Murcia, la guarida del lobo

Cuando Vox comenzó a rozar el cielo con la yema de los dedos -ocurrió en diciembre de 2018, en Andalucía, obteniendo 12 escaños en sus autonómicas-, jugué a ser pitoniso y escribí en Twitter que nos preparáramos en la Región de Murcia para lo que se nos podía venir encima. Los votantes murcianos no decepcionaron mi predicción obteniendo Vox más de 143.000 votos en las elecciones generales del 28 de abril de este año y dos diputados en el Congreso. Seis meses después, el partido de Abascal ha dado el salto definitivo para alcanzar la ‘pole position’ en la comunidad murciana: casi 200.000 sufragios, tres diputados y el único senador de esa formación en la Cámara Alta.

Es evidente que muchas de esas papeletas proceden de Ciudadanos, un partido que ha perdido entre unas y otras elecciones la friolera de casi 98.000 votos en esta Región. Conviene no obviar que el PP tan solo ha ganado 9.000 entre ambas consultas, siendo estas las terceras elecciones consecutivas que pierde en el que fuera su feudo tradicional desde 1995. Estos datos dicen mucho del verdadero calado electoral de un supuesto sector de votantes de centro, liberales y progresistas. Nada más lejos de la realidad. El votante con ese pedigrí nunca desviaría su opción hacia ese extremo del tablero político. En todo caso, lo haría hacia el PP, el PSOE o la abstención, que ha sido del 30%. Los socialistas, por su parte, han perdido unos 14.000 votos en la Región.

Es diáfano y palmario que Vox ha ganado más de 56.000 votos entre abril y noviembre en la comunidad murciana. Ha sido la fuerza más votada en Cartagena y Molina de Segura, dos de las cuatro principales ciudades, y segunda en Murcia y Lorca. En la capital, apenas lo separan del PP unos 400 sufragios. Y en la Ciudad del Sol, un centenar del PSOE. En zonas con fuerte implantación de población inmigrante, caso de Torre Pacheco, Mazarrón, Fuente Álamo o Totana, han arrasado sin paliativos. También en la Vega Media, caso de la mencionada ‘capital de la conserva’ y en Las Torres de Cotillas o Alguazas. En Alcantarilla, Alhama, Cieza y Abarán, pero también en el litoral, caso de San Javier o San Pedro del Pinatar, ese partido ha sido el claro ganador de estos comicios, con lo que se barrunta que el futuro del Mar Menor estará garantizado con una formación que discrepa abiertamente de las tesis que abogan por el cambio climático, al tiempo que preside la comisión de Medio Ambiente en la Asamblea Regional. Vox ha sido el más votado en 16 de los municipios murcianos, cuando en abril solo ganó en uno; el PSOE, en 15 y el PP, en 14.

El subidón de Vox, hasta convertirse en una fuerza hegemónica en esta Región, tiene varios padres. Fundamentalmente, aquellos que no han dudado en aprovechar sus apoyos para mantenerse en los gobiernos, haciendo oídos sordos a cómo se actúa con este tipo de partidos en buena parte de la Europa comunitaria. Pero también esa izquierda que ha jugado con fuego, intentando explotar entre el electorado el miedo a que venía la ultraderecha, prestando incluso altavoces con la intención última de debilitar con ello a su adversario conservador. Y luego está Ciudadanos con el costalazo que se ha dado, que ha sido de órdago, llevándose por delante a su líder, Albert Rivera. No había más que contemplar las caras de funeral de tercera que sus dirigentes regionales ofrecían la noche electoral en su sede de Centrofama. Comienza el baile. Hay quien esbozaba una cierta autocrítica complaciente demandando el regreso a los orígenes o quien prefirió poner tierra de por medio para no tener que tragarse los sapos derivados del batacazo del 10-N. Quién les iba a decir que, tras ese fatídico día, el senador autonómico Miguel Sánchez iba a ser el único representante que les quedara a los naranjas en el Parlamento español.

Lo cierto es que Murcia vuelve a ser noticia al convertirse en la primera comunidad autónoma española donde Vox es el partido más votado, con casi un 28% de los sufragios. Habrá quien no quiera ver en esto un peligro e incluso quien nos diga que ve en ello un resultado respetable porque es consecuencia del juego democrático. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Es como lo del cuento del pastorcillo trapalón frente al lobo amenazante. Cuando llegó, nadie lo creyó. Mientras tanto, ya vamos conociendo dónde puede estar su guarida.

