Freud y el emérito

En 1976, el Gobierno español manejaba encuestas que alertaban de que, en un hipotético referéndum sobre monarquía o república, se hubiera inclinado la balanza hacia esta última opción como forma de Estado. Así lo reconoció en 1995 el expresidente Adolfo Suárez mientras grababa una entrevista televisiva con la periodista Victoria Prego. En un momento dado, Suárez se tapó el micro de corbata -lo que no impedía que se le escuchara- y confesaba este sorprendente hecho, revelado unos cuantos años después. Destacaba Suárez que fueron algunos jefes de gobiernos democráticos europeos, a instancias del líder socialista Felipe González, los que le demandaron que hiciera esa consulta al pueblo español. Sin embargo, Suárez llevó a cabo una más de sus jugadas de avieso prestidigitador, introduciendo al rey y a la monarquía en el proyecto de ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes franquistas en noviembre y sometida a referéndum el 15 de diciembre de 1976.

La amistad del entonces príncipe Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez se había fraguado en los últimos años del franquismo. El primero puso sus ojos en el entonces gobernador civil de Segovia -y después director general de Radiodifusión y Televisión- para encauzar al país desde una obsoleta dictadura hasta un régimen democrático. Debió de ver en él a ese “chusquero de la política”, como el de Cebreros llegó a definirse en alguna ocasión, y en todo caso a alguien capaz de enfrentarse a cuanto se le cruzase en el camino. El poder de seducción con los sucesivos jefes del Ejecutivo por parte del monarca tuvo su punto álgido en 1982, con la llegada al poder de Felipe González, sin duda, y pese a su pedigrí republicano durante la Transición, el presidente del Gobierno con el que mejor ha sintonizado Juan Carlos I en sus 40 años de reinado. No es de extrañar que esa química se traduzca en la defensa que el que fuera líder socialista español ha hecho últimamente, y de forma pública y notoria, del denominado rey emérito. Todo ello, junto a esa imagen proyectada por el monarca como mejor embajador español fuera de su país, contribuyó a que el sentimiento monárquico recalara poco a poco en la sociedad española, hasta el punto de reconocerse muchos ciudadanos más ‘juancarlistas’ que otra cosa.

Durante muchos años, quizá demasiados, en los medios de comunicación españoles se instauró un pacto -no escrito- de no agresión contra la monarquía. Solo desde el extranjero saltaban en ocasiones noticias sobre ciertas conductas ‘poco apropiadas’ del monarca. Otro capítulo aparte merecería el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuyos ejecutores siempre esgrimieron que actuaban en nombre del rey desde su primer movimiento. Lo cierto es que un simple gesto suyo de complicidad hacia los militares sublevados hubiera supuesto que el Ejército lo secundara como un solo hombre. Sin embargo, su discurso en esa larga noche, ataviado con el uniforme de capitán general y ante las cámaras de TVE, ya entrada la madrugada y unas cuantas horas después del asalto al Congreso de los Diputados por el teniente coronel Tejero, le supuso pasar a la historia como el freno definitivo frente a la asonada, cuyo papel estelar recayó en dos generales de profundas convicciones monárquicas: Armada Armada y Jaime Milans del Bosch. Al primero, segundo jefe del Estado Mayor del Ejército, el monarca no le autorizó a desvelar -con objeto de utilizarlo por su defensa durante el juicio, en el que lo condenaron a 30 años de prisión- el contenido de una entrevista que ambos mantuvieron diez días antes del intento de golpe. Mientras, el segundo, entonces capitán general de la III Región Militar con sede en Valencia, sospechaba de ciertas veleidades republicanas que no disimulaban algunos de sus compañeros, al frente de otras demarcaciones castrenses, un hecho que llegó a comunicar telefónicamente esa misma noche al rey. Ya más recientemente, una persona muy ligada en el pasado al monarca -y hoy en pleno candelero mediático- llegó a acusarle de padecer una enfermedad concreta: la de la deslealtad.

La enorme y evidente transformación del país, su integración en Europa, su modernización y el desarrollo experimentado desde su llegada al trono en 1975, por designación directa del generalísimo Francisco Franco en 1969, se ha visto empañada por unos acontecimientos que han conducido a Juan Carlos de Borbón a tener que verse obligado a abandonar su tierra. Tremenda paradoja para alguien que retornó a España siendo aún niño, con objeto de formarse como futuro rey en la universidad y en las academias militares, aceptando incluso el trance de sortear los derechos dinásticos depositados en la persona de su padre, Juan de Borbón, por su abuelo, el rey Alfonso XIII, que murió en el exilio.

