El general de la concordia

En febrero de 1983 nevó en Murcia, algo inusual por estos lares. Muchos niños, y otros no tan jóvenes, aprovecharon para hacer lo que tantas veces habían visto en la televisión y en el cine: lanzarse bolas de nieve por las calles y plazas de la ciudad. Ese día se iba a dar el nombre de un teniente general del Ejército español a la que había sido hasta entonces la prolongación de la de Jaime I El Conquistador. Aquel militar no era otro que Manuel Gutiérrez Mellado, quien había sido vicepresidente del Gobierno y ministro de Defensa con Adolfo Suárez y al que todos recordábamos por su gallardía en el hemiciclo del Congreso aquella tarde en la que el teniente coronel Antonio Tejero pretendió derribarlo con una zancadilla rastrera, más que cobarde. Ese gesto de Gutiérrez Mellado, con los brazos en jarras, junto al de Suárez -los únicos, junto a Santiago Carrillo, que no se lanzaron al suelo al escuchar el tableteo de las armas que dispararon al techo los asaltantes- representaron, y aún lo hacen, el testimonio fehaciente de lo que es la dignidad del poder legalmente establecido frente al golpismo execrable.

Gutiérrez Mellado fue un militar atípico. Huérfano desde niño de padre y madre, formado en la Academia de Zaragoza que dirigió Francisco Franco, se afilió a la Falange en 1935, participando en la rebelión como teniente de Artillería. Tras la Guerra Civil, estuvo destinado en el Cuartel General de la División Azul en Alemania y, al concluir la Segunda Guerra Mundial, viajó por diversos países europeos con la misión de espiar a los exiliados republicanos. Es de suponer que, con ese currículum, pocos apostaran por que este hombre se convirtiera en uno de los principales apoyos para restablecer la democracia en España y poner las bases para modernizar su Ejército.

Durante los años de plomo, Gutiérrez Mellado tuvo que enfrentarse a los militares del búnker, aquellos que todavía añoraban el régimen franquista, lo que le supuso más de un incidente en actos públicos, entierros de asesinados por el terrorismo e incluso en acuartelamientos militares. Sus últimos años los pasó dedicado por completo a la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, que presidió hasta su muerte, ocurrida en diciembre de 1995 cuando se trasladaba hasta Barcelona para dar una conferencia y el vehículo en el que viajaba derrapó por efecto del hielo que había en la calzada. Tenía 83 años y, sin embargo, seguía en plena actividad.

Manuel Gutiérrez Mellado fue uno de los primeros militares que, en la Transición, desembarcó en la política. Hoy, en que otros compañeros de armas se han incorporado a las listas de diversas formaciones de cara a los comicios, salvando las distancias, se hace aún más necesario reivindicar su histórico papel. Cuentan que, en los momentos de soledad política en la que se vio sumido Adolfo Suárez siendo aún presidente, este le preguntó un día: “Aparte de ti, ¿alguien más está con nosotros?”. Quizá esta frase resuma muchas cosas de lo ocurrido en aquellos días de vértigo. Un nada sospechoso, en cuanto a su proximidad a aquel Gobierno, como fue Manuel Vázquez Montalbán, dijo que Gutiérrez Mellado inspiraba tal respeto por la autoridad que de él emanaba, aunque ya no tuviera mando en plaza. En Murcia, al menos, tiene una avenida que lo recuerda.

[‘La Verdad’ de Murcia. 16-4-2019]

Anuncios

Clemente García, con las botas puestas

Hubo un tiempo en el que la palabra ‘Política’ se escribía con mayúsculas. Esos años en los que algunos hombres buenos -y mujeres, por supuesto- se atrevieron a poner las bases para edificar un sistema democrático en un viejo país, que salía de un régimen autoritario que se prolongó durante casi 40 años. Muchos de ellos procedían del mismo sistema franquista, en cuyas entrañas aprendieron y comprendieron que la única forma posible de afrontar el futuro era intentando cambiar las cosas. Es el caso del ahora tan reivindicado por todos Adolfo Suárez, sin ir más lejos. La Transición española se cinceló a golpe de retos y compromisos basados en el diálogo y el consenso. Ello precisó de figuras que antepusieran el bien común a sus posicionamientos ideológicos particulares.

