La camiseta (y las medias) de Arconada

 

Anoche la gente tenía ganas de echarse a la calle a festejar algo. ¡Y vaya que si había algo que celebrar! Habían pasado 44 años de la última alegría de la selección española de fútbol, aquella final de la Copa de Europa en el Bernabéu, con la bandera soviética de la hoz y el martillo ondeando al aire madrileño y Franco en el palco del estadio. Nadie se acordó ayer de esos héroes del 64 y éstos no tuvieron cabida en el protocolo austriaco. Sí lo tuvo en cambio Luis Miguel Arconada, aquel bravo portero vasco que la pifió en el 84 ante la Francia de Platini, quien nos ajustició de golpe franco que el arquero de la Real se tragó con estrépito. Palop, tercer portero del combinado nacional, quiso anoche homenajearle. Y subió a recoger su medalla al palco con la camiseta que Arconada vistió aquel fatídico día. Se la mostró a Michel Platini, porque los caprichos del destino quisieron que fuera quien entregase los trofeos como presidente de la UEFA, y el francés casi se disculpa.

España, como si de un paseo militar se tratara, pasó por la Eurocopa 2008 como una exhalación. Fue un equipo muy superior al resto y, como esta vez sí que la suerte no nos resultó esquiva, hoy sus jugadores traerán la Copa tan ansiada a través del aeropuerto de Barajas.

Anoche, cuando me disponía a intentar conciliar el sueño y los gritos, la música y las bocinas de los coches me lo impedían, pensé si esa misma situación de frenesí se estaría viviendo en los pueblos del interior de Cataluña o del País Vasco. Y me acordé de la que se lió con las medias blancas de Arconada, que decían que se las ponía para eludir la bandera española que llevaban las del uniforme oficial. Yo nunca me lo creí del todo.

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Tres años ya

 

Un 29 de junio, tal fecha como la de hoy, pero de hace tres años, publiqué mi primer post en mi primer blog. Descubrí entonces el tremendo poder de la Red y sus posibilidades de difusión. Desde ese día soy un bloguero militante y mis amigos, que me van descubriendo en oleadas, aún me animan más a seguir en el empeño.

Los blogs me han ayudado a ejercitarme casi diariamente en la disciplina espartana que es la escritura. Sólo esa continuidad que me proporcionaba esa especie de sacerdocio en mis lejanos años de corresponsal de prensa en mi pueblo. Hoy traigo aquí aquel primer post, quizá un tanto intrascendente, pero que yo colgué con ilusión y como arranque de un proceso que me ha conducido hasta hoy. Y agradecido a todos de antemano por la lectura.

 

[29-06-2005] 

Tragarse un sapo

Una señora viaja en el tren Talgo que cubre el trayecto Montpellier-Cartagena. Al llegar a Valencia baja parte del pasaje que viaja en su mismo coche. Cuando se dispone a coger sus dos maletas para descender en Xátiva observa, sorprendida, que no están en el estante dispuesto en la parte de entrada al vagón. Otro pasajero le asegura haber visto bajar del tren a otra mujer con sus bultos. La supuesta afrentada no da crédito, asegurando que llevaba cosas de alto precio en su equipaje. Empieza a maldecir a la supuesta ladrona. Arranca el tren. Va la señora en busca del revisor o de alguien de seguridad del Talgo. Vuelve con un hombre uniformado. Éste, a través de un teléfono móvil, contacta con un compañero de la estación de Valencia.
Hay aquí dos señoras mayores que se lamentan de haber cambiado involuntariamente su equipaje con otras dos maletas que no son suyas, le dice el ferroviario desde la terminal valenciana.
El revisor del Talgo se lo explica a la agraviada. Parece que ésta lo entiende. Le ofrece intercambiar las maletas en Xátiva enviándoselas en un mercancías. Bueno, piensa ella. Y, ante la mirada de los demás ocupantes del coche, se traga el sapo.

Sobre la integración

 

Lo que más me impactó anoche, cuando regresaba de ver por televisión el intenso partido España-Rusia, no fue tanto el machacón ruido que emitían los pitos que accionaban los automovilistas, en señal de victoria; ni siquiera el frenesí que parecía embriagar a la gente tras el contundente 3-0 que certificaba el paso de nuestra selección a una final 24 años después.

De aquella otra final, la de 1984, apenas recuerdo el increíble gol que se tragó Arconada, aquel portero de la Real Sociedad que tanto nos gustaba y al que tanto admirábamos. De la que España ganó en 1964, sólo lo que me han transmitido el No-Do y el testimonio de mi padre, presente aquel día en el Santiago Bernabéu.

