De Naseiro a Bárcenas

En sus memorias recientemente publicadas, José María Aznar relata cómo el Partido Popular, a través de su entonces todopoderoso secretario general, Francisco Álvarez-Cascos, consiguió convertir el ‘caso Naseiro’ en el ‘caso Manglano’. Aquella operación, ocurrida a comienzos de los años 90 para financiar a ese partido en la Comunidad Valenciana, acabó con el encarcelamiento por cohecho y financiación ilegal del tesorero del PP, Rosendo Naseiro, y del entonces concejal del Ayuntamiento de Valencia, Salvador Palop.

En su libro, Aznar define ese episodio como algo orquestado “para abortar la consolidación de una alternativa al socialismo en España”. Y reconoce implícitamente que Álvarez-Cascos, con la estrecha colaboración del jurista Federico Trillo, diseñó una estrategia para reconducir el asunto y convertirlo en un presunto montaje del Gobierno del PSOE, presidido por Felipe González, con la supuesta anuencia y colaboración del magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, Luis Manglano, instructor de la causa. Éste último acabó inhibiéndose y trasladando el caso al Tribunal Supremo al estar implicadas personas aforadas, como el entonces diputado popular por Valencia, José Luis Sanchís. El asunto acabaría archivado por irregularidades registradas en la instrucción del sumario, como las escuchas telefónicas practicadas a Palop (con aquella jugosa conversación con Eduardo Zaplana) y motivadas, en un principio, por una investigación policial por temas de narcotráfico dirigida contra un hermano del edil.

Aquel escándalo, lejos de segar la hierba al recién nombrado presidente nacional del PP, le afianzó aún más en el liderazgo del principal partido de la oposición. Aznar llegó a solicitar la creación de una comisión de investigación en el Congreso, petición rechazada por los propios socialistas, quizá conscientes de que las indagaciones pudieran salpicarles por episodios similares protagonizados por ellos en el pasado. Hoy, para Rosendo Naseiro queda muy lejano ese capítulo de su vida, que le llevó a la cárcel durante una semana, mientras pasa por ser un consumado especialista en bodegones del siglo XVII.

Dos décadas después, el ‘caso Gürtel’, una presunta red de corrupción también centrada en esa misma comunidad autónoma, llevó a sus implicados a denunciar que todo respondía a otro montaje, en este caso del Gobierno socialista que presidía José Luis Rodríguez Zapatero con la imprescindible colaboración del mediático juez, Baltasar Garzón. De manera que, tras conocerse en los últimos días tan escabrosos detalles del proceder del extesorero del PP, Luis Bárcenas, habrá que permanecer muy atentos a la pantalla, por lo que pudiera acontecer. Las cosas no siempre son lo que parecen ni los actores suelen limitarse a representar su papel, ajustados a la estricta literalidad del texto.

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La fiesta en paz

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Casi 32 años después, la ya mítica serie de TVE ‘Cuéntame’ nos recrea el 23-F. He visto que en un capítulo, la madre en la serie se planta ante un tanque y su dotación cuando, al parecer, va camino de Valencia a por su hija, a la que el golpe sorprende en la capital del Turia. En todo este tiempo, y casi como hongos, han venido a surgir multitud de presuntos héroes ciudadanos en aquellas horas tan cruciales. Y la verdad es que no fue para tanto, ni mucho menos. Recuerdo todavía muy bien –porque yo estaba en la Región Militar mandada por Milans del Bosch– la imagen de las plazas y demás vías vacías, desérticas, desnudas, ante la ausencia de esa masa ciudadana que, algunos nos quieren hacer creer, se pudo echar a la calle para hacer frente a los golpistas y defender la democracia. Siento transmitirle a las generaciones actuales que no fue así y que la mayoría de la gente lo que hizo fue quedarse en su casa, a la espera de cómo evolucionaran los acontecimientos. Es más: me temo que si el Rey, en lugar de salir hacia la una de la madrugada en televisión desautorizando a los rebelados, hubiera apoyado la asonada, la legión de adeptos hubiera sido de órdago. Eso, en un país que hizo colas interminables para despedir el cadáver del dictador; el mismo que colmó las calles madrileñas para despedir a personajes antagonistas de Franco como La Pasionaria o Tierno Galván. Ése que era habitado, como en la canción de Jarcha, por ‘gente que sólo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz.’ 

La Transición y los tránsitos

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En 1997, la Diputación de Castellón acordó conceder la medalla de oro de la provincia al exministro Fernando Herrero Tejedor, fallecido en accidente de tráfico en 1975. La decisión contó con el voto en contra de los socialistas debido al pasado franquista del galardonado. El día de la entrega del reconocimiento a la familia del político desaparecido, Adolfo Suárez habló en nombre de ésta. No obstante, Herrero Tejedor había sido mentor del expresidente durante su vertiginoso ascenso en el mundo de la política. Aquel día, el ya duque de Suárez definió con claridad meridiana lo que había sido la Transición para nuestro país, al señalar que “fue, sobre todo, un proceso político y social de reconocimiento y comprensión del distinto, del diferente, del otro español que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsan y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, el que completa mi propio yo como ciudadano y como español, y con el que tengo necesariamente que convivir porque solo en esa convivencia él y yo podemos defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar nuestras propias ideas. Creo que nadie, en política democrática, posee la verdad absoluta. La verdad siempre implica una búsqueda esforzada que tenemos que llevar a cabo en común, desde el acuerdo de convivir y trabajar juntos”.

Adolfo Suárez plasmó en éstas, sus palabras, el fundamento de la que pueda ser la obra política más arriesgada del último siglo en la historia de España. Sin embargo, se echa en falta en nuestros días la altura de miras de aquellos hombres y mujeres que cimentaron las bases de la senda democrática. Y no solo de los que participaron en el concierto nacional, sino también a nivel autonómico. En nuestra Región, citaré a tres que dejaron su impronta: el centrista Antonio Pérez Crespo, el socialista José María Aroca Ruiz-Funes y el comunista Agustín Sánchez Trigueros. Todos hoy desaparecidos, pero con una estela de honradez y bonhomía que nadie ha cuestionado.

Pérez Crespo fundó la UCD, fue diputado en el Congreso constituyente, senador, primer presidente preautonómico y tenaz defensor de las reivindicaciones hídricas de esta tierra. El médico Aroca se convirtió en el primer alcalde democrático en 1979 y su talante dejó profunda huella en casi todo el mundo. Sánchez Trigueros, fallecido trágicamente en 1981 en accidente de tráfico ocurrido en Quintanar de la Orden (Toledo) junto a más de una veintena de personas cuando regresaban de una fiesta del PCE, fue un hombre que pujó porque los comunistas se integraran en una sociedad que, parcialmente, hasta entonces, les veía poco menos que ataviados con rabos y cuernos.

Esos tres políticos llegaron a la vida pública dispuestos a cumplir con la historia, a buscar el consenso y no el disenso, a construir y no a destruir. Los conocí, hablé con ellos e intuí lo que les guiaba. Salieron de escena con el mismo bagaje patrimonial con el que habían entrado. Lo que me pregunto hoy, en muchas ocasiones, es para qué han llegado otros a la política. Y aunque creo saberlo, prefiero dejarlo al albur del lector que, a buen seguro, conocerá ejemplos palmarios, más que sobrados, de algún que otro esforzado padre o madre de la patria que trabaja denodadamente en el servicio a los demás.

[‘La Verdad’ de Murcia. 4-1-2013]