Muerte en vida

La siempre mesurada columna periodística de Rosa Montero me condujo a buscar un texto psicológico que cita, en el que se habla del dolor de las despedidas. Me llego hasta él y leo cosas como ésta: “No hay nada que nos pertenezca, más allá de la responsabilidad de ser sus depositarios durante un tiempo. Todo pasa a través nuestro, pero sin posesión. Sin embargo, creemos lo contrario. Al ponerle corazón sellamos afectivamente todo con lo que nos relacionamos. Lo confundimos como nuestro y luego lo sufrimos dolorosamente al perderlo.”

Tal aseveración no sólo sería válida para cuando se nos marcha un ser querido, de forma y manera definitiva. Hay procesos en la vida en los que aplicar estas palabras se hace a veces tan o más duro que cuando existe una muerte de por medio. Una ruptura sentimental, pongamos por caso. Conseguir entender cómo se puede apagar una llama que, apenas meses antes, aún refulgía. O cómo se pasa del calor al frío sin estación intermedia. O del blanco al negro, sin los pertinentes tonos grisáceos.

Y como sigo leyendo el texto aludido, no me causa extrañeza darme de bruces con esto: “Por eso, algunas tradiciones espirituales contemplan el deseo de haber llegado a morir antes de que llegue la muerte.”  Seguro que todos conocemos ejemplos más que palmarios de gentes que arrojaron la toalla ante los reiterados reveses. Y es que superar el dolor por la desaparición de un ser querido puede llegar a ser tarea imposible. Mas lograr sortear el escalón por la pérdida de alguien a quien cualquier tarde de cualquier día te puedas tropezar a la vuelta de la esquina más insospechada, se me antoja tanto o más arduo. No sé si hablamos de lo mismo pero, para muchos, ese pudiera ser un atisbo de lo que otros llamarían una especie de muerte en vida.

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La afrenta a Borges

Tal día como hoy, hace un cuarto de siglo, moría en la ciudad suiza de Ginebra el escritor argentino Jorge Luis Borges. Tenía 86 años y se hallaba estudiando árabe. No resultará exagerado para algunos aseverar que en Literatura siempre habrá un antes y un después tras la irrupción del autor porteño. Contaba apenas 24 años cuando vio la luz su Fervor de Buenos Aires (1923), publicación poética que le permitió adquirir el salvoconducto que le llevara directamente a las mieles de la calidad. La crítica, que siempre hizo mella en él, no dudó en hablar, a partir de su incursión en el mundo de las letras, de una ruptura en la literatura universal; de un clásico contemporáneo atemporal e imprescindible. Con Shakespeare y Cervantes compartirá ser un autor transhistórico, con una vasta obra que abarca el desarrollo con brillante lucidez de una amplia variedad en cuanto a géneros se refiere. Con todo ese bagaje, la ceguera de los otros [que no la suya] les condujo a negarle reiteradamente el Premio Nobel a lo largo de las tres décadas en las que siempre estuvo nominado.

Borges dejó dicho que uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. O que imaginaba el Paraíso como una especie de biblioteca, algo que le obsesionaba. Y hay una curiosa anécdota en su vida, que él mismo detalla en su autobiografía con sumo esmero. Llegado Juan Domingo Perón al poder en 1946, al escritor bonaerense, que entonces tenía empleo en una biblioteca municipal, lo nombraron inspector de los mercados de abastos. Confundido, acudió a la autoridad a interesarse por tal designación. Se dirigió a un empleado al que espetó que, habiendo tanta gente trabajando en ese centro, cómo lo habían elegido a él. El funcionario lo miró fijamente y le dijo: “Bueno, usted apoyó a los aliados durante la Guerra. ¿Qué pretendía?”. Se marchó de allí, comprendió la afrenta y, acto seguido, dimitió del cargo.

El ‘pied-noir’ que alcanzó el Nobel

“Es muy fácil obtener fama pero es muy difícil merecerla”.  Albert Camus

En 1957, Albert Camus recibió a la temprana edad de 44 años el Premio Nobel de Literatura. Su discurso de aceptación pronunciado en Estocolmo, una de las más bellas piezas de oratoria que se hayan escuchado nunca en esa ceremonia, constituyó un hito. Habló de la misión del escritor y lo dedicó a su maestro en la escuela primaria de Argel, Louis Germain, al que el galardonado siempre agradeció su denodado aliento educativo. En ese hermoso texto hay párrafos tan demoledores como éste: “Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario, es porque no me separa de nadie y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; muchas veces he elegido su destino más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.”

O éste otro: “Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza.”

Con 19 años, Camus publicaba en revistas de fuste reconocido. La tuberculosis le privó en aquel entonces de placeres propios de la edad, como seguir defendiendo con ahínco la portería del equipo de fútbol en el que militaba. Lo hizo también en las filas del Partido Comunista, pero se alejaría de él por serias discrepancias ideológicas en el marco del teatro europeo de la preguerra mundial o por la posición adoptada en referencia a su Argelia natal. Fundó un grupo de teatro y, agobiado, emigró a la capital francesa donde entró a formar parte de la redacción del diario Paris-Soir. Más tarde, abrazaría el anarquismo. Tanto en ‘El mito de Sísifo’ como en ‘El extranjero’, Camus desgrana lo que se daría en llamar la filosofía del absurdo. Sus enfrentamientos con otro gigante del pensamiento, Jean-Paul Sartre, fueron memorables; Camus siempre le reprochó al padre de los existencialistas su inmoral vinculación con el comunismo.

En la Navidad de 1960, cuando solo contaba 46 años de edad, encontró la muerte en una carretera de Le Petit-Villeblevin. Llevaba en un maletín el manuscrito inconcluso de ‘El primer hombre’, una novela que no vería la luz hasta 1994. “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha”, dejó como legado para la posteridad, entre otros muchos de sus encendidos pensamientos, el hombre que nunca llegaría a conocer la eclosión del Mayo del 68.