El éxito de mañana

No tuve compañeras en mi clase hasta los diez años de edad. Cursábamos quinto de lo que se llamó Educación General Básica (EGB). Desde párvulos, que era como se denominaba al curso inicial, mis compañeros de pupitre siempre habían sido chicos. Recuerdo que el patio de aquel colegio nacional en mi pueblo estaba dividido y que había una zona delimitada para ellas y otra para nosotros. Los más talluditos y avispados se acercaban al punto que nos separaba y hablaban (algunos más que hablar, vociferaban) con las moradoras de la otra parte. Era lo máximo a lo que se podía aspirar de puertas para adentro. Aquello era como el Muro de Berlín, infranqueable, con profesores al uno y otro lado para evitar que nadie traspasara la delgada línea que nos distanciaba.

En 1972 mi clase ya fue mixta. Sin embargo, a nosotros nos colocaron juntos. Y a ellas, también. Éramos, en total, una veintena de chicas y apenas una decena de chicos. Había unas tres o cuatro que destacaban en cuanto a su nivel académico. Nosotros resultábamos más discretos, diría yo. Entre las asignaturas figuraban trabajos en los que, por ejemplo, había que tener destreza manual. En más de una ocasión recurrí a ellas para que me auxiliaran, pues nunca destaqué en esos menesteres. Los siguientes cursos de EGB supusieron que la compenetración fuera total. Y ya había quien, incluso, compartía mesa. En aquellos años, lo reconozco, empezamos a mirarlas de otra manera. Y calificaría como emocionantes e irrepetibles aquellas sensaciones. En 1976 llegué al instituto de Enseñanza Media, en la capital, y aunque no hacía mucho que las aulas eran mixtas, la cosa implicó abrazar lo que yo estimé como normal.

Este mes entrevisté para la tele a Antonio García Arias, un polifacético profesor -maestro lo denominaría yo- de un colegio público de San Javier, al que han elegido como mejor docente de España en 2018. Una honrosa excepción para una comunidad autónoma que no destaca, precisamente, por encabezar las clasificaciones y los baremos educativos. Me contó que la burocracia administrativa está lastrando la enseñanza y que le revienta que haya políticos a los que se les llene la boca a la hora de decir que apuestan por la educación, cuando su mirada no va más allá del cortoplacismo. O aquellos padres que vuelcan la responsabilidad formativa de sus hijos en los profesores, eludiendo toda incumbencia. Y me habló también de los alumnos que hay en su centro con capacidades diferentes o limitadas y de la normalidad e integración con la que el resto de chavales los aceptan. Es evidente que a Toni le sigue enganchando la docencia, a pesar de los pesares, un cuarto de siglo después. Por eso, me confesaba que la mejor recompensa a su distinción acaso hayan sido los sentidos abrazos y los besos de sus discípulos de Primaria al conocer la noticia. Es por lo que, escuchándolo, reparé en aquello de abonar el sacrificio de hoy para convertirlo en el éxito de mañana.

[eldiario.es Murcia 19-1-2019]

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De galgos y podencos

Hay quien asegura que Andalucía se ha convertido en el laboratorio de la nueva derecha española. Tras los resultados de las últimas elecciones autonómicas, PP, Ciudadanos y Vox se aprestan a unir sus votos para desalojar al PSOE del ejecutivo, en el que ha permanecido durante casi cuatro décadas. La presumible facilidad con la que ahora se predispone a pactar la derecha contrasta con ciertas reticencias de la izquierda contemporánea.

En abril de 1979, después de las primeras elecciones municipales que se celebraron en nuestro país tras el franquismo, el PSOE y el PCE pactaron sin complejos en cientos de ayuntamientos para gobernar e impedir así que lo hiciera la UCD de Adolfo Suárez, que recordemos fue la que, globalmente, ganó aquellos comicios. Sin embargo, pasado el tiempo, los vigentes protagonistas en esa esfera del espectro político parecen ponerse muy estupendos de cara a alcanzar determinado tipo de acuerdos.

En diciembre de 2015, el PSOE, Podemos e IU tuvieron en su mano desbancar al PP del Gobierno de España, como consecuencia del resultado de los comicios generales celebrados entonces, en los que los socialistas obtuvieron 90 escaños, por 69 de la formación morada -con sus coaliciones autonómicas- y 2 de IU. Se antoja que buscar los escasos votos restantes para superar los 175 necesarios, e investir a Pedro Sánchez como presidente, no hubiera sido empresa demasiado complicada. Sin embargo, la aproximación del PSOE a Ciudadanos, con la firma de un acuerdo programático explícito, espantó y alejó al partido de Pablo Iglesias de esa pretensión, por lo que hubo que ir a una nueva convocatoria electoral en junio de 2016. En aquella oportunidad, el PSOE obtuvo 85 escaños, por 71 de Unidos Podemos y sus coaliciones -en las que ahora sí se incluyó IU-, pero aún más lejos del resultado de 2015.

