroso resulta ver a esos compañeros que, cámara y micrófono en mano, pululan por aeropuertos y estaciones, fiestas y saraos, calles y urbanizaciones, a la caza y captura de algún preclaro exponente del famoseo. Eso es prostitución encubierta de una profesión tan digna que no la envilecerán ni siquiera las directrices que a esos aviesos reporteros –que nunca serán sus culpables últimos– le puedan marcar el director, redactor jefe o chupatintas de turno.

Esta semana concluye uno de esos subproductos con que la televisión nos ha regalado en los últimos años. La dirección de su cadena ha optado por prescindir de él en la parrilla de programación porque había bajado dos, tres o cuatro puntos en el share. Ya no interesa, dirán sus ejecutivos. Los que se dieron en llamar programas del corazón, en referencia a las revistas que de esa parcela se ocupaban, se convirtieron más en espacios dedicados a triturar los higadillos de famosos, famosillos y famosetes, pagando en el camino justos por pecadores. Muchos han vivido de ello y a buen seguro que seguirían haciéndolo todavía un tiempo más. Pero por lo pronto, al menos, el que ha sido buque-insignia del supuesto subgénero informativo, fenece por inanición de audiencia. Que vaya con Dios y que con su pan se lo coman. Que aquí sigue habiendo tomate. Crudo o frito.

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Diario de un prodigio (X)

 

Leo en la prensa digital que el sedentarismo acelera la vejez y no creo que para aseverar esto se precise elaborar un estudio tan concienzudo. No tengo mas que ver a mi padre lo que ha cambiado en cuestión de pocos años a consecuencia de no moverse demasiado. Pero él salta ya la barrera octogenaria y considero que todo llega por ley de vida.

Dice un muy británico trabajo que los sujetos inactivos son 10 años más viejos que los que hacen más ejercicio. Y será verdad. He conocido gentes a las que toda actividad física les resbalaba y murieron de viejos, con las botas puestas. Y fumando y bebiendo. No hay reglas fijas para vivir la vida de forma más o menos saludable, aunque a nadie se oculte que si nos cuidamos, mejor que mejor.

Un tío mío se hacía pesar los filetes de ternera antes de cocinarlos porque la doctora que lo revisaba habitualmente le metía el miedo en el cuerpo. No fumaba y no bebía. Nunca lo hizo. Un día se le complicó el mecanismo y se le fundieron las pilas. No era un niño, pero pienso ahora que quizá aquel hombre no disfrutó de algunos placeres existenciales, como pasarse un poquito en la mesa, fumarse de vez en cuando un buen habano o beberse con delectación una copa de oloroso coñac.

La vida son cuatro días, que dicen en la calle y en las barras de los bares. Aunque no confudamos la velocidad con el tocino. Hagamos caso a los médicos, por supuesto, pero que la obsesión por todo no nos amargue lo que nos quede por estar en este perro mundo.

Vivir para vivir

 

Les feuilles mortes. Yves Montand

“¿No le han dicho nunca que se parece a Candice Bergen?”, preguntó aquel casi imberbe periodista a aquella mujer que ejercía de político, imagino que circunstancialmente. Azorada ella, respondió que no, nunca.

Fue una tarde, en un hotel de ciudad, cuando los sesudos informadores la asaeteaban sobre cuestiones varias relacionadas con el turismo que ella representaba, venida desde una comunidad vecina. Cansado de la cantinela, el incauto aprendiz del oficio quiso romper el fuego por otro bando. Y fue cuando, algo nervioso, le formuló ese curioso interrogante.

Supe de Candice Bergen a través de una película francesa de Claude Lelouche, Vivre pour vivre (1967), una cinta en la que un reportero de televisión (al que da vida ni más ni menos que Yves Montand) ejecuta su infidelidad con una joven (que es la Bergen) frente a su esposa (Annie Girardot). Reconozco que aquella película me impresionó cuando la vi, allá por los inicios de los años ochenta. Y no entiendo muy bien la causa por la que se suele obviar en muchas de las biografías de la actriz californiana.

He seguido en la distancia a Candice Bergen. Sus incursiones televisivas, como Murphy Brown, le supusieron éxitos notables. Se casó con Louis Malle, otro genio del cine galo desaparecido en 1995. Había nacido en el entorno del Hollywood más puro y se había rebelado contra una educación férrea que pretendieron darle sus padres. Su pasión siempre ha sido la fotografía. Tuvo una época alocada, con amistades no muy recomendables, y en la que estuvo a punto de quedarse en el camino. Rectificó el rumbo y salió a flote. Hoy tiene 61 años y sigue conservando en la madurez el encanto que atesoró en su juventud y que tanto nos embriagó a cuantos la admiramos.

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*El espíritu de JFK y Barack Obama

Diario de un prodigio (IX)

 

Esta mañana he abierto una carta de alguien que me invitaba a un acto y a su posterior vino de honor. Hablo en pretérito porque el evento se debió de celebrar el pasado 4 de diciembre, pero yo me he enterado hoy de su existencia. La misiva no viene de Kuala Lumpur, precisamente. Viene desde apenas medio centenar de kilómetros, desde Cartagena, y lleva un matasellos de Correos fechado el 22 de noviembre del pasado año. La carta debió llegar este fin de semana y hoy, como digo, la he abierto.

No sé si ese es un síntoma de cómo funciona un país. Ni siquiera si lo es de cómo lo hace una sociedad en su conjunto. Hay personas que se pasan la vida esperando una carta. Y algunas, incluso, se mueren en esa espera. Hoy ya no se lleva tanto el género epistolar, embutido en un sobre y con su correspondiente sello postal. Ahora estamos inmersos en la era de las nuevas tecnologías y nos basta con los sms de nuestros teléfonos móviles o los correos electrónicos, a veces tan fríos pero tan cómplices. Sin embargo, echo de menos aquellas cartas amanuenses de letra casi perfecta, de caligrafía de posguerra. Leo a Sandburg cuando dice que el pasado es un cubo lleno de cenizas. Y es que ya casi nada es igual. Ni siquiera los carteros lo son. Ni las cartas. Ni los sellos. Ni tú, siquiera.

Diario de un prodigio (VIII)

 

Eu sei que vou te amar

Algunas veces se componen canciones como ésta que durarán eternamente, que pasarán por los siglos de los siglos, que enamorarán a millones de gentes y que provocarán, incluso, más de una lágrima esquiva. Esta música y estas voces son como un oasis que hallar en medio de la marabunta que nos invade.

Recuerdo ahora un largo viaje en autobús, oyendo música brasileña en un aparato de cintas de cassette con auriculares –aquello suena a prehistórico, ¿verdad?– cuando un vecino de asiento me contó que el día que murió en Río de Janeiro Vinícius de Moraes, en Brasil se declaró un sentido luto nacional. No era para menos cuando de la destilería que atesoraba tanto talento musical salieron muestras como la presente. Vinícius, ese genio al que enloquecían casi por igual el alcohol y las mujeres y cuya ronca voz se atiplaba con el tabaco que también le consumía por momentos. Ese hombre de sólida formación, que un día aparcó su carrera diplomática para entregarse por entero a la composición de algunas de las más bellas canciones que imaginarse pueda, suena hoy con la misma vigencia de siempre, con el mismo ritmo y la misma cadencia, con la misma melancolía de que no todos los días se supera felizmente la edad de Cristo en la Tierra.