Conferencias

PRESENTACIÓN  NOVELA COSTUMBRISTA

Jueves, 27-10-2011

 

Buenas noches. Quisiera agradecer, en primer lugar, a los organizadores de este acto la deferencia que han tenido a la hora de contar conmigo para presentar el libro que hoy tendrán en sus manos.

De mí p’a ti y p’a que no s’olvide ha sido definido por su propio autor como una novela de costumbres murcianas. Y es que, si de algo podemos presumir los murcianos, es de tener costumbres. Esa es la pura verdad.

El Juanito, protagonista de la novela, de apenas una decena de años, deduzco que tiene un elevado componente del propio autor, Juan Vivancos Antón. Sus vivencias, vistas a los ojos a veces de la sorpresa y la incredulidad, son las mismas que todos hemos tenido alguna vez a lo largo de nuestras vidas. Vivir para contarlo, que decía Gabriel García Márquez. Como él y yo somos de la misma generación, diré que todos hemos tenido alguna vez esa libreta de dos rayas que le compraron a Juanito en un estanco y ése lápiz con mina de carboncillo y goma en el extremo. Y con ello, soñamos un día, como hace el protagonista, con ser escritor. Y leímos también los tebeos del Capitán Trueno y el Jabato. Incluso los de Pumby.

Leyendo este libro, me he reconciliado con muchas palabras y frases de mi niñez, aquellas que, transmitidas oralmente, permanecen instaladas en una parte del cerebro hasta que alguien, como por arte de magia, la activa y rebrotan.

La novela que hoy presentamos es un sentido homenaje a Cabezo de Torres, esa pedanía con perráneo de la que Juan Vivancos es merecido cronista y, a partir de mañana, también vecino ilustre. Bueno, a la pedanía y lo que es más importante: a sus gentes.

El periodo que abarca esta obra es especialmente significativo. Las décadas de los años 50, 60 y 70 del pasado siglo constituyeron para los españoles un punto de inflexión entre la dura posguerra y el advenimiento democrático. Fue en esos años cuando, nos cuentan, pasamos de la alpargata al Seat 600 y, como detalla el propio Juanito, a la luz de 125 que ‘funciona cuando viene’ pues, a veces, ‘se va y vuelve’.

Me llama la atención la capacidad descriptiva del autor. Casi con memoria fotográfica, nos detalla todos y cada uno de los rincones donde se localiza cada pasaje. Y eso es de agradecer, ya que nos refresca la memoria de cosas, enseres y utensilios, algunos de los cuales, ya teníamos olvidados.

Y los apodos. Para los que somos de pueblo, el apodo es algo intrínseco. Bien es cierto que los hay más o menos bonitos, pero es evidente que constituyen el sello identificativo de familias enteras. Juan Vivancos se ocupa de detallarnos una retahíla de ellos, algunos, ciertamente celebrados.

Me llamó la atención también la referencia que el autor hace de otro cronista, tristemente desaparecido: Carlos Valcárcel. Fue, sin duda, uno de los personajes más genuinos que ha dado esta tierra. Y eso se contrasta en lo que Vivancos describe, cuando habla de la intensidad con la que don Carlos y su familia vivían en el Cabezo una matanza, una boda o un bautizo.

Es en el capítulo dedicado al riego, donde el autor hace referencia a la cansera del huertano, y ello me retrotrae a otro embajador de nuestra peculiar habla como fue el poeta de Archena, Vicente Medina.

¿Y cómo no hablar de máscaras y carnaval si nos referimos a Cabezo de Torres? Y un obligado recuerdo para el malogrado Pepe el Mislám.

Y el cine. Cuenta dos divertidas anécdotas Vivancos al respecto.  Una, la de un tío suyo que salió corriendo de la sala cinematográfica al ver como desde la pantalla se le abalanzaban los indios a caballo, mientras perseguían a Jon Vaine y otra, la de un espectador que, disconforme con que el malo abusara de la guapa, le pegó un tiro a la pantalla dejando una enorme tronera.

Y la radio. Comprenderán que para alguien que comenzó su andadura profesional en ese apasionante medio, las referencias sean de agradecer. El consultorio de Elena Francis o los seriales de Guillermo Sautier Casaseca en la voz, entre otras, de Matilde Conesa, nunca se podrán borrar de nuestras mentes.