[eldiario.esMurcia 11-11-2019]

Adolfo o la radio

La Asociación de Profesionales de Radio y Televisión de la Región de Murcia (ARTV) ha concedido sus Antenas y Micrófonos de Plata de este año reparando una situación inicua que ya duraba demasiado tiempo. Me refiero en el caso de uno de los galardonados, Adolfo Fernández Aguilar, mi primer director en aquella legendaria Radio Juventud de Murcia en la que tantos nos hicimos y tanto disfrutamos. Y no es porque se trate de alguien carente de distinciones, pues atesora un premio Ondas y una Antena de Oro, entre otros muchos reconocimientos, si bien creo que su mejor recompensa en la vida se llama Concha y no permanece guardada en una vitrina, precisamente.

“Dadme un punto en el dial y moveré el mundo”, le oí decir una vez emulando al mítico Orson Welles. Adolfo ha sido y es la historia viva de la radio. Discípulo del maestro Bobby Deglané, se abrió camino con ‘La gran subasta’, a raíz de las trágicas inundaciones de Valencia en 1957, y propició, entre otros programas que se convirtieron en formidables campañas solidarias, los de apoyo a los damnificados por el terremoto de Managua de 1972, tras las riadas en la Región de 1973 o en ayuda del pueblo polaco en 1981. Ese mismo año, la noche del 23 de febrero, tras el intento de golpe de Estado en el Congreso de los Diputados, permaneció en directo, en el estudio de la emisora en Murcia, emitiendo un programa en el que entrevistó por teléfono desde paradero indeterminado al entonces presidente de la Comunidad Autónoma, Andrés Hernández Ros, mientras daba vivas a la Constitución y al Rey. Ello le supuso que en la manifestación por la democracia, celebrada días después en la capital, todas las fuerzas políticas estuvieran de acuerdo en que él fuera el encargado de leer un manifiesto conjunto en la Glorieta de España. Esa noche fría, muchos preferimos no pensar en la suerte que habría corrido este hombre si aquella insurrección hubiera triunfado.

En 1987, Adolfo se dejó abrazar por los cantos de sirena de la política, aspirando a la alcaldía de Murcia por el Centro Democrático y Social de su tocayo, Adolfo Suárez. Luego, tras una etapa como concejal en la oposición y la posterior descomposición del CDS, pasó a militar en el PP, donde llegó a ser diputado y senador en varias legislaturas. Ahora, retirado de la primera línea, mantiene la llama publicando cada quince días sus reflexivos artículos en el diario ‘La Verdad’, en los que da su visión del variopinto panorama político que soportamos en este país. También ha tenido ocasión de publicar varios libros a lo largo de su dilatada trayectoria profesional.

En un plano más personal, Adolfo fue quien inoculó el veneno de la radio en mis venas. Siendo apenas un aprendiz del oficio, me depositó su confianza enviándome a cubrir informaciones tan comprometidas como sobresalientes, caso del devastador accidente de un autobús de militantes del PCE murciano en la localidad toledana de Quintanar de la Orden, en 1981; o el 24 de febrero, mientras Tejero aún permanecía encerrado con sus guardias civiles en el Parlamento, destinándome a la sede de la presidencia del gobierno regional para ofrecer cuanta información allí se generase. O cuando me mandó a cubrir la visita a la Región del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y conseguí entrevistarlo durante un acto de bienvenida en el ayuntamiento de la capital. Aunque a quien Adolfo conoció de primera mano fue a su antecesor, Josep Tarradellas, al que siempre admiró por su condición de hombre de Estado, en sus estancias en Barcelona y Murcia. También, a mediados de esa década, cuando me confió la dirección y presentación del magacín de mediodía en el circuito regional de RCE, que él se encargó de titular como ‘El gran regional’, y por cuyos micrófonos se escucharon las voces de Rafael Alberti, Buero Vallejo, Luis Rosales, Narciso Yepes, Joan Manuel Serrat, Xavier Cugat, Mari Trini o José Luis López Vázquez, entre otros. Una de sus grandes cualidades, desde siempre, ha sido la de conformar equipos radiofónicos con profesionales como los que nos enseñaron en su día cuanto podamos atesorar en nuestro conocimiento del medio.

Me parece de enorme justicia que la ARTV distinga con su Antena de Plata a este veterano del oficio, murciano hasta la médula aunque naciera en Granada hace ya unos cuantos años. Con todo, un día en el que fuimos juntos al Albaicín, denoté una contenida melancolía en sus palabras al describirme los cármenes que estábamos viendo en panorámica. 