Con todo, en mayo de 2018, tras las resoluciones de la Audiencia Nacional sobre la trama Gürtel y la implicación del PP, se presentó la moción de censura a Mariano Rajoy, que salió adelante con esos votos más los de diversas formaciones nacionalistas catalanas y vascas y el parlamentario de Nueva Canarias (180 en total), la abstención de la diputada de Coalición Canaria y el voto contrario del PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias (169).

Volviendo a Andalucía, PP y Ciudadanos continúan allanando el camino del popular Juan Manuel Moreno Bonilla hacia el Palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta. Lo anunciaron, incluso, antes de que la gente fuera a votar, subrayando que su objetivo último sería echar a Susana Díaz y desmontar “sus chiringuitos”. Pero necesitan los 12 votos de Vox para ello y estos, a priori, no parece que vayan a llegar por arte de magia y sin nada a cambio. El toque de atención sobre la ley contra la violencia de género es solo el inicio de una serie de ‘advertencias’ de alguien que no se conformará con ser el convidado de piedra en esta fiesta.

El próximo 16 de enero tendrá lugar el pleno de investidura del nuevo presidente y Juanma Moreno quiere llegar al mismo con los deberes hechos. Por eso el PP de Pablo Casado se sienta sin contrición a hablar con Vox, le otorga un puesto en la mesa del parlamento, negocia, firma, hasta se fotografía, le ofrece contrapartidas e intenta presentar a la formación de Santiago Abascal como la cara amable que se ubica a su derecha y no como la sucursal española de los postulados que en Francia defiende Marine Le Pen o en Italia, Matteo Salvini. A Ciudadanos, por su parte, sus socios europeos le han impuesto una especie de orden de alejamiento de tales contactos, aunque parece que los de Albert Rivera se dejarán querer tras lo que de ahí salga.

Y mientras tanto, la izquierda debatiendo si son galgos o podencos. En la Región de Murcia, por ejemplo, ni siquiera siendo capaz de llegar a un acuerdo para concurrir juntos, Podemos e IU, a las próximas autonómicas y municipales, en tanto el PSOE anda sacando sus números y cortejando a Ciudadanos por si la suma de ambos les diera para alcanzar el Palacio de San Esteban, en mayo de este año, desalojando al PP tras casi cinco lustros en el gobierno. Y es que mucho se ha hablado del régimen de los ‘sociatas’ en Andalucía, que iba para 37 años, toda una vida, ciertamente, un desespero, mas conviene no olvidar que aquí llevamos el mismo camino con los populares, en el machito desde 1995. Y ya se sabe, por experiencia, que la falta de alternancia suele generar toda suerte de cortijos, corruptelas y nepotismo a diestro y siniestro. A la vera del Guadalquivir, pero también a la del Segura. Aunque no sea descartable si prospera el experimento andaluz que, siempre que la aritmética lo permitiera, se exporte a la vecina comunidad murciana el tripartito PP-Cs-Vox, a pesar de la escasa o nula costumbre que a la hora de gobernar en minoría, procurando pactos y acuerdos con otras fuerzas, tenemos por estos lares. En fin, que solo cabe desear, de cara a lo que se nos pueda avecinar, eso de que Dios reparta suerte, como cantaban, en aquellos ochenta que ya nunca volverán, los rockeros toreros de Gabinete Caligari.

[eldiario.es Murcia 8-1-2019]

El precio de la dignidad

Para José Saramago, la dignidad no era algo negociable ni moneda de cambio. Para el Nobel portugués, esta no tenía precio. Decía que cuando alguien comenzaba a dar pequeñas concesiones, al final, la vida perdía su sentido. Todos conocemos a nuestro alrededor casos de personas cercanas que atraviesan o han atravesado en su vida por pruebas en ese sentido. La decepción humana es comprensible cuando, por ejemplo, alguien considera no verse recompensado ante lo que hizo en el pasado por los demás, aunque esto no se trate de una siembra constante con la intención de recoger. Hay actitudes que ensalzan a las personas por su ética, sus convicciones y su rectitud moral. Lo sencillo es dejarse llevar por la corriente del conformismo, la obediencia y sacrificando los principios. Cuesta mantenerse a menudo en una posición coherente.