Y concluyo, a fin de no cansarles demasiado. La novela que hoy traemos aquí es una parte consustancial de todos y cada uno de nosotros. Leyéndola refrescaremos la memoria de episodios pretéritos de nuestros días, cuando las cosas parecían más livianas y el peso de las responsabilidades de la adultez no nos provocaba tanto vértigo. Juan Vivancos Antón ha sabido tocar la fibra sensible, horadando en el corazón de la gente, de sus costumbres, sus vidas y haciendas.  Con sencillez descriptiva y, a ratos, con asombro infantil. Como el del gesto que muestra ese niño en la fotografía de la portada de la novela que, no sé yo, si es también obra de arte del retratista de turno, al que también se rende homenaje en esta entrañable publicación. Muchas gracias por su paciencia al escucharme y buenas noches.

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PRESENTACIÓN DEL PREGONERO DE LAS FIESTAS DE ALGUAZAS 2010, ÁNGEL MARTÍNEZ, PTE. TERRITORIAL DE CAM

30 de mayo de 2010

Buenas tardes, señoras y señores:

Es siempre un placer dirigirme a este auditorio, el de mis paisanos, porque sé que tendré vuestro beneplácito ante cualquier contratiempo que me pueda surgir.

Y quiero agradecer la oportunidad que me brindan de abrir este acto singular, el del pregón festero, al que se pretende dotar de institucionalidad, separándolo de la elección de reina y damas que tendrá lugar, Dios mediante, el próximo fin de semana.

Estoy hoy aquí para presentar al pregonero de estas fiestas en honor a San Onofre y San Antonio 2010, que no es otro que Ángel Martínez.

Ángel es amigo, lo que ya advierto de antemano para que nadie se llame a engaño y sepa que cuanto pueda yo decir de él siempre me lo dictará más ese músculo que dicen nos da la vida –el corazón– que el cerebro que nos ordena desde la cabeza.

No voy a glosar aquí los muchos méritos, que los tiene, de este murciano de Casillas, alguien que lleva a gala sus orígenes y que nunca renunciara a ellos. Porque, aunque suene a tópico, Ángel es amigo de sus amigos.

Miren ustedes. Cuando Ángel toca a rebato por alguna circunstancia, los periodistas solemos acudir a su vera sin mayor resistencia. Es normal. Y lo es porque, tanto cuando ha ostentado cargos como cuando no, Ángel ha sido la misma persona en su trato con nosotros, y presidiendo una entidad o sin presidirla, ha tenido la gentileza de convocarnos anualmente a su pueblo para, sin más ceremonias que las que dicta la sana y leal amistad, compartir unas sensacionales migas en un restaurante de su querida pedanía.

Pero quizá lo que yo más admire de él no sea esto, que también tiene su mérito. Aparte de su magnífica cabellera –con su flequillo tan característico– y por la que parecen no pasar los años, y de la afición que ambos compartimos por los magníficos habanos, lo que más me llamó siempre la atención de él, y mira que nos conocemos tiempo ya, es su constante afán por saber, por informarse, por entender y escrutar eso que para otros es un mundo harto complicado y hoy no menos intrincado: el de la economía.

Porque Ángel ha escrito varios libros desde la profunda reflexión sobre cuanto atañe a las cifras, tantos por ciento y variables que circundan el truculento, a veces, mundo económico y financiero.

Se diría, y así recuerdo haberlo leído en alguna de las muchas entrevistas que en prensa se le han hecho a lo largo de estos años, que es lo que los anglosajones llaman self made man, es decir, un hombre hecho a sí mismo que merced a su coraje y pundonor ha logrado llegar a donde lo ha hecho y a ser, por ejemplo, profesor honorario de la Universidad Politécnica de Cartagena, de la Universidad de Murcia y de la Universidad Católica San Antonio.

Ángel fue un pionero de eso que luego se ha dado en llamar emprendedor. Un trabajador nato para el que el día debiera tener no 24 sino 27 horas –o más– a decir de sus más directos colaboradores. Se trata de alguien incansable cuando de sacar adelante un proyecto se trata. Así ocurrió cuando presidió la FREMM o cuando estuvo al frente de la Cámara de Comercio de Murcia.

Ahora, como todos saben, de un tiempo a esta parte es presidente territorial de Caja Mediterráneo, la CAM. Y el ritmo frenético continúa, y se multiplica por aquí y por allá, y firma convenios, presenta exposiciones o ciclos de conferencias, hace labor de despacho, reuniones, consejos de administración… y asiste a fusiones frías. De ese ritmo sabe mucho mi entrañable Antonio Rubira, que es su fiel escudero en ese largo caminar que, por cierto y si no recuerdo mal, fue el título de uno de los libros escritos por Ángel.

Mi querido amigo: sé, y por eso se lo digo a mis paisanos, que eres alguien que va pisando con los pies en la tierra aunque te lustres con la púrpura de los cargos. Por eso te digo que en Alguazas se te quiere, porque se recuerda cómo eras cuando muchos años atrás viniste por aquí emprendiendo negocios. Ese será, sin duda, tu mejor premio. Que la gente buena, llana y franca de mi pueblo, te vea un día en la televisión o en los periódicos y digan: esa es una buena persona. Con eso, convendrás conmigo, uno se da por más que satisfecho.

