Béla Guttmann nunca quiso flores

121129063854-bela-guttmann-horizontal-gallery

El húngaro Béla Guttmann, un tipo con pinta de entrenador de los de entonces, falleció en 1981 en Viena. Sin embargo, su sombra sigue siendo alargada en Lisboa. Diecinueve años antes había echado sobre el Benfica una suerte de maldición gitana: el equipo del águila Vitória padecería una larga sequía de títulos tras su marcha. De nada sirvió que en 1990, cuando se iba a disputar la final de la que hoy se llama Champions League entre el Milan y el Benfica en la capital austriaca, los portugueses peregrinaran hasta su tumba y depositaran una corona. Quizá para intentar alejar el maleficio de forma definitiva. Mas estaba claro que Guttmann no quería flores.

El técnico, nacido con el siglo veinte en Budapest, llevó a ese equipo, en el que se alineaba un veinteañero llamado Eusébio da Silva Ferreira, a lo más alto. Ganó dos Copas de Europa seguidas, en los años 1961 y 1962, nada menos que al Barça de Kubala y al Madrid de Di Stéfano, respectivamente. Tras este último entorchado, daría un portazo virulento a su periplo portugués. Todo partió de su llegada al club, cuando propuso una recompensa especial en su nómina por la obtención de títulos. Los entonces directivos del Benfica accedieron, quizá pensando que la propuesta del míster contenía cierta dosis de farol. Sin embargo, pronto se percatarían de que no era así. Y no pudieron cumplir las expectativas económicas.

Guttmann había jugado de manera brillante como centrocampista en el MKT Budapest y en el Hakoah Vienna, participando con su selección en 1924 en los Juegos Olímpicos de París, donde no pasaron de los octavos de final. En 1926 emigró a los Estados Unidos enrolándose en varios equipos del incipiente soccer. Como entrenador, ejerció también su magisterio en Hungría, Holanda, Rumania, Italia, Chipre, Brasil, Uruguay, Austria, Suiza y Grecia.

La maldición de Guttmann era para un siglo. Ya va medio transcurrido. En ese tiempo, el conjunto lisboeta ha jugado hasta 7 finales y las ha perdido todas. Las de la Copa de Europa en 1963 y 1990 (ambas ante el Milan), la de 1965 (con el Inter), 1968 (con el Manchester United), 1988 (con el PSV Eindhoven), la de la Copa de la UEFA de 1983, ante el Anderlecht y la de la Europa League, este miércoles, ante el Chelsea. Incluso sería víctima de su propia predicción, en la temporada 1965-1966, durante un regreso efímero a su banquillo, el Benfica sería eliminado de forma contundente en cuartos de final de la Copa de Europa por el Manchester United. Algunas de esas finalísimas, como la de anoche en Amsterdam, las perdieron de la forma más cruel: en el último minuto del tiempo extra. Las caras desencajadas y los ojos acuosos de sus hinchas en las gradas del Amsterdam Arena eran todo un poema. Seguro que muchos se acordaron, una vez más, de tan fatídico pronóstico del técnico magiar.

Anuncios

El triunfo de la humildad

El-Celler-de-Can-Roca-Librooks-317x445

La noche en que el restaurante El Celler de Can Roca obtuvo su tercera estrella Michelin, un grupo de gerundenses se plantó de forma espontánea a las puertas del local con la intención de homenajear a sus propietarios. Era a finales de noviembre de 2009. “Venimos de un barrio obrero, de un restaurante que empezó modesto, y estamos ahora en un cielo gastronómico que nunca habíamos pensado tocar”, reconoció emocionado entonces uno de ellos. Los hermanos Joan, Josep y Jordi Roca han sabido maridar como pocos tres pilares del universo gastronómico: la cocina, el vino y la repostería. Los tres son como la Santísima Trinidad en el local fundado en 1986 por sus padres, sobre una fonda que ya regentaban los abuelos. Se cuenta que los tres comen a diario de la olla materna. Y quizás en ese no renunciar a sus orígenes radique buena parte de su éxito.

El hermano mayor, Joan, que se formó en el legendario elBulli, pasa por ser un pope de la cocina, combinando magistralmente tradición e innovación. A pesar de ello, asegura que cada día aprende algo nuevo y por eso cuando viaja regresa a Girona con la alforja llena de conocimientos culinarios. Habla de un triángulo creativo con sus dos hermanos y, prueba de ello, es que cada mesa del comedor en su local se decora en el centro con tres rocas alusivas al apellido paterno. Son los Roca como los tres mosqueteros de los fogones. Por eso se sienten tan orgullosos de gozar del cariño, el afecto y la complicidad que le muestra inusualmente el resto de una profesión donde, a veces, se mira de reojo a la competencia.

El pasado lunes, El Celler de Can Roca se alzó con la distinción de mejor restaurante del mundo para la prestigiosa revista británica Restaurant. Esos premios se consideran como los Oscar de la gastronomía. Desaparecido elBulli, el Mugaritz de Andoni Luis Aduriz ocupa el cuarto lugar en esa lista, mientras el donostiarra Arzak es el octavo. Por suerte, la restauración española sigue en la elite mundial al tiempo que sucumbe nuestro fútbol, del que los cocineros hispanos se declaran, por cierto, y de forma mayoritaria, aficionados incondicionales.