En la foto que acompaña este texto, y que esta mañana he colgado en Twitter, se ve a Antonio Pérez Crespo, primer presidente del Consejo Regional de Murcia, al entonces alcalde de la capital, Clemente García, y a Josep Tarradellas, un trío que vale como ejemplo de lo que intento expresar. Este último fue presidente de la Generalitat en el exilio, malviviendo durante años en un pueblo de Francia en condiciones casi ermitañas. En 1977, el entonces teniente coronel Andrés Cassinello, adscrito en esa época al servicio de inteligencia, remitió un informe al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, tras visitar al político catalán, meses antes de pactar su regreso a Barcelona: “Hay que entrar en su casa, en la que todo es pobreza, para entender su dignidad. Vive en un llano muy frío del centro de Francia, con una calefacción tibia, sin baño, con muebles que no usan ni los suboficiales, y con el único lujo de una buena biblioteca y un tocadiscos. Una hija subnormal (Montserrat, con síndrome de Down) y una mujer callada. No hay criados, ni secretarios”, escribió Cassinello.

Esta pasada madrugada ha muerto en Murcia Clemente García, quien no solo fue alcalde de la ciudad entre 1972 y 1979 sino eterno secretario general de la patronal CROEM; alguien que siempre tuvo conmigo un trato franco y cercano, casi diría que paternal. Lo he sentido tanto como sentía verle consumirse en los últimos meses de su existencia, reconociendo que el principal error de su vida había sido su adicción al tabaco. Sí, era adicto al cigarrillo como también lo fue al trabajo. Siempre pensé, y así se lo dije en una ocasión en el salón de su casa, cuando en 2013 fui a entrevistarlo por la publicación de un libro suyo sobre alcaldes de la capital, que moriría con las botas puestas. Y, como no podía ser de otra manera, hasta el último día, a fe que lo cumplió.

K.O. a la prensa

Durante mucho tiempo se mantuvo en el frontispicio de las redacciones periodísticas aquel dicho de que el ‘perro no come perro’. Es evidente que el oficio ha vivido ajeno, de espaldas, sumido en la omertá en todos estos años, a lo que describe en su libro ‘El Director’ (Ediciones Libros del K.O.), David Jiménez, exdirector del diario ‘El Mundo’. Por supuesto que mucho de lo que en él se cuenta es y ha sido moneda de cambio en la profesión. En Madrid, y en eso que eufemísticamente se suele denominar en ‘provincias’.

La forma de comprar voluntades en estos casos siempre ha tenido aristas. Sería pretencioso asegurar que alguien te está sobornando por el hecho de invitarte un día a comer en un restaurante de postín. Ni siquiera por hacer un viaje a gastos pagados. No. La cosa es mucho más sibilina y nunca se presume un efecto acción/reacción con carácter inmediato.