Foto: Federico San Nicolás

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PRESENTACIÓN DEL DOCUMENTAL ‘ENTRE DOS RÍOS’


Alguazas, 18 de marzo de 2010

La primera vez que José María Asís acudió a mí para hablarme de su proyecto, confieso que pensé que era un tarado. Sabía de él, claro, de su empuje con la tropa romana y poco más. Descubrí que José María quería contar conmigo fuese como fuese. Me llegó a decir, él lo recordará, como si de un Florentino Pérez se tratara fichando a un galáctico, que necesitaba de mi concurso para su proyecto “costara lo que costara”. Tuve que convencerle de que mi tiempo era escaso para lo que él pretendía y le recomendé que buscara a otra persona, como así hizo. Pudo entonces el bueno de José María haberme mandado a tomar viento. Pero, como podrán comprobar, no lo hizo. No sólo no lo hizo, sino que me gratificó proponiéndome que presentara su obra hoy, aquí, ante ustedes.

Me estoy remontando en el tiempo a bastantes meses atrás. Creo que cuando esto ocurrió, aún no estaba en pleno apogeo eso que primero algunos llamaron desaceleración, luego recesión, para acabar denominándola con la palabra exacta: la crisis económica.

La maldita crisis cogió de lleno al proyecto de ‘Entre dos ríos’ (nombre que sugerí al autor) por lo que su finalización se fue dilatando en el tiempo. Me consta que José María ha recorrido numerosas casas, despachos e instancias, para recabar el dispendio necesario para sufragar tan soñada idea. Aprovecharé, en nombre del autor (si él me lo permite) para agradecer a cuantos han colaborado económicamente con el proyecto su completa y abierta disposición.

Y, por fin, ya está aquí ‘Entre dos ríos’. Son más de tres horas de vídeo, con la locución de Ángel Alegría, y con las que José María nos lega para la posteridad un documento altamente valioso.

Y es que Alguazas, sépanlo ustedes, no tiene tanto fondo gráfico como debiera, y me refiero en viejo formato de cine como en televisión.

Pondré un ejemplo: a finales de los años 60, el segundo canal de TVE, lo que entonces era conocida como la UHF, emitió un documental de aproximadamente una media hora de duración, en blanco y negro, sobre nuestra localidad. Como aquella cadena no se veía en todas las zonas del pueblo, recuerdo que esa noche nos fuimos desde mi casa, en la calle de las Escuelas, hasta la de mi tío Manolo, que vivía en la calle Mayor, y donde sí se sintonizaba la UHF. Les puedo asegurar que he intentado por todos los medios humanos hacerme con él desde que trabajo en televisión pero, para desgracia de todos, aquel programa que pertenecía a una serie fue borrado en su día en una limpieza de cintas de archivo que se realizó en los estudios de TVE en Cataluña, desde donde se emitió en su día. Qué mala suerte la nuestra. Hoy sería poco menos que una reliquia conservar aquel material.

Pero volvamos al presente porque en el denso documental ‘Entre dos ríos’ su autor nos ofrece la visión de los monumentos locales, como la iglesia de San Onofre o la Torre Vieja, pasando por la Semana Santa, con la magnífica recuperación de una artesanal película que se rodó allá por el año 1976, las bandas de tambores y cornetas, la tropa romana, los tronos y las cofradías… En el documental que hoy presentamos se habla de la historia y también de las costumbres, de las tradiciones, de los mercados, de las fiestas (no sólo de las centrales de la localidad, sino también de las de sus barrios), de la Navidad, de la primavera, de los colegios…

Hablamos pues de un documento imprescindible para todos los alguaceños que servirá para que, cuando pase el tiempo, recordemos tal como éramos. Y me atrevería a decir, incluso, que es un trabajo que se debería proyectar a los niños en los colegios de la localidad para que amplíen sus horizontes sobre el sitio en el que viven.

El DVD, que en su portada cuenta con una fantástica ilustración del pintor de la tierra, del ilustre artista torreño Pedro Serna, al que admiro profundamente, estará a la venta de forma inmediata.

Es por todo ello para mí, motivo de enorme satisfacción presentar este trabajo de José María Asís, presentar esa locura que él tuvo un día debido a su intensa afición por el mundo de la imagen, y solo espero que les guste y que disfruten con su visualización. Háganse con él y muchas gracias a todos por su paciencia al escucharme.