Guardo en mi memoria casos muy dispares en este sentido. Alguien dijo que el valor no consiste en la bilis, ni en la sangre, que en lo que consiste es en la dignidad. Aquello de que no es marchar por una carretera recta, sino por numerosos caminos que, como cantó el poeta, se hacen al andar. Un caminar siempre en contra de todo aquello que nos niegue la dignidad. Como mi admirado Rafael Chirbes sostenía, la dignidad era oponerse al mal y mantenerlo a la puerta de tu casa aunque fuera un minuto. Y que el que le abría las puertas al mal es el que vive y muere con indignidad.

Hay una anécdota que me contaron hace años sobre Perico Fernández, púgil zaragozano del que se han cumplido ya dos años de su muerte, que vivió su niñez en un hospicio, en la que no solo se conjuga la grandeza y miseria del boxeo sino la de la vida misma. Desde que un día de marzo de 1973 se proclamara campeón de España en su ciudad natal, pasando por Roma, donde en 1974 obtuvo el entorchado mundial de los superligeros ante Furuyama, hasta llegar a Bangkok en 1975 y, con gran decepción, caer derrotado por Muangsurin, la carrera de Perico fue vertiginosa. En su palmarés figuran 125 peleas, con 82 victorias, 47 de ellas antes del límite, 28 combates nulos y solo 15 derrotas.

Cuando en la década de los 80 las circunstancias lo retiraron del cuadrilátero, Perico Fernández se refugió en la pintura. Algún tiempo después lo conocería personalmente, una noche en la que nos presentaron en la zaragozana avenida de Cesáreo Alierta. Le dije que nunca olvidaría aquellas noches pegado al televisor en blanco y negro, viéndole asestar un crochet o un gancho tras otro a los rivales de turno. Me pareció un tipo digno. Vivía de lo que podía, él, de quien tantos vivieron.

Un día, alguien con buenas intenciones se dirigió al entonces alcalde de su ciudad, Antonio González Triviño, para proponerle que le buscara un empleo municipal. El primer edil lo llamó al despacho y le propuso ser conserje de un colegio. Perico, el mismo que una vez tumbó en la lona al estilista Joao Henrique en el que fue posiblemente el mejor combate de su carrera, le contestó impasible, henchido de dignidad y mirándole a los ojos: “Gracias, señor alcalde, pero para portero ya está Zubizarreta. Y se largó por donde llegó.

[‘La Verdad’ de Murcia. 4-1-2019]

Pujante, el llanero solitario


Mientras este primero de año contestaba mensajes en el móvil de amigos y amigas que me felicitaban por mi onomástica, se cruzó uno que me desconcertó y del que aún no me he repuesto: José Antonio Pujante Diekmann, ex-coordinador regional de IU-Verdes, había fallecido esta mañana de un infarto, en Murcia, a la edad de 54 años. La muerte, que siempre suele ser ese invitado inoportuno que no sabe de fechas ni celebraciones, se ha cebado con un buen hombre, un político honesto y cabal, de los que peleaban por lo que creían desde el trabajo denodado, el respeto hacia el adversario y la crítica constructiva.

Pujante, que dejó la primera línea de la vida política tras no ser reelegido en las autonómicas de 2015, en las que encabezó por tercera vez la lista de su formación, fue un trabajador incansable en los ocho años que permaneció como único diputado por IU en la Asamblea Regional. Y fue alguien que se multiplicaba para asistir a ponencias y comisiones, como si estuviera dotado con el don de la ubicuidad. Resultó implacable con lo que consideraba desmanes de los gobiernos de turno, crítico en grado sumo hacia la megalomanía gubernamental y el despilfarro en el erario. Pero, siguiendo el ejemplo de otros como Gerardo Iglesias o Julio Anguita, supo hacerse a un lado cuando consideró que ya no era útil para encabezar el proyecto y volver a su oficio, a las clases de Filosofía en un instituto de Lorca, en la enseñanza pública, por la que tanto luchó y en la que creía firmemente. Como también creyó sin ambages en la sanidad o -de ello puedo dar fe- en la radio y televisión públicas.

La vez en que más convencido estuve de que la izquierda podría sumar para desbancar al PP del gobierno de esta Región fue un caluroso mediodía, en el barrio murciano de Santa Eulalia, en concreto en la terraza de El Mallorquín, lugar en el que nos citaron a unos cuantos periodistas el propio Pujante y el líder regional de Podemos, Óscar Urralburu, para exponernos su idea de aproximación, a cubierto por un toldo y con unas reparadoras cervezas de por medio. Aquello no cuajó entonces, pero me consta que ambos políticos seguían conectados para intentar buscar puntos de concordancia. Pujante peleó y bregó como pocos por la reforma de la ley electoral que acabara con la injusticia de que un diputado costara a una formación como la suya casi el triple de votos que al PP o al PSOE, algo que le impidió volver a la cámara legislativa hace cuatro años por unos pocos sufragios. Y obtuvo el compromiso de los socialistas, de Podemos y de Ciudadanos para que así fuera en la legislatura que ahora concluye.

