Michael Jackson: el último espectáculo

Cuesta imaginar el difícil trance de unos niños, apenas adolescentes, entrando en el dormitorio de su padre y contemplando la imagen de éste, moribundo en su cama. “¡Papi, papi!”, dicen que le gritaban impotentes. Todo esto se ha sabido en el truculento juicio que por la muerte de Michael Jackson se sigue contra su médico personal, Conrad Murray, en Los Ángeles. Las estrellas tienen eso y mucho más: médico personal, consejero legal personal, asistente personal, entrenador personal…

Del rey del pop se ha dicho todo. Para bien y para mal. Sin embargo, lo que se deja meridianamente claro es que no debió de ser un mal padre. Celoso protector de la intimidad de sus hijos, Jackson los mantenía en su regazo con ese misterio que envolvió su existir en los últimos años. Y ello, a pesar de que se pueda reconocer que no fuera la suya la mejor forma de educar a unos niños.

La vista por su muerte está teniendo todos los aditivos para alimentar el morbo. Desde la reprobable foto, inerte en una camilla, aportada por el fiscal, a las grabaciones sobre cómo se expresaba a consecuencia de la ingestión de drogas. Su voz resultaba apenas perceptible y mucho menos comprensible. Su expresión, delirante.

Algunos periódicos se resistieron a publicar esa impactante foto en sus portadas. Otros, sin embargo, no tuvieron escrúpulos en hacerlo. Al fin y al cabo, se dirán, lo importante es vender. Al precio que sea y cueste lo que cueste, tal y como se ha encargado de enseñarnos el octogenario magnate Rupert Murdoch.

Poco o nada justifica que se destruya la imagen de un mito. Eso, al menos, entenderá su legión de fans repartida por todo el mundo. Jackson quizá no fue un santo. Tampoco un demonio. Pero verter mierda sobre su cadáver dice bien poco de sus semejantes. Quizá los mismos que tiempo atrás le jaleaban.

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El mulato Friedenreich, goleador de ojos verdes

Que el fútbol es una pasión a la que muy difícil resulta resistirse, queda más que patente en una soberbia escena con la que en la galardonada película de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, se intenta explicar la pista que llevará a localizar al sospechoso. Harto complicado será para quien no participe de esa suerte de religión entender los motivos por los que tal deporte nos hace vibrar en pos de unos colores, sintiéndolos como nuestros, como algo intrínsecamente unido, quizás, a nuestros propios corazones.

Pero el fútbol no son sólo once pares de botas en busca de un balón; ni siquiera el mercado persa en el que se ha convertido en los últimos tiempos, soslayando lo que de deporte tiene para entrar de lleno en un pingüe negocio para algunos avezados ingenieros financieros. El fútbol puede ser poesía o ballet, según los casos. No había más que ver a Pelé o Maradona sobre una cancha o a Zinedine Zidane para contemplar lo uno y lo otro.

Pero ese deporte entraña también historias legendarias como la de Arthur Friedenreich. Para las jóvenes generaciones, éste resultará un nombre absolutamente desconocido, si bien en su patria, Brasil, -sinónimo de fútbol siempre-, pocos dudan de su identidad. Sepa el lector que se trata de uno de los más grandes jugadores que haya dado la historia del balompié. Nacido en Sao Paulo, Friedenreich, con ese apellido, no podía ser más que hijo de alemán y brasileña. Era mulato y sus ojos verdes destacaban en un rostro tan límpido cual desafiante.

A empujones tuvo que abrirse paso en el Brasil de comienzos del siglo XX para llegar a ser el enorme goleador en el que se convirtió. Ser negro o mulato en aquel entonces resultaba prohibitivo para alinearse, al ser el fútbol una disciplina excluyente y con profundas connotaciones racistas. Arthur no sólo aguantó como un coloso los desprecios públicos, sino también las entradas a las que lo sometían los rivales en los terrenos de juego. Y se hizo grande. Tanto, que en una gira por Europa en 1925 la prensa lo llamó deslumbrada ‘rey de reyes’, cuando O Rei, Edson Arantes do Nascimento, aún no había nacido, pues lo haría 15 años después.

Pero Friedenreich no sólo pasaría a la posteridad por la impresionante estadística de sus goles (1.239 en 1.329 partidos, según su amigo, paisano y coetáneo, el poeta Mario de Andrade); lo haría también por ser el autor de algo que hoy vemos de lo más normal en un partido: lanzar la pelota con un efecto especial, describiendo una curva. Aquello asombró tanto que incluso motivó tratados de Física al respecto.

Sin embargo, nuestro ídolo, que nunca cobró por jugar, se vio privado de poder disputar algo que a él le hubiera motivado especialmente: un campeonato mundial. Aunque Arthur se retiró a los 43 años en el Flamengo, la celebración de los Mundiales no comenzaría hasta 1930 y, por razones obvias, ya no era su momento. Murió en 1969, a los 77 años. Ese día, El Tigre, como le apodaron los que tanto lo admiraron, daría su último zarpazo.

Encauzando extremismos

No parece sentarle bien a algunos que determinados próceres de nuestro país entierren el hacha de guerra y, lo que es más, fumen la pipa de la paz con el adversario. El componente cainita está tan a flor de piel aún, cuando han pasado tantos años desde que hermanos contra hermanos se descerrajaran en un carrusel infernal en pueblos y ciudades de la piel de toro. El incivismo de una contienda se propagó con el tiempo como un temible reguero de pólvora y, lo que es peor, algunos odios serían inoculados a las generaciones postreras que nada tuvieron que ver en toda aquella barbarie.

Un hombre de la izquierda española se ha atrevido a dirigir una carta a otro de la derecha nacional que, tras larga ejecutoria, anuncia su retirada definitiva rondando los 90 años de edad. Parecería merecida la lisonja en cualquier otro país del mundo civilizado, de no ser porque aquí cueste tanto reconocer méritos al semejante. Y más, al que no piensa como tú.

José Bono es un socialista atípico. Manuel Fraga Iribarne, un animal político. “Siempre te he visto como un gran español y un patriota de bien”, le escribe sin tapujos el primero al segundo. En la misiva, el todavía presidente del Congreso reconoce al viejo patrón de la derecha su colaboración para la llegada de la democracia a nuestro país así como para que “los extremismos se encauzaran en medida muy relevante”. Y éste último es uno de los mayores méritos del expresidente de la Xunta de Galicia. Que España no sea hoy pasto de los Anglada se debe en gran medida a la labor de quien edificó un partido abierto a cuantas sensibilidades cupieran, encauzadas siempre bajo la égida democrática.

Nadie dudará a estas alturas que el PP sea a día de hoy una formación perfectamente equiparable a sus homólogos europeos. De aquellos siete magníficos, con los que iniciara su particular travesía del desierto mediada la década de los setenta, apenas queda él, con su salud mermada mas con la mente aún despierta. Si a otros se les condonaron las deudas de sangre del 36 por su incuestionable contribución a que no fuéramos más una excepción en el viejo continente, justo será reconocer al político gallego al menos alguno de los méritos que ahora alguien se ha atrevido a poner por escrito, con el membrete de una de las más altas instituciones del Estado.