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PREGÓN XXXVIII SEMANA INTERNACIONAL DE LA HUERTA Y EL MAR
Los Alcázares, 14 de agosto de 20091905414

Manuel Segura Verdú

Director Territorial de TVE en Murcia

Querida alcaldesa; querido delegado del Gobierno; distinguidas autoridades y amigos todos.

Quisiera, en primer lugar, agradecer de forma global a la Semana Internacional de la Huerta y el Mar, todo cuanto ha supuesto en mi vida. Conocí verdaderamente este evento hace tres años, cuando tuve la suerte de oficiar de presentador. Lo hice animado por algún buen amigo que me empujó a ello. Mi intención era presentar sólo una gala, la de esta noche, la del pregón. Y es que su presentador oficial era quien lo pronunciaba ese año. Lo que pasa es que el asunto tuvo mala pata. El pregonero, Alberto Castillo, unos días antes del evento, sufrió un accidente de moto que le llevó a tener que ser escayolado en una pierna por lo que aquel magnífico texto, caso insólito en esta Semana, lo leyó desde una silla de ruedas con la que fue ascendido a este escenario. Fue entonces cuando la organización me pidió que prolongara mi estancia, hecho que acepté gustoso y que ahora le agradezco con gratitud.

Aquellos días de agosto de 2006 fueron inolvidables. Supe de un grupo humano y entusiasta que lo disponía todo para que nada fallase. La llegada y estancia de los grupos, el escenario y la escenografía, el protocolo… Trabajar con gente así, para qué negarlo, resulta muy fácil.

El director de todo este conglomerado, mi amigo Juan García Serrano, es quien llevaba y lleva la coordinación general. Me admiraba al verlo pertrechado de sus auriculares con micro, mirando por una especie de pequeño visor, tras las bambalinas, dando órdenes y marcando los tiempos, no limitándose por tan a ser un director figurante o virtual, sentado en las primeras filas del patio de sillas.

Sería conveniente que muchos de ustedes, que asisten asiduamente a las sucesivas ediciones de esta Semana, vivieran una noche en la parte trasera del escenario. Es un ir y venir de gentes, un tránsito que por momentos parece un puro descontrol, y donde, en ocasiones, se producen anécdotas casi inconfesables. Bueno, no tan inconfesables. Verán: yo asistí en primera persona a una que me llamó poderosamente la atención. Aquel año de 2006 vino a actuar un grupo folklórico de cierta región de nuestro país que exigió que se colocaran mamparas aquí, justo detrás de esa parte del escenario, para que las bailarinas tuvieran cierta intimidad a la hora de cambiarse de traje entre actuaciones sucesivas, ya que, aseguraban, no les daba tiempo para trasladarse hasta el vestuario. La organización accedió a ello y, en poco tiempo, lo dispuso todo para preservar el decoro que se le reclamaba. Se celebró la velada, las chicas se cambiaron y todo transcurrió sin la mayor novedad.

La noche siguiente vino otro grupo, de un país distinto, de otras latitudes, latino para más señas, cuyas bailarinas debían cambiarse también de inmediato entre actuación y actuación. Desde la previsora organización se les propuso la misma fórmula utilizada con las anteriores –la de las mamparas– y éstas, las bailarinas, para sorpresa de todos, dijeron que no hacía falta. “En peores garitas hemos hecho guardia”, vinieron a explicar, poco más o menos, y en expresión diríamos que de cierta resonancia cuartelera. Ni cortas ni perezosas, las chicas se cambiaban en un plis-plas entre baile y baile, ahí detrás, con toda la naturalidad del mundo, y ante los atónitos ojos de algún infante que, como en el caso de mi hijo pequeño, que me acompañó en algunas de esas noches, alucinaba en colores.

Bien; pues sería ésta una de las múltiples anécdotas que viví y que, a buen seguro, quienes llevan años embarcados en esta Semana Internacional de la Huerta y el Mar podrían explicar mejor que yo, e incluso escribir varios libros al respecto.

Quiero decirles ahora que es un honor para mí ser el pregonero de esta trigésimo octava edición, si bien quiero aclarar desde el comienzo que, a diferencia de otros pregoneros, yo no soy un poeta. Entenderán ustedes que les transmita acaso una crónica costumbrista, si se quiere, en mi calidad de periodista prosaico, más que de otra cosa. No ha de ser este pregón un consabido y reiterativo canto a la singularidad del lugar o a la excelsa belleza de sus mujeres, con ribetes de composición al uso para unos hipotéticos juegos florales que no vienen al caso. No, no es eso lo que pretendo. La verdad es que yo accedí muy honrado a la propuesta formal que me realizó la alcaldesa, Encarna Gil, máxime cuando la argumentó en mi supuesto conocimiento de la Semana desde dentro. Venir aquí me trae nostalgias de un ayer en primera persona por lo que no podré olvidar esta noche a uno de los impulsores de este evento, uno de mis maestros cuando me inicié hace ya tres décadas en el mundo de la radio: mi recordado Luis Fernández, aquel personaje de ribetes románticos que nos dejó un poso indeleble a cuantos le conocimos.