La 1 de TVE emitió este viernes un documental sobre Juan Carlos I, realizado entre 2014 y 2015 por el cineasta hispano-francés Miguel Courtois y coproducido por RTVE y France 3. Aún me estoy preguntando los motivos por los que los anteriores directivos de la televisión pública lo mantuvieron ‘congelado’ desde hace un quinquenio sin que pudiera ver la luz en España. Ay, cuánto daño ha hecho ese afán proteccionista con todo lo que rodeara a la corona, instalado durante tanto tiempo en algunos estamentos de la sociedad española…

Felipe VI, su único hijo varón y heredero, quiso marcar distancias desde el primer momento. Conocedor de las peculiares vicisitudes de esa casa, no tuvo empacho en poner tierra de por medio con su hermana Cristina, tras los desmanes protagonizados por su cuñado Iñaki Urdangarin. E incluso renunciando a una envenenada herencia paterna. Pero ahora le ha tocado lidiar, quizá, con algo mucho más complicado y difícil, máxime cuando su predecesor no está dispuesto, de ninguna de las maneras, a que lo despojen de su título real tras la abdicación. El genio del psicoanálisis, el neurólogo austriaco Sigmund Freud, utilizaba una dura expresión metafórica para describir ese momento en que uno debe romper amarras definitivamente con el progenitor para volar por su cuenta. Lo denominaba, con toda la crudeza que se quiera, matar al padre, algo tan dramático como drástico, aunque haya quien mantenga que, como en toda relación paternofilial no siempre el primero sea desechable del todo ni el segundo, suficiente.

[eldiario.esMurcia 7-8-2020]

El calvario de Eleazar

 

Eleazar Blandón, en una foto que envió a un portal de anuncios solicitando trabajo

“El periodista, ¿nace o se hace?”, solía preguntarme a menudo, en tono socarrón, un veterano compañero de la radio en mis comienzos. Lo que sí sé es que el periodista no descansa, solía contestarle. Ni siquiera en vacaciones. Periodista se es 24 horas al día, 365 días al año y, si me apuran, toda la vida.

Desde que el sábado supe de esta historia, no dejé de darle vueltas. Estoy de descanso, es verdad, pero no me pude abstraer ante lo ocurrido este pasado fin de semana. Este sábado, en el campo de El Esparragal, en el término municipal de Puerto Lumbreras, un grupo de temporeros se encontraba trabajando a pleno sol. Las previsiones meteorológicas avisaban desde hacía días de lo dura que sería la jornada sabatina. Casi 44 grados y medio, la temperatura más alta del país, se registraron en los termómetros de la pedanía lorquina de Zarcilla de Ramos, a unos pocos kilómetros de allí. Con todo, los responsables de esa explotación agrícola optaron por no aplazar la faena, obligando a las cuadrillas a trabajar en las horas centrales del día.

Después de toda una mañana cortando sandías bajo un sol de justicia, con un calor abrasador y poca agua a su alcance, uno de los jornaleros comenzó a dar señales de indisposición y debilitamiento por efecto de la insolación. Los que deciden en el tajo optaron, no por llamar directamente al teléfono de Emergencias 112 sino por subirlo a una furgoneta y trasladarlo a las inmediaciones del centro de salud de Sutullena, en Lorca, en cuya puerta lo abandonaron, avisando ahora sí telefónicamente a los servicios sanitarios. La indumentaria del hombre denotaba a lo que se estaba dedicando laboralmente cuando le sobrevino el episodio. Cuando la ambulancia llegó, poco pudieron hacer los componentes de su equipo por rehabilitar a aquel hombre, de 42 años, nacionalidad nicaragüense y sin contrato ni papeles en regla en España, como más tarde confirmarían las autoridades correspondientes. En la mañana del domingo, la Guardia Civil detenía al responsable de este grupo de trabajadores, un hombre de origen ecuatoriano y de unos 50 años de edad, cuyo cometido es el de seleccionar temporeros pero que, en ningún caso, era el propietario de la finca. Este lunes quedaba en libertad tras declarar ante el juez por vídeoconferencia.