Y como en el caso de Adolfo, resulta justo merecedor del premio al mejor profesional de radio mi compañero y sin embargo amigo, que decía aquel, Miguel Massotti, de Onda Regional, un auténtico todoterreno, curtido en mil batallas; el mejor de televisión, que ha recaído en este ejercicio en Juan Cervantes, de La 7; el mejor programa de radio, para los compañeros de ‘Hoy por hoy’ de la cadena SER de Murcia o el de televisión, para los del ‘Diario del campo’, que se emite semanalmente en la televisión autonómica. A todos, desde aquí, mi más sincero reconocimiento aunque, a buen seguro, tendré la oportunidad de felicitarlos este jueves, personalmente, en la gala que tendrá lugar en el marco incomparable del Teatro Romea.

[eldiario.esMurcia 7-11-2019]

El tren se aleja


La canción ‘500 millas’ la compuso a comienzo de la década de los sesenta del pasado siglo la estadounidense Hedy West, si bien quien la haría popular sería Joan Baez. En España, por aquellos años, la adaptaron Los Mustang (“En el tren que se alejó, va mi amor que me dejó…”) y supongo que ella se la había escuchado a ellos cantarla en la radio. Es lo que recuerdo de aquel viaje en ferrobús, entre mi pueblo y otro no muy distante en el que residía una de sus amigas de juventud a la que iba a visitar. Yo andaba esa tarde por el andén de la estación, tirando de un carrito, junto a mi padre, cuando la vimos subiendo a ocupar su asiento en el vagón, dispuesta para partir. Le pidió a su cuñado llevarme con ella, algo que yo no debí aceptar de buen grado, pues recuerdo lejanamente que, nada más arrancar, rompí a llorar y que, para calmar mi llanto, ella me cantaba ‘500 millas’ ante la mirada de aquel revisor que ‘ticaba’ los billetes, tocado con su gorra ferroviaria, mientras yo observaba por la ventanilla a mi padre despidiéndonos con la mano.

Es, quizá, el recuerdo más antiguo que tengo de mi vida; y en él ya estaba ella. Como ocurrió en mi primera foto, con pocos días, los dos recostados en la cama del dormitorio de su modesta vivienda. Luego vinieron años de cercana convivencia, de prestar todo el apoyo que se le puede brindar al primer sobrino varón y, ante todo, de incuestionable cariño. Suplía a nuestra madre en cuantas vicisitudes se nos presentaban en su ausencia y su solo timbre de voz generaba una probada autoridad moral sobre nosotros. Trabajó mucho; primero, ejerciendo las veces de una madre que perdieron siendo muy críos y, luego, cuidando a mi abuelo mientras, a la vez, tenía que ganarse el sustento. Abrió con su hermana un negocio de comestibles, que ella regentaba, y que duró algo más de una década, hasta que irrumpieron los hipermercados y acabaron por liquidar al pequeño comercio en los pueblos cercanos.

Siempre ha sido una más en el núcleo familiar de mi casa, parte consustancial en los buenos momentos y, también, en los malos, aportando sacrificio, entrega y abnegación. La comprensión de mi padre ante aquel reagrupamiento, con la incorporación de la hermana de su mujer, siempre me pareció digna de admiración. Fue, además, de las primeras en ofrecerme apoyo incondicional ante cualquier naufragio. Y nos ha enseñado que no hay nada más valioso que lo que se aleja de cualquier objetivo material en la vida. Desprendida en lo económico, jamás tuvo ni manejó grandes dividendos si bien, de haberlo hecho, estoy convencido de que su generosidad hubiera sido ilimitada.

Cuando repaso sus fotos de juventud en nuestros álbumes familiares, la veo sonriente y rodeada de amistades, como sin temor a lo que le pudiera deparar el futuro. Qué distinto a su mirada perdida de estos días, sentada en una butaca del salón. La recuerdo levantándose los domingos con la luz del alba para ir a la misa primera, acaso para alargar las horas del día, aunque fuera festivo, como ha alargado su existencia hasta los 90 años ya cumplidos.

No he querido dejar de escribir estas líneas ahora y posponerlas para que viesen la luz tras su partida; por suerte, aún la tenemos a nuestro lado, renqueante, eso sí, con escasa movilidad, unos días mejor que otros, apuntalada por más de una docena de medicamentos, con su tostada en la merienda/cena y sus sorbos de cerveza sin alcohol en las comidas. Estoy seguro de que el día en que se nos marche definitivamente, todos sus sobrinos lucharemos a brazo partido por quedarnos con la valiosa herencia que nos deje. Que no será económica, se supondrá, por supuesto, ni tampoco patrimonial, sino ejemplo vivo de cómo, sin haber sido madre, alguien pueda concitar tanto amor a su alrededor de cuantos la pueden llegar a querer, incluso, más que si ella misma los hubiera parido.