Cuando la televisión autonómica murciana vivía sus días de vino y rosas, antes de que el gobierno regional le asestase el cerrojazo en 2012, casi con nocturnidad y alevosía, poniendo en la calle a sus 300 trabajadores, la tertulia nocturna se convirtió en una fuente de ingresos para muchos profesionales, tanto locales como foráneos. La presencia de periodistas que llegaban de la capital del reino, pagada a precio de caviar iraní, se completaba con el concurso de informadores de medios de aquí, quienes percibían unos emolumentos inferiores, aunque bastante consistentes para lo que se acostumbraba por estos lares. Resulta evidente que, si hoy diéramos un repaso a aquellas emisiones, difícilmente hallaríamos un atisbo de crítica al ejecutivo regional por parte de la mayoría de los que venían de fuera, escogidos y bien trillados, los cuales, muchas veces, ante el desconocimiento de los temas propios de esta comunidad autónoma, solían demandar a toda prisa, en la sala de maquillaje, una clase rápida de los asuntos a abordar a los contertulios autóctonos. Algunos de estos últimos, conscientes de dónde estaban y quién les había requerido para tertuliar, debatían con un asomo de cierta prevención y como con el freno pisado. Hubo excepciones, claro está, en los unos y en los otros. Pero aquel maná se acabó hace siete años y hoy, las tertulias de la televisión autonómica, se configuran con invitados que no perciben ni un solo euro por sentarse ante las cámaras, dicho sea para dejar a cada uno en su sitio.

David Jiménez habla en su libro de los periodistas que se alquilan. No dejó de impresionarme el día en el que, en un mitin de Rajoy celebrado en Murcia, actuó de ‘speaker’ sin complejos el entonces director de una emisora radiofónica de la capital. Aseguro que no daba crédito ante lo que se estaba oyendo por la megafonía del auditorio.

Bien es cierto que la publicidad institucional y el patrocinio han sido y siguen siendo sustento fundamental de determinados medios privados, algunos de los cuales han de ir con pies de plomo para abordar según qué temas, y sobre todo cuantos afectan al ejecutivo autonómico o a los ayuntamientos, que al fin y al cabo son ‘los anunciantes’.

Recuerdo la ‘exquisitez’ con la que tradicionalmente se trataban las informaciones relacionadas con esos grandes almacenes que todos tenemos en mente, cada vez que había una huelga general y los convocantes se fijaban como objetivo prioritario cerrarlos simbólicamente. O cuando existía algún conflicto laboral en ese grupo empresarial, que además dispone de sindicato propio, y que es el mayoritario. Sus campañas publicitarias, sobre todo en época de rebajas, son irrenunciables para todo departamento comercial de cualquier medio escrito o audiovisual.

Pero donde realmente ha campado a sus anchas el poder político es en los medios públicos, considerados como de su propiedad de manera ancestral. Hubo épocas aquí en las que se reclamaba una cámara para dar cobertura a tal o cual acto tan solo descolgando el teléfono desde cualquier despacho gubernamental y ordenándoselo al director de turno. Mis mayores broncas durante los cinco años en que dirigí TVE (2007-2012) solían venir por esto, al negarme a ello en repetidas ocasiones, tanto ante interlocutores regionales del Gobierno autonómico (PP) como del central (PSOE). Y es bueno dejar patente que no hacerlo nunca me supuso reproche alguno por parte de mis superiores, que respaldaron siempre mis decisiones en aquel periodo de tan grato recuerdo profesional.

Sin embargo, parece que desde el franquismo subyace en los políticos la impresión heredada del viejo régimen, como ocurre con otros tics que aún perduran, de que la radio y la televisión públicas son un apéndice más de los ministerios. Y ello, por extensión, se propaló tras su irrupción a las autonómicas con respecto a sus consejerías.

El libro de David Jiménez es la prueba del nueve de que nuestra profesión tiene que abandonar de una vez por todas los complejos corporativistas. Los periodistas nos pasamos la vida enjuiciando al prójimo, hablando de sus glorias y sus miserias, incluso de condiciones laborales cuando, la nuestra, es una de las profesiones con más índice de precariedad en el mercado. Qué paradójico resulta, para alguien que percibe un sueldo más que exiguo por una jornada de casi diez horas, tener que informar a la opinión pública de lo mal que lo pasan los trabajadores de tal empresa afectados por la negociación de un convenio o la aplicación de un ERE abrasivo. Ojalá alguna vez se acabe con todo esto, aunque no sé si para entonces uno permanecerá en activo para vivirlo. Es algo que deseo fervientemente, por el bien de las generaciones que nos sucedan en este oficio, frente a ese periodismo que tan gráficamente Jiménez -David, que no Curro- califica en su publicación como “de trabuco”.