Y a ello habré de unir que el autor del cartel que anuncia la edición de 2009 sea uno de los mayores artistas que ha dado al mundo esta Región y que se llama Pedro Cano. El pintor de Blanca, a quien admiro entre otras muchas cosas por reivindicar permanentemente sus orígenes, siempre ha sido para mí una referencia vital. Él mismo se ocupó el día que se presentó el mencionado cartel en la Delegación del Gobierno, en Murcia, de rememorar un hecho que afianzó hace años nuestra amistad: la publicación de un artículo en la prensa regional, que escribí a mediados de la década de los 80, y que titulé Morirse en Navidad. Fue coincidiendo con el fallecimiento de la madre de Pedro, algo de lo que me enteré por una casual llamada telefónica que le realicé para entrevistarle en un programa radiofónico.

El trabajo elegido por Pedro Cano para la ocasión que hoy nos ocupa es el Balneario de San Antonio, y creo que recoge en esencia lo que pretendía plasmar. Como ya explicó el artista, “para los que somos del interior, saber que a 50 kilómetros hay un espejo tan grande de agua que nos refresca, nos ha llenado de alegría durante toda nuestra vida”. Es verdad, Pedro. El Mar Menor ha sido, es y espero que, cuestiones medioambientales de por medio, lo siga siendo, nuestro singular referente vital. También mis primeros recuerdos de unas vacaciones son los que recupero de vez en cuando, a través de unas fotografías, ya algo gastadas y manoseadas, hechas en blanco y negro, y que se conservan en los álbumes de mi casa familiar.

Retornando a los orígenes de Pedro Cano, su Blanca natal es el municipio al que se rinde homenaje este año. Y es que si un lugar paradisíaco resulta el Mar Menor, no menos lo es el Valle de Ricote, ese último reducto morisco. No en balde, alguien, contemplando una vez un paraje de aquel lugar irrepetible, lo comparó con los de la lejana y durante tantos años flagelada Palestina.

Y la de Torreagüera es la pedanía invitada en este año, la tierra que viera nacer a ese murciano de dinamita, –en expresión posterior de aquel poeta que también fue pastor– la tierra que viera nacer y morir a Antonete Gálvez, ese huertano revolucionario que estuvo batiéndose en mil frentes por lo que entendía como sus particulares ideales libertarios y nacionalistas.

Se suele decir que cuando uno contempla la estela que en el cielo azul dejan los aviones y cierra los ojos pidiendo un deseo, éste se cumple. Confieso que es algo en lo que yo me he ejercitado en ocasiones y reconoceré también que no siempre se cumplieron mis anhelos.

Cuento esto en la tierra que vio nacer el primer aeródromo marítimo en nuestro país, allá por el año de 1915. A tal asentamiento castrense, se recuerda la visita regia de Alfonso XIII. Tras el estallido de la guerra civil en 1936, se trasladó hasta aquí el contingente de la base aérea de Cuatro Vientos. Fue el momento de hacer frente a una multiplicación poblacional que lleva a constituir el primer ayuntamiento de Los Alcázares, a instancias del mando militar aéreo. Aquella ilusionante experiencia, que estaría encabezada por Antonio Menárguez Costa, finalizaría al concluir la contienda fratricida, en 1939.

Desde entonces y durante muchos años, los alcazareños soñarían con constituirse en ayuntamiento. Y es probable que, al observar las estelas que los reactores dejaban como surcos en su cielo, cerrasen los ojos y pidieran que se cumpliera ese anhelado deseo. Y es que no les bastaba con ser Entidad Local Menor y tener Junta Vecinal, incluso desde los años 40 de la dura posguerra. Lo que se pretendía era ser independientes de los municipios de San Javier y Torre Pacheco, que troceaban a los alcazareños en dos mitades administrativas. En la década de los años 50 del pasado siglo comienzan los movimientos en ese sentido, si bien no sería hasta la de los 70 cuando se oficializarían. A finales de la década, se constituye la decisiva comisión pro-ayuntamiento que desembocaría en un gozoso 13 de octubre de 1983 con la constitución como municipio de este pueblo que hoy nos acoge.