[‘La Verdad’ de Murcia. 29-10-2019]

Del cinismo a la amargura

Decía Unamuno, tan en boga en estos días por su protagonismo en la última película de Alejandro Amenábar, que cuando en España se hablaba de cosas de honor, un hombre sencillamente honrado tenía que echarse a temblar. Respetando cualquier otra consideración, mantener los restos de Francisco Franco en el Valle de los Caídos resultaba tan anacrónico como uno pueda y quiera imaginarse entrado como está el siglo XXI. Algo que sorprende en alguien que dijo dejarlo “todo atado y bien atado”, pero que ni siquiera especificó dónde quería ser enterrado. Dicen que en alguna ocasión dejó caer con su voz de timbre aflautado que junto a su esposa, en el panteón familiar del cementerio de Mingorrubio, camposanto donde también reposan sus leales expresidentes Carrero Blanco y Arias Navarro. Y hay quien asegura que al construir el imponente monumento con la cripta en Cuelgamuros, en el fondo, la intención postrera era la de perpetuar su recuerdo por los siglos de los siglos, amén.

El proceso de exhumación del que fuera Jefe del Estado español hasta 1975 no ha sido de ningún modo ejemplar. Ni por el Gobierno ni por parte de la familia. Es evidente que se podría haber hecho de una forma mucho más discreta, con menos parafernalia y difusión. Los descendientes de quien detentó el mando único de esta nación durante casi 40 años -por cierto, ellos sí quedaron atados y bien atados en lo que a su seguridad económica se refiere- exhibieron una imagen más próxima a los Soprano que a la de ser nietos y bisnietos de alguien que murió hace 44 años en la cama de un hospital de la Seguridad Social, que hoy ya es historia y, por tanto, pasado de este país. El cinismo y la amargura son frutos que te da el árbol de la vida, como escribiera Rafael Chirbes en su ‘Crematorio’. Pero es que el Gobierno, que se apunta el tanto de sacar al dictador del mausoleo, tampoco hiló muy fino, con una exhibición multipantalla que sobraba a todas luces. El resultado fue una mañana, la del pasado 24 de octubre, con profusión de medios de comunicación en vivo y en directo, como en un gran carnaval, con toques a veces berlanguianos en cuanto rodeaba al acto, incluyendo la irrupción a lo ‘The Walking Dead’ del ex teniente coronel Tejero con la intención de colarse en el funeral. No es de extrañar que hasta las inmediaciones se trasladaran todo tipo de personajes residuales de ese franquismo que aún balbucea, un régimen que todavía hoy sigue despertando controversias, sobre todo, entre los que lo vivimos, aunque fuera en el tramo preliminar de nuestra existencia, y los que no lo hicieron.

Semejante montaje para el traslado de los restos de Franco desde el Valle de los Caídos hasta el cementerio de Mingorrubio, con helicóptero incluido, resultó algo muy propio de lo que aún somos en este país. Decía Manuel Azaña que si los españoles habláramos solo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. El caso es que, por ejemplo, a la salida de la basílica, salvo por los ‘vivas’ de los familiares, hubo un silencio respetuoso, ciertamente, pero precedido de demasiado vocerío. Para otro notable, Winston Churchill, los españoles éramos ese pueblo vengativo al que el odio envenena. No había más que mirar alrededor para comprobar hasta qué punto esto sigue vigente. Es curiosa y paradójica la mirada que de nosotros se percibe todavía desde más allá de nuestras fronteras. Lo del otro día, junto con el paisaje y el paisanaje que se pudo contemplar en una Cataluña encolerizada, poco ayuda a mejorarla. Certero estuvo en su momento el poeta barcelonés Jaime Gil de Biedma, al aseverar que de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste era la de España porque siempre suele terminar mal. Y a buen seguro que muchos habrán compartido la visión prusiana que de nosotros dejó marcada a sangre y fuego Otto von Bismarck; aquello de que somos una gran nación porque los españoles llevamos siglos intentando autodestruirnos sin conseguirlo. No le faltaba razón al mariscal germano, artífice de la unificación alemana y figura clave en la segunda mitad del XIX; el mismo que sentenció, al conocerla, que lo increíble de España fuera que, con un clase política tan inepta, todavía existiera como país. Qué atinado anduvo aquel hombre al que apodaron canciller de hierro.