[eldiario.esMurcia 10-4-2019]

 

No, no es Robert Redford

Recuerdo, hace ya bastantes años, en la radio, un mediodía en que varios compañeros observábamos el discurrir de la calle a través de un ventanal. Pasaba la gente y de pronto detuvimos nuestra mirada ante la figura de una espléndida mujer, de la que elogiamos sus evidentes cualidades físicas, si bien uno de mis acompañantes -y no el más agraciado- puso algún reparo ante aquel bellezón. Fue cuando el más veterano de nosotros, mirándolo fijamente, y tras dar una intensa calada a su cigarrillo, le espetó: “Perdona, pero tú no eres Robert Redford, precisamente, para hablar”. La anécdota suelo contarla, con nombres y apellidos, cada vez que alguien se me pone exquisito ante cualquier circunstancia de la vida.

Es sencillo imaginar lo que hubiera ocurrido si, desde la dirección de cualquier partido político, se le hubiese expuesto este argumento a una mujer para que no encabezara una lista electoral: “No das el perfil físico ni político”. El caso es que eso no se lo han dicho a ninguna de ellas, y sí al hasta ahora portavoz de Ciudadanos en el ayuntamiento de Lorca, Antonio Meca. Se trata de un razonamiento que raya lo abracadabrante. Cuando en política se tiene que echar mano de este tipo de argumentarios es que algo falla estrepitosamente. Un partido nunca debería aspirar a ser un conjunto de replicantes, donde la uniformidad fuese moneda de cambio, como ocurre en los ejércitos.

Recuerdo también aquella campaña, en 2006, con unos sorprendentes carteles de un Albert Rivera desnudo, cuando Ciudadanos era todavía Ciutadans y aspiraba a abrirse camino en la procelosa política catalana. “Sólo nos importan las personas”, rezaba el eslogan junto a la imagen de un candidato que se mostraba como su madre lo trajo al mundo, mientras pudoroso se tapaba con las manos sus partes nobles. Rivera, que entonces tenía 27 años, aparecía como un Apolo y, entre otros mensajes en la aludida campaña, lanzaban a los cuatro puntos cardinales eso de que “no nos importa dónde naciste, no nos importa la lengua que hablas, no nos importa qué ropa vistes; nos importas tú”.

Desde aquel catecismo de hace 13 años, hoy, con determinaciones tan difíciles de explicar, la formación naranja parece que ha derivado a convertirse en una especie de sucursal de la Pasarela Cibeles, si nos atenemos a lo ocurrido en Lorca y, quizá también en otros lugares, donde da la impresión de que prima la estética sobre la ética. Se asegura que a Meca pretenden sustituirlo por un joven y emprendedor candidato, más en la línea de lo que armónicamente se esperaría para encabezar el cartel, de acuerdo a los cánones de belleza que supuestamente alguien debe de manejar. El principal afectado, que fue candidato a la alcaldía en 2015, aun reconociendo que no es Robert Redford, ha ido más allá. Arguye que no es su para nada esbelta figura, su baja estatura o su alopecia galopante lo que más preocupa al que ha sido su partido, sino por qué derroteros se moverá si, tras el 26 de mayo, el PP precisara de los votos de Ciudadanos para continuar instalado en la alcaldía de Lorca. Y Meca, sin dudarlo, culpa a los populares, con la anuencia cómplice de Ciudadanos, de moverle el sillón.

A veces en política, cuando otros argumentos escasean, se suele recurrir a la falacia. Si de lo que se trata es de configurar una lista electoral con galanes y beldades, que hablen con los representantes de modelos de Custo Dalmau o Victoria’s Secret. Siempre sería más efectivo y resolutivo. Pero no nos quedemos con las hojas del rábano. Intuyo que a Meca lo fulminan no porque su perfil se aproxime más al de López Vázquez que al de Redford; se lo cargan porque, tras denunciar todo lo denunciable en esa corporación y ejercer de mosca cojonera, pudiera resultar molesto para lo que se barrunta en el horizonte político.