Recuerdo ahora ese día porque yo estuve aquí. Acababa de licenciarme del servicio militar, tenía 20 años escasos y, de regreso a la emisora donde trabajaba, la mítica Radio Juventud de Murcia, me enviaron a cubrir el evento. Me acuerdo del incomparable marco: el patio del Hotel-Balneario de la Encarnación. Allí, convenientemente engalanado, se dispuso el protocolo de tan trascendental acto alrededor de su fuente de azulejos, con la olorosa compañía de los geranios y los rosales. Lo encabezaron Andrés Hernández Ros, que era presidente de la Comunidad Autónoma, y Manuel Menárguez Albaladejo, primer alcalde del recién creado municipio de Los Alcázares.

Fue aquel día de hace casi 26 años la primera vez que pisé el Balneario. Me pareció espectacular aquel edificio de mampostería que, según me explicaron, databa de comienzos del siglo XX. No es de extrañar, por tanto, que años después, el director inglés John Irving rodara en sus estancias escenas de la película El jardín del Edén, basada en la novela homónima del siempre atrayente Ernest Hemingway. En Los Alcázares, el cineasta y escritor quiso recrear el ambiente de la Costa Azul en los años 20. Y cierto es que lo consiguió.

Pero fue aquel 13 de octubre del 83, como les decía, cuando descubrí el Balneario. Y cuando, para enviar mi crónica a la radio sobre ese acto de suma trascendencia para los alcazareños, conocí a su alma mater: Paquita Paredes. Aquella mujer de aspecto señorial, que oficiaba de magnífica anfitriona –imagino que ella no lo recordará, pasado tanto tiempo–, lo dispuso todo para que pudiera cumplir con mi trabajo y me habilitó un espacio discreto y un teléfono efectivo desde el que informar a los oyentes. Eran tiempos, como ustedes deducirán, en los que los teléfonos móviles eran tan sólo un sueño etéreo para el común de los mortales, algo casi de ciencia-ficción.

Volví a ver a Paquita Paredes años después cuando, en 2006, presenté esta Semana en su trigésimo quinta edición. Una tarde, acompañado de mi fraternal amigo Andrés Moreno, nos llegamos hasta su despacho, donde nos recibió con suma cordialidad. Allí estuvimos charlando plácidamente durante un buen rato y pude comprobar que a su porte señero se unía un don de gentes poco común en los tiempos que corren.

Hace poco se publicó una entrevista en un diario regional en la que Paquita, con cierto gracejo, contaba cómo resolvía los conflictos con su padre. Y les confieso que a mí también me gustaría hacerlo a su manera cuando mantengo litigio con alguno de mis semejantes. Contaba que su padre y ella se tomaban un quinto de cerveza y, tras beber el último trago, ya ni se acordaban de por qué habían discutido.

Volviendo al Balneario, supe que la publicación en 1904 de un folleto en el que se detallaban las excelencias del mismo, en primerísima línea del Mar Menor, constituyó todo un hito en lo que a este tipo de publicidad se refiere. La llegada de turistas comenzó a hacerse evidente por lo que no era de extrañar que, en época estival, éstos triplicasen a los residentes naturales de Los Alcázares. Los árabes, que sabían lo que se hacían, fueron precursores a la hora de descubrir en esta zona, junto a la inmensa laguna salada, un lugar de descanso y vacación, aprovechando las termas que les habían dejado los que antes por aquí habían estado: los romanos.

Venir a tomar las aguas, a los novenarios, para la gente de la Huerta de Murcia era el gesto precursor de eso que luego, el llamado desarrollismo del Seat 600, nos llevó a los de mi generación a venir con nuestros padres hasta la orilla del Mar Menor. Éramos los domingueros, los hijos de aquellos a los que su economía no permitía alquilar casa y que se contentaban con pegarse una paliza de coche con salida temprana, nevera en ristre, a comprar el hielo y carretera y manta con las consabidas colas de tráfico incluidas. Llega, instala sombrilla y artilugios, baño, ojo que te vas a quemar, comida, siesta, baño tras la digestión, súbete al coche y de vuelta a casa rebozados en la sal marina. Más o menos, esto era así.

En zonas como la de Los Narejos, los huertanos, entrado el siglo XX, instalaban sus barracas. Serían, más o menos, una versión pretérita de lo que hoy llamamos okupas. Se adentraban en un terreno ajeno –dícese de familias de rancio abolengo– y allí que se posaban con sus enseres. De allí, pasado el tiempo, surgirían las primeras edificaciones de tales moradores que, con los años, irían adquiriendo terrenos para levantar sus casas.