[eldiario.esMurcia 29-10-2019]

El chocolate del loro

Posiblemente no se tratara de un discípulo aventajado de Winston Churchill, pero en mayo de este año, el diputado de Ciudadanos, Miguel Sánchez, fue visto una mañana transitando absorto por los pasillos de la Asamblea Regional, en Cartagena, con una caja blanca en sus manos. La misma contenía un teléfono móvil modelo Huawei P10 que le habían entregado al comienzo de la legislatura. El parlamento murciano compró en 2015 una partida de estos terminales, para uso de sus señorías, por un precio individual que rondaba los 500 euros. Sánchez pudo quedarse con él al concluir su periodo parlamentario, abonando aproximadamente la mitad de ese importe, pero ni lo había desprecintado, ya que siguió utilizando el suyo personal a lo largo de esos cuatro años. Tampoco hizo uso de la línea telefónica ni, como confesó entonces en su cuenta de Twitter, pasó gasto alguno por dietas o kilometraje en todo ese tiempo. 

Miguel Sánchez, que había ostentado la portavocía de su grupo en esa legislatura finiquitada, confesaba que había acudido ese día al edificio del Paseo de Alfonso XIII para devolver el terminal y, sobre todo, para despedirse de la letrada y del camarero de la cafetería. “Voy a echar de menos aquello”, concluía en un tuit. A Sánchez lo habían fulminado para dar paso a otras personas francamente mejor posicionadas en la renovada candidatura de Cs. No solo a él; también a Luis Fernández o Miguel López-Morell, exparlamentario este último que, el pasado fin de semana, publicaba un agridulce artículo en el diario ‘La Verdad’ en el que se lamentaba de que “queríamos ser los campeones de la lucha contra la corrupción, de la eficiencia y de la transparencia y hemos convertido al partido en un proyecto cargado de contradicciones y opaco”. Solo sobrevivió Juan José Molina, que sí repitió en la lista, ostentando en la actualidad la portavocía de los naranjas en la Asamblea Regional.

Sánchez se marchó ese día a su casa dispuesto a retomar su profesión de abogado. Semanas después, alguien desde la dirección en Madrid cayó en la cuenta de que había que compensarlo por los servicios prestados. Y lo propusieron como senador autonómico, por encima de cualquier candidato que tuviera comprometido el PP, siendo elegido al hacer valer Cs el apoyo que ambos partidos se prestan en el gobierno de coalición.

Este martes, el colega Gregorio Mármol nos revelaba que la Mesa de la Asamblea Regional decidió tiempo atrás adquirir nuevos terminales telefónicos para los 45 diputados. La operación supera los 100.000 euros y se adquirirán diez más en previsión de posibles altas y bajas, robos, pérdidas o desperfectos. Todo indica que no serán del mismo fabricante que en la anterior ocasión ya que, según fuentes parlamentarias, los aparatos chinos dieron muchos problemas. A los nuevos móviles, que se asegura serán “de alta gama”, por importe de unos 1.000 euros por cabeza, habrá que unir sendas tabletas, por unos 860 euros cada una. El argumento para dotar a los diputados de tamaña tecnología es digno de una viñeta del mejor Forges: para facilitarles “el trabajo deslocalizado y el no ser esclavos de un emplazamiento con un ordenador desde el que realizar sus funciones”.

El ‘capricho’ no ha caído nada bien entre una ciudadanía que no termina de entenderlo, en tiempo donde aún se le insta a recortes y sacrificios, pero que sí comprende que para determinados dispendios oficiales siempre hay partidas disponibles. Ello, en una semana en la que también trascendió que el presidente de la cámara, Alberto Castillo, tiene la intención de que la Mesa celebre reuniones itinerantes por los 45 municipios de la Región para “acercar la institución a los ciudadanos”. Se trata de algo bastante comprensible ante el clamor general que se detecta entre los habitantes de esta tierra por ver de cerca y poder tocar a los próceres legislativos. A mí, lo confieso, no me importaría que sistemáticamente se citaran en Aledo, Cehegín, Ojós, Mazarrón, Yecla o Beniel; pero propongo que, para dar ejemplo, lo hicieran como lo hizo Miguel Sánchez durante los cuatro años en que ejerció su cargo de diputado: sin cobrar un kilómetro ni pasar una sola dieta a los servicios administrativos del parlamento. ¿A que no tienen lo que hay que tener…?

[eldiario.esMurcia 23-10-2019]