[eldiario.esMurcia 2-4-2019]

El mutis de Vittorio Gassman

El gran Vittorio Gassman, quizá el actor más grande que haya dado Italia al mundo, sostenía que el teatro no se hace para contar las cosas, sino para cambiarlas. En el verano de 1984, Gassman recaló en el Festival Internacional de San Javier, que este año cumplirá felizmente medio siglo de vida, para ofrecer sus monólogos a un público que había agotado las entradas con feroz antelación. Llegó en avión al aeropuerto marmenorense, donde estaba apostado a pie de pista el fotógrafo Ángel Martínez Requiel para captar el momento en que descendiera por la escalerilla de la aeronave, y de allí se trasladó al hotel.

Cuando a Gassman le enseñaron el auditorio donde debía actuar horas después, alguien como él, acostumbrado a los mejores anfiteatros y coliseos, utilizó una expresión que, siendo piadosos, consideraríamos despreciativa. Alegó además que la megafonía no era la apropiada, pues carecía de la potencia exigida. Gassman, que tenía entonces casi 62 años, y que había llegado algo tocado, con una notable afección de faringitis e inflamación de la tráquea, se volvió al hotel y pidió al servicio un recipiente con agua hirviendo y toallas para hacer vahos en su habitación.

Allí estábamos en el hall, esperándolo, entre otros, el entonces crítico teatral de este periódico, Jacobo Fernández Aguilar, y un servidor, quienes nos habíamos trasladado desde Murcia, en mi primario Seat 133, para intentar entrevistarlo, pertrechados de un magnetofón de aquellos tan singulares que teníamos en Radiocadena. Recuerdo la expresión de mi acompañante al aparecer Gassman en la recepción del establecimiento hotelero: “Ahí está”, me dijo en un acto reflejo de evidente admiración, que se traslucía en sus ojos, por un artista al que teníamos a tan solo escasos metros de nosotros. Pero, al final, Gassman no actuó esa noche, tampoco quiso hablar con la prensa y su decisión de suspender la función estuvo a punto de provocar un serio altercado de orden público al encajarlo muy mal los asistentes, que abarrotaban sus asientos en los graderíos.

Recordé esta anécdota la otra noche, escuchando a unos tertulianos en la televisión autonómica murciana hablar de ‘Perfume de mujer’, la película que en 1974 protagonizó Gassman, bajo la dirección de Dino Risi y con una imponente Agostina Belli en el reparto. Años después, en 1992, Al Pacino hizo lo propio en un ‘remake’ estadounidense, trabajo por el que obtuvo un Oscar y un Globo de Oro como mejor actor. El tango gardeliano ‘Por una cabeza’ que baila con una espléndida Gabrielle Anwar, por sí solo, ya vale un potosí.

En la tertulia se dijo, entre otras cosas, de Pacino, en el papel del exmilitar ciego (“El día que dejamos de mirar, es el día que morimos”, confiesa a su joven lazarillo), que no tenía comparación con Gassman, que sobreactuaba y como que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Para conocer la verdadera dimensión de este actor salido del Bronx neoyorquino hay que leer ‘Conversaciones con Al Pacino’, de Lawrence Grobel, una joya del que consideran el Mozart de los entrevistadores. A nadie discutiré jamás que Gassman fue grande, muy grande, ciertamente un dios de la interpretación, dotado con una voz portentosa e inigualable. Pero no albergo dudas de que Pacino, que siempre se ha considerado actor antes que estrella y para quien el teatro es un estilo de vida, sería con absoluta certeza su profeta.

[‘La Verdad’ de Murcia. 26-3-2019]