He leído estos días a Andrés Nieto Conesa, médico y cronista oficial de Fuente Álamo, quien con nostalgia propia describe Los Alcázares de antaño, un pueblo que refiere “olía a mañana fresca, y a pescado, a sardina, jurel y boquerón”. Y referirse al Balneario de San Antonio –motivo del cartel de Pedro Cano–, “con sus barracas individuales para desvestirse las mujeres decentes y ponerse el bañador que llegaba hasta los tobillos, descendiendo por las escalerillas, con riesgo sobrellevado de sufrir un resbalón, pero al fin y al cabo, una vez dentro del agua, ya no dejaban ver parte alguna de su escondida anatomía”.

Cuenta que para la Virgen de Agosto, tal día como el de mañana, si amenazaban las cabañuelas y el tiempo no era propicio, los huertanos recogían enseres y retornaban a las labores de fatiga, porque siempre había algo que recolectar. La tierra, el campo, la huerta, esa forma ruda de ganarse la vida para tanta gente que hoy homenajeamos desde este estrado. Y como al principio les dije que no soy poeta, escojo los versos de quien sí lo es y con probada autoridad literaria. Me refiero a Francisco Sánchez Bautista, al que por fortuna aún suelo ver por las terrazas de Murcia tomando un café a media tarde, cuando el sol y las temperaturas aún son livianos. Escribió estos versos el poeta de Llano de Brujas sobre el sudor de los hombres que cultivan la aún sedienta tierra murciana:

Pardas tierras de vides, tierras secas,
de horizontes desnudos y agrias sierras,
esquilmadas tierras de sol y brega,
engendradoras de hijos y penas.
Soñaron a ser Mancha y a ser Vega,
¡ay!, y se quedaron en eso: en tierras
paridoras, dolidas, tristes, hambrientas…
¡Gredosos campos de Fortuna a Yecla,
un fantasma sediente pasa y os deja
una siembra de angustia y de miseria!
Labradores ceñudos de estas tierras,
zahoríes en lluvias y tormentas,
¡qué resignados lleváis la muerte a cuestas!

Acabaré con dos recuerdos a sendas personas entrañables que ya no están: uno era un rapsoda de lo nuestro y se llamaba Manuel Cárceles “El Patiñero”, que nos dejó un día sin apenas despedirse con su último trovo y al que estos días se redirá merecido homenaje aquí, en Los Alcázares. El otro, un corresponsal informativo de pueblo, que es como empecé mi labor periodística y lo que, en el fondo, siempre me he sentido: hablo de Rafael de los Ríos, que también se nos marchó hace algo más tiempo y al que ví por última vez por ahí abajo, a pie de escenario, cámara en ristre, siempre atento a todo lo noticiable.

Que la trigésimo octava Semana Internacional de la Huerta y el Mar les reporte la brisa marina que les hagan llegar las diversas culturas que nos visitarán y que, con el paso del tiempo, recuerden ustedes alguna de las palabras que les he dirigido esta noche, desde el cariño que profeso a Los Alcázares, a sus gentes y a todos los presentes por la paciencia que han tenido para escucharme.

Muchas gracias y que empiecen los bailes.

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RESUMEN DE LA CHARLA PRONUNCIADA EN UN CURSO DE LA UNIVERSIDAD DEL MAR ANTE ALUMNOS DE PERIODISMO

Puerto de Mazarrón, 16 de julio de 2008

¿Hablar de información local en un mundo globalizado puede ser algo contradictorio? Lo digo porque con un clic al ratón del ordenador o al mando a distancia del televisor podemos saber instantáneamente lo que está pasando en las Islas Mauricio, en Kuala Lumpur o en Finlandia. ¿Interesa lo que pasa un poco más allá de la esquina de nuestra casa? Yo creo sinceramente que sí.

La gente quiere saber lo que pasa en su entorno. Antes, en la radio primaba la programación local sobre la nacional y ahora es al revés. La irrupción de las televisiones locales, muchas de ellas gestionadas por los ayuntamientos, deberían contribuir informativamente a que no sólo llegara hasta los espectadores el tedioso pleno municipal del mes y sí otras informaciones, reportajes e incluso retransmisiones sobre lo que interesa: fiestas, tradiciones, conciertos, conferencias…

Un hecho trágico ocurrido en una localidad como Yecla, como el reciente asesinato de tres personas de una misma familia por un hombre que luego se suicidó, no sólo alcanza trascendencia nacional. Incluso internacional.

Una huelga de recogida de basuras puede ser una información local, pero puede trascender más allá por su repercusión. Es el caso de lo ocurrido en la ciudad italiana de Nápoles. Esa huelga ha sido noticia mundial.

Lo mismo podríamos decir de un conflicto de autobuses o de taxis…

Las grandes cadenas de televisión norteamericanas se nutren de otras televisiones locales diseminadas por el amplio territorio de los EE.UU. para dar información.