Quise saber más, a primera hora de este lunes me puse a ello, de ese desdichado jornalero que, en otras circunstancias, pasaría desapercibido entre tantos inmigrantes como trabajan en nuestros campos. Contacté con algunos exiliados nicaragüenses en España que me confirmaron que se trataba de Eleazar Blandón Herrera, de 42 años, natural del departamento de Jinotega, una región masacrada por las guerras históricamente en ese país. Casado, con su mujer embarazada y con varios hijos que allí quedaron, Eleazar llegó a España, vía Bilbao, el 20 de octubre del año pasado “huyendo del régimen sandinista y de la represión del dictador Daniel Ortega, según me aseguraron esas fuentes, por lo que había solicitado asilo político en nuestro país. Allí había participado en manifestaciones y protestas contra el Gobierno, por lo que recibió severas amenazas de advertencia sobre su seguridad y la de sus hijos. Vino hace unos tres meses a la Región de Murcia procedente de la vecina provincia de Almería, donde reside una hermana, de nombre Ana Patricia. Encontró trabajo en la agricultura, recolectando sandías de sol a sol, de 7 de la mañana a 6 de la tarde por unos 30 euros diarios y en función de la carga que suban a los camiones. Aún no tenía regularizada su situación legal de residencia, por lo que su relación contractual era precaria. Trabajaba en lo que hiciera falta con tal de sacarse un jornal con el que ir viviendo y enviar algo a los suyos. No lo tuvo fácil; y menos aún con el trato recibido por los jefes y alguno de sus compañeros de la cuadrilla, que solían mofarse de él. Lo suyo sí que fue un exilio duro y en directo, no como esos otros reales que resuenan en diferido. Ahora, repatriar su cuerpo no está al alcance económico de su familia, que ya ha pedido ayuda solidaria a través de las redes sociales. Y nunca en mis cuentas, sobre todo en Facebook, un post había tenido semejante repercusión como los que colgué sobre este lamentable asunto.

Que las generalizaciones son odiosas, ya lo sabemos; la totalidad de los empresarios agrícolas en esta Región no son unos explotadores insensatos e insensibles frente a la condición humana. Pero sí hay algunos de ellos que más bien parece que aún están instalados en la creencia de que aquí todavía uno se pueden regir por leyes esclavistas, como las que antaño estaban en vigor en los estados sureños de los Estados Unidos de América, allí donde Alex Haley situó su novela ‘Raíces’, demoledora y cruel historia del esclavo de origen africano al que todos llamaban Kunta Kinte.

Es evidente que este jornalero nicaragüense murió, según el parte médico, por efecto de un golpe de calor, provocado por un delito flagrante de sus jefes, que se saltaron los mínimos preceptos contenidos en las leyes de prevención y salud laboral. Una fuente consultada en la Inspección de Trabajo me reconoce que no tienen suficientes efectivos para controlar las cientos de explotaciones agrarias repartidas por la geografía regional, por lo que no es de extrañar que ocurran estas cosas. Y no, no es la primera vez que esto pasa, por lo que, de una vez por todas, la legislación, aunque fuera de oficio, debería caer con todas sus consecuencias sobre esos perfectos sinvergüenzas que consienten que, en pleno siglo XXI, existan seres humanos trabajando a casi 50 grados de temperatura a costa de sus propias vidas.

[eldiario.esMurcia 4-8-2020]

Cabinas en extinción

Uno de los mayores reconocimientos internacionales que recibió TVE en la década de los años setenta fue por un mediometraje que dirigió Antonio Mercero y que tituló ‘La cabina’ (1972). Fue escrito por él y por José Luis Garci, protagonizado por José Luis López Vázquez y obtuvo un premio Emmy al mejor telefilm internacional en 1973. La historia iba sobre un individuo que se quedaba encerrado en ese habitáculo cuando intentaba hacer una llamada telefónica. 

A lo largo de sus 37 minutos de duración, el personaje vive una progresiva situación de angustia, agobio y asfixia al no poder salir al exterior, tras bloquearse la puerta, desembocando en un contagioso terror psicológico. Varias personas que pasaban por allí intentarán ayudarle, pero no conseguirán sacarlo. Ni siquiera los bomberos, ya que cuando se personan en el lugar aparece un camión de la empresa instaladora que retira la cabina con el individuo aún en su interior. A continuación, la traslada a un sótano donde el hombre comprueba aterrorizado que, en él, hay otras muchas cabinas con personas momificadas dentro.

