Las aulas salvajes

Cuando un ingeniero negro y en paro como Mark Thackeray llegó a un colegio de los suburbios de Londres para intentar enderezar a un grupo de alumnos conflictivos, se dio de bruces con la máxima de que la educación ya era una desventaja en aquellos días. En Rebelión en las aulas, protagonizada por Sidney Poitier hace más de medio siglo, se evidenciaba la dureza del mundo docente. En nuestro país, un reciente informe del sindicato CSIF acaba de incidir en ello. Encuestados unos dos mil profesores, un demoledor 90 por ciento asegura que convive a diario con situaciones de violencia en sus centros de Primaria y Secundaria. Y lo que es peor: no saben cómo atajarlas.

La progresiva pérdida de autoridad del profesorado se ha incrementado notablemente en los últimos años. Si durante el franquismo un maestro era alguien equiparable a un capitán de Infantería, un guardia civil o un policía armada, en cuanto a lo que su figura imponía a nuestros ojos, la Transición fue desdibujando esa imagen que, por supuesto, no era la más apropiada para todo educador que se precie.

Recuerdo una infame escena en el colegio público de mi pueblo. Un maestro castigó a un compañero por su mal comportamiento, aunque nada que ver con lo de ahora. Incluso le soltó un par de bofetones. Esa misma tarde acudió a clase su padre, a requerimiento del profesor. Tras escuchar los argumentos que habían llevado al maestro a tomar tan drástica determinación, el padre le respondió: “Usted, si tiene que utilizar la palmeta con mi hijo, hágalo sin miramientos. Que luego, cuando vaya a mi casa, ya lo arreglaré yo”. Siempre que rememoro esto, me parece una auténtica salvajada. Al fin y al cabo, mi compañero era un charlatán y poco más. Y tampoco esa era forma de tratar a chavales de 8 o 9 años de edad.

Tiempo después de abandonar el instituto, me encontré al que había sido uno de mis profesores, hombre metódico, amante de su asignatura y muy profesional. Le pregunté cómo iban las cosas y, con desgana a raudales, me reconoció que estaba deseando jubilarse. “Aquello ya no es lo que era”, me dijo con evidente desilusión. “Figúrate que, el otro día, había un chaval sentado en el suelo, en la puerta de clase, oyendo música con unos auriculares. Le pedí que se apartase para entrar y no me hizo ni caso. Tuve que sortearlo, saltando por encima para acceder al aula”, me confesó apesadumbrado. Me acordé de mis años de Bachillerato, cuando él entraba a clase y, al menos, sus alumnos, ya no digo que nos pusiéramos en pie, algo que ya no se estilaba, pero guardábamos silencio por el respeto que, sin duda, aquel hombre nos merecía.

Ahora los profesores se quejan de recortes en personal, del incremento de la ratio de alumnos por clase o del horario lectivo, así como del déficit en las plantillas de apoyo y refuerzo. Todo produce una mezcolanza de la que la educación sale muy mal parada y para lo que, en ocasiones, los padres ayudan más bien poco. Como le leí una vez a Maruja Torres, el buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior. Si los profesores se desmotivan, si acudir cada día a su aula se convierte poco menos que en un castigo bíblico, poca esperanza nos quedará a los que habitamos este país de que las generaciones venideras se labren ese futuro, siempre oculto detrás de los hombres que lo hacen.

[‘La Verdad’ de Murcia. 16-1-2018]

 

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