Pero vuelvo al principio. Lo que más me llamó la atención anoche fue ver en un balcón a unos niños magrebíes, de apenas 7 u 8 años calculo yo, lanzar gritos de ¡España, España!, nada más concluir el partido. Eso es integración, pensé. Que estos hijos de la inmigración se identifiquen con los colores del país que les acoge es un primer paso. El siguiente será cuando uno de ellos, quizá algún día, se enfunde la camiseta nacional, como en la vecina Francia hizo un día un argelino que jugaba al fútbol con movimientos más propios de Rudolf Nureyev que de un futbolista. Ése hombre era y es Zinedine Zidane, un pied noir del balón que tanto nos encandilaba con su fascinante forma de jugar en el campo.

Diario de un prodigio (XXXI)

 

Agobiado y algo extenuado, abrí el ordenador y me dispuse a bucear en la Red. Buscaba un lugar donde guarecerme. De pronto hallé una casa junto a una cala en un pueblo del litoral. No tenía mal aspecto. Las fotos del anuncio dejaban asomarse el mar a través de unos ventanales de madera ubicados en el salón. Era, en apariencia, una morada modesta, sencilla y confortable, muy aparente para pasar unos días de asueto y quien sabe si de meditación incluso. Pero, quizá, no era eso lo que andábamos buscando.

Luego localicé otra vivienda más moderna, bien amueblada y de amplia terraza. Aparentaba buenas vistas aunque no diera al mar, precisamente. Contacté con sus propietarios y me pareció módico el precio por el que me la alquilaban por espacio de un par de semanas. Me dijeron que la casa contenía cuantos enseres precisáramos para sobrevivir en esos 15 días y que, a no más de un par de minutos, un hipermercado nos suministraría el alimento material que el estómago necesitara.

No sé si para celebrarlo, nos marchamos ese mismo día a una marisquería a engullir con delectación unas sugerentes quisquillas, unos berberechos de impresión y un arroz con bogavante que regamos con un Rioja a su debida temperatura y como Dios manda. Luego, la siesta nos sumió en un letargo del que sólo nos repondríamos unas cuatro horas después. Ya era de noche, hacía bochorno en el ambiente y cenamos fruta. Una niña andaluza cantaba con destreza en la tele una copla desgarrada. Un pollo bohemio contó a un loco que un día se cayó por las escaleras de su casa tras cogerse una cogorza de impresión. Entrada la medianoche, nos fuimos a dormir sin remisión. Una jornada feliz, pensé. Lo hice con la misma sensación con la que leo lo que escribiera al respecto Antonio Gala: La felicidad es darse cuenta de que nada es demasiado importante”. Eso mismo.

Esperando a J. Lo

 

Should´ve never / Jennifer Lopez

Sostienen algunos reputados cinéfilos que al Séptimo Arte lo engrandece más un actor o actriz que dan vida a un personaje perdedor que los que se la dan a los ganadores. A Jennifer Lopez se le dan bien en el cine esos papeles de mujer perdedora. Es el caso de la Jean Gilkyson, una madre víctima del maltrato conyugal, en Una vida por delante, donde comparte protagonismo con dos colosos de la pantalla como Robert Redford y Morgan Freeman, o de la Paulina, la profesora de baile a la que da vida en ¿Bailamos? junto al siempre estiloso Richard Gere. También la Marisa Ventura, aquella cenicienta-limpiadora de hotel de lujo de la que se prenda Ralph Fiennes en Sucedió en Manhattan. Por esta última película la llegaron a calificar como la Pretty Woman latina.

J. Lo está de gira por España con su marido, Marc Anthony. A la pareja la acompañan sus dos gemelos, a los que la madre ha dado a luz no hace mucho. La otra noche, en Las Palmas de Gran Canaria, ambos se metieron al público en el bolsillo coincidiendo con el triunfo de la selección española de fútbol contra Italia, en la Eurocopa. El viernes recalarán en Murcia, donde él ofrecerá un concierto conmemorativo del centenario del equipo local, festejado en este 2008 con el sonoro descenso a la Segunda División. Como en Canarias, muchos esperan la irrupción en el escenario, siempre tan radiante, de J. Lo, alguien en quien se da el paradigma con el que Ibsen definió en cierta ocasión la belleza: un acuerdo perfecto entre el contenido y la forma.