En las redes sociales, la repentina muerte de José Antonio Pujante ha originado multitud de gestos de reconocimiento a su labor e integridad desde todo el arco parlamentario. Y de quedarme con uno, me quedaría con el calificativo de ‘’llanero solitario” en la Asamblea Regional que alguien le otorgaba a las pocas horas de conocerse su partida, recordando así las dos legislaturas en las que en aquella cámara se batió el cobre por los más desfavorecidos.

Los maestros del taller

Cuando en 1993 Indro Montanelli abandonó ‘Il Giornale’, dijo en una entrevista televisiva sobre el editor del diario milanés: Berlusconi tiene muchas virtudes, pero también un feo defecto: escucha más a los tontos y a los serviles que a los amigos críticos”. Montanelli, que ya tenía entonces 85 años, fue especialmente crítico con la entrada del que fuera su amigo, el magnate Silvio, en el proceloso mundo de la política. Y prefirió alejarse de su estela creando un efímero diario, que bautizó como ‘La Voce’, para retornar en sus últimos años al ‘Corriere della Sera’. Montanelli argumentó que, hasta que Berlusconi se decidió a lanzarse al ruedo político, nunca interfirió en sus decisiones periodísticas en ‘Il Giornale’; pero que la cosa cambió radicalmente cuando se zambulló de lleno a liderar la derecha italiana. “Conoce el precio de la gente”, escribió sobre él, durante su estancia profesional en Roma, Enric González.

El veterano maestro de periodistas había fundado ‘Il Giornale’ en 1974, tras dejar el ‘Corriere’, después de casi toda una vida en su Redacción. En 1977, el periódico fue adquirido por un ambicioso empresario del negocio inmobiliario llamado Silvio Berlusconi. El maridaje entre uno y otro duró unos tres lustros. Rompieron porque Montanelli siempre sostuvo que su único patrón eran los lectores. El último de sus proyectos, ‘La Voce’, duró apenas un año en los quioscos. Cuando con lágrimas el octogenario director pidió perdón y anunció a los trabajadores el cierre del diario, reconociendo su estrepitoso fracaso, estos le dedicaron una ovación de un cuarto de hora.

Hace casi una década, Enric González publicó en ‘El País’ un artículo en el que hablaba de los avatares de Montanelli, fallecido en 2001 a los 92 años de edad. Fue todo un ejemplo de longevidad en un oficio en el que cuesta lo suyo envejecer al pie del cañón. Apenas superados los 50 años, una espada de Damocles pende sobre la cabeza de muchos profesionales. En demasiados casos, y obedeciendo a razones meramente crematísticas, primando la exultante juventud en detrimento de la experiencia contrastada. Algo que tampoco debería ser obstáculo para que las nuevas generaciones se fuesen incorporando de manera progresiva al mercado laboral, como es ley de vida.

Sin embargo, resulta demoledor lo que se pone de manifiesto en el Informe Anual de la Profesión Periodística 2018, elaborado por la Asociación de la Prensa de Madrid. Según este trabajo, de los periodistas que trabajan o están en prácticas, el 5% no percibe ingreso alguno; el 12% percibe 300 euros o menos; el 11% ingresa entre 300 y 500 euros y el 27%, entre 500 y 1.000 euros. Cobra entre 1.000 y 1.500 euros un 33%, por lo que el 66% manifiesta que con el dinero que ingresa no tiene suficiente para vivir.

Ya entonces, en 2009, en plena crisis, Enric González barruntaba en su columna un panorama que en poco o casi nada ha cambiado con el discurrir del tiempo. “El problema, en una época de transición, consiste en que algunos de esos periodistas jóvenes se desvanecen por falta de soporte industrial; otros se ven obligados a predicar en solitario desde un blog; algunos, los menos, llegan al mando al púlpito cuando apenas están descubriendo cómo funciona el oficio y cómo funciona la vida. Mientras, las prejubilaciones y las políticas de austeridad eliminan la antigua casta de los maestros del taller”.

El senecto Montanelli dejó certeras reflexiones para la historia. Algunas aplicables no solo a su país, donde fue posiblemente el más grande en su oficio, sino también a otros no muy lejanos. Por ejemplo, aquella de que lo que faltaba en nuestra época no era libertad, sino que, más bien, lo que faltaban eran hombres verdaderamente libres.

[eldiario.es Murcia 30-12-2018]