Aquella película impactó de tal forma en los españoles de la época -muchos no cerraban la puerta al entrar en una de ellas por temor a que les ocurriera lo mismo- que la compañía Telefónica se vio obligada a poner en marcha una operación para intentar ‘lavar su imagen’. Contrató al propio López Vázquez para que hiciera una serie de anuncios en televisión, mostrando el lado bueno de la empresa y promocionando las acciones bursátiles de la misma, que denominaron popularmente como las ‘matildes’.

La llegada de la telefonía móvil relegó a las cabinas a casi el ostracismo. Se calcula que hay todavía unas 15.000 repartidas por toda la geografía nacional. Telefónica quiere retirarlas por su baja rentabilidad. Las cifras, siempre frías, evidencian que la gente ya no las utiliza. Y que solo mantenerlas costó en 2019 unos 4 millones de euros. Lo cierto es que tendrían que haber desaparecido a finales de 2018, pero ese año se prorrogó la fecha de caducidad por decreto. El tema acabó en los tribunales y ahora el Supremo le ha dado la razón a la compañía, con lo que el contrato de mantenimiento queda en el aire, debiendo convocarse, en su caso, un concurso, circunstancia que parece bastante improbable.

Con la desaparición de las cabinas, muchos pueblos españoles dejarán de contar con un teléfono público para cualquier emergencia de uno de sus vecinos. Hay núcleos, incluso, que a día de hoy carecen de cobertura de la telefonía móvil, siendo su población de edad elevada. No tenemos médico, no tenemos cura, no tenemos banco. Si nos quitan la cabina, ¿qué nos queda?”, acertó a responder una lugareña de una de esas poblaciones a la reportera que le pidió su opinión al respecto.

Somos pocos los que, cumpliendo más de cinco décadas, no guardamos recuerdos entrañables de aquellas cabinas grises y acristaladas, desde las que llamábamos a nuestros seres más queridos -y otros no tan queridos-. Primero funcionaron con fichas, luego con monedas y acabaron haciéndolo con tarjetas. Las cabinas, que te conectaban con el mundo exterior como ahora lo hacen los móviles que llevamos como un pañuelo en el bolsillo. Aunque, como escribiera Pavese, de todo aquello ya no recordemos los días y sí, apenas, unos lejanos momentos.

[‘La Verdad’ de Murcia. 3-8-2020]

Ni mejores ni peores

Hay gente que tendría que comprender, de una vez por todas, que los verdaderos delincuentes no vienen a nuestro país en patera, sino en clase business y por aerotransporte. Parece que algunos estaban tardando demasiado tiempo, por ejemplo, en culpabilizar a los inmigrantes de la expansión del coronavirus en nuestro país. Y ya, por fin, da la impresión de que hallaron el origen de los brotes y rebrotes por doquier. La cicatera actitud de los representantes del Gobierno central y regional sobre qué hacer, dónde y cómo alojar a estas personas, tampoco ha ayudado mucho a solventar la situación de la llegada en tropel de inmigrantes y poner orden y concierto a la hora de recepcionarlos. La alarma creada por el contagio de la COVID-19 en algunos y la fuga de un centenar de ellos esta misma semana de las instalaciones del puerto de Escombreras, eludiendo la cuarentena, es lo mínimo que podía ocurrir cuando apenas una docena de agentes policiales se ocupaba de la custodia de más de 300 de esos inmigrantes.

Todos los veranos llegan pateras a nuestras costas. Y, ciertamente, son auténticas mafias las que transportan a estos hombres y mujeres que huyen de la miseria desde sus países de origen. Todos tendríamos que tener claro que nadie abandona su casa por voluntad propia. Bastante drama soporta esta gente ya de por sí en su mente y en su cuerpo. La guerra, la hambruna, la pobreza, suelen estar detrás de estos éxodos, lo que se traduce en la falta absoluta de perspectiva de futuro en sus lugares originarios. 

Quienes se han ocupado de forma torticera, a lo largo de todos estos años, de entrelazar y relacionar inmigración con delincuencia sabrán que, siempre, en el pecado llevarán la penitencia. Todos conocemos ejemplos de inmigrantes que son tan trabajadores y honrados como los demás, gentes que un día llegaron a nuestro país buscando el horizonte que en el suyo no encontraban o simplemente se les negaba.

El futbolista Iñaki Williams, delantero del Athletic Club, contó hace meses, visiblemente emocionado durante una entrevista, la tremenda odisea que sus padres vivieron y sufrieron para llegar a España, cruzando África desde su Ghana natal, haciendo frente a mil contratiempos, pasando hambre y sed, esquivando ladrones y asesinos, sorteando la muerte en más de una ocasión. Su madre estaba embarazada de él y, aún así, tuvo arrestos para jugarse el pellejo por buscarle un futuro mejor a su vástago. Llegaron por ese sur que siempre existió, subieron al norte, hasta Bilbao, y luego recalaron en Navarra, donde hallaron trabajo y comenzaron a ver la luz al final del túnel.

Ya en la Antigua Grecia, se utilizaba la misma palabra para definir al huésped o al invitado que al extranjero: xénos. El escritor alemán y Nobel de Literatura, Günter Grass, siempre sostuvo que Europa no debería tener tanto miedo a la inmigración porque las grandes culturas, concluía, surgieron del mestizaje. En una entrevista publicada en 2007, el autor de ‘El tambor de hojalata’ puso como ejemplo la novela picaresca, que aseguró tanto le inspiraba, y la influencia de la cultura morisca en España.

Sorprenderá a muchos que la cifra de peticiones de asilo o protección que formulan los inmigrantes en nuestro país no vaya más allá del 5%, en tanto la media europea es del 30%, según los datos cotejados por la oficina estadística de la UE. Y que, aunque cueste creerlo, la población extranjera en España no supera el 10% del total de sus habitantes.

Parece pues que el problema nuclear no es tanto de inmigración sino más bien de educación, por lo que habrá que insistir en que ser distinto no nos hace mejores ni peores a los unos de los otros. Aunque haya quien se abone por sistema a la tesis de criminalizar al diferente ante la falta de otros argumentos que esgrimir frente a lo que se ignora. Y porque cada logro en la vida siempre comenzó con la decisión de intentarlo.

[eldiario.esMurcia 31-7-2020]

¿Quién dijo que el calor mataría al virus?

Hace meses nos vendieron, como tantas otras cosas, que la llegada del calor reduciría ostensiblemente la propagación del coronavirus. En buena parte de España -y también en nuestra Región-, ya estamos comprobando estos días tan asfixiantes que no está siendo así. Sin embargo, sí que hubo expertos a nivel internacional que negaron esta teoría desde el principio. Es el caso de Marc Lipsitch, profesor de Epidemiología, quien publicó en la web de la Universidad de Harvard este revelador artículo en el que analizaba si este virus desaparecería con un tiempo atmosférico más cálido: “Tenemos razones para esperar que, al igual que como otros betacoronavirus, pueda transmitirse de manera algo más eficiente en invierno que en verano, aunque no conocemos el mecanismo o mecanismos responsables. Se espera que el tamaño del cambio sea modesto, y no lo suficiente como para detener la transmisión por sí solo”, argumentaba este experto estadounidense. Y añadía que “el cambio de estación puede ayudar, pero es poco probable que detenga la transmisión”.

Los brotes que hoy salpican nuestro país ponen en evidencia que el coronavirus sigue vivo y coleando en pleno verano, con temperaturas que superan los 30 grados en muchos puntos geográficos. Y que solo se le combate con prevención y profilaxis. La irresponsabilidad que algunos exhiben -en especial, una parte de la población más joven- no es ejemplo de valentía, sino más bien de insolidaridad con el resto. Y en especial con nuestros mayores, los grandes damnificados de esta pandemia tan letal. Si nos vendieron que el verano nos daría una tregua en la lucha contra el coronavirus, no queremos pensar lo que pudiera suponer la llegada del otoño, con el lógico descenso de las temperaturas. Por eso, cuanto mejor preparados nos enfrentemos a esos meses, más cualificada estará nuestra sociedad -y, sobre todo, nuestros sanitarios- para afrontar ese nuevo y duro combate.