La gran escuela de la información local puede ser la corresponsalía de un medio informativo en un pueblo. Allí se hace de todo: desde información municipal, hasta cultura, sucesos, deportes…

En los últimos tiempos ha brotado lo que se da en llamar el periodismo ciudadano y son muchos los medios que utilizan vídeos caseros para ilustrar, especialmente, noticias de sucesos. Nunca hubiéramos visto el tsunami y aquella gran ola que irrumpía en un complejo turístico si un videoaficionado no lo hubiera grabado con su cámara.

Luego están los blogs, en los que hay de todo. Hay quien no los concibe como periodismo. La verdad es que los hay más y menos informativos.

Hace años, todas las encuestas situaban a los periodistas como algunos de los profesionales mejor valorados por la sociedad. Hoy ya no lo somos tanto, no sé si quizás por males como la telebasura que nos invade. Yo os reconozco a vosotros vuestro mérito de querer ser periodistas, a pesar de lo que está cayendo. Ésta es una vocación que se tiene o no se tiene. Quien quiere ser periodista a los diez años, lo será a los veinte y pocos. Eso seguro.

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PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE ALGUAZAS 2008

Iglesia de San Onofre. 15 de marzo de 2008

(Fotos: Luis Lisón)

* VÍDEO DEL PREGÓN

Querido alcalde, queridos miembros de la Corporación municipal, querido cura-párroco, querido presidente de la Junta de Cofradías, queridos paisanos y amigos:

Cuando hace unos meses mi amigo Fernando Pinar Bermúdez, presidente que es de la Junta de Cofradías y Hermandades Pasionarias de Alguazas, vino a proponerme que pronunciara este pregón, lo hizo –así lo estimo yo– con ciertas dudas preventivas. Imagino que esas dudas surgieron a raíz de que, a lo mejor, pensó que desde mis responsabilidades, yo iba a estar como muy ocupado o, no quiero creerlo, que esa propuesta que él me hacía me iba a saber a poco. Te dije entonces, y te digo ahora, amigo Fernando, que uno de los mayores honores es que mis paisanos piensen en mí para cualquier cosa y ésta, la de pregonar la Semana Santa de mi pueblo, es algo que yo estimo como algo muy honorable.

Porque quién me iba a decir, cuando hace ya algunos años era un monaguillo más de los que ayudaban a misa con mi recordado cura, don Antonio Meseguer Montoya –al que pocos días pasan sin que lo tenga en mi mente–, que un día, éste que aquí tenéis ante vosotros, gozaría del honor de dirigiros la palabra desde este púlpito. Aquí me bautizó don Antonio Garre en el ya tan lejano año de 1962 y aquí recibí, unos pocos años después, mi primera comunión, en esta Iglesia de San Onofre, que nos contempla desde el remoto 1534, vivo ejemplo de convivencia entre culturas en el discurrir de los tiempos, con esa su nave central mudéjar, y su cabecera, los pies del edificio y la torre de los siglos XVII y XVIII; con su portada de estilo clásico e interior de la nave central donde están esas capillas y el crucero de estilo neoclásico que data de fines del XVIII. Y la siempre acogedora capilla del Rosario, un rincón que destaca por su decoración barroca y la existencia de esa joya felizmente restaurada y a pleno rendimiento: el magnífico órgano, de comienzos del siglo XVIII, y del que todos los alguaceños nos sentimos tan orgullosos.

Diré más: yo nunca he dudado de la generosidad de mis paisanos, y os aseguro que cada vez que he tenido un éxito profesional siempre he querido compartirlo con vosotros, preguntándome si os alegraría que las andanzas de uno de los vuestros tuvieran eco en vuestras casas, entre estas calles, en estas plazas. No quiero pecar de falsa modestia y por eso os lo reconozco, aquí y ahora: nunca, en todo el tiempo que permanecí lejos de mi pueblo, me olvidé de mi tierra y de mi gente, a pesar de que tanto en Aragón, como en La Rioja o Andalucía, donde residí sucesivamente, se me trató con sumo acogimiento.

Pero vamos a hablar de la Semana Santa que es lo que hoy aquí nos concita. El pregonero de la de este año, ya os lo adelanto, no es alguien que haya vivido esos días de Pasión con la intensidad que, por ejemplo, lo hicieron siempre mi hermano Onofre o de otro modo y en otra época mi padre, sanjuanista de la primera hora que fue cuando se fundó esa ilustre cofradía. Mi participación en los desfiles procesionales se circunscribió, en principio, a la añorada etapa de la Organización Juvenil Española (la OJE) y a su prestigiosa banda de tambores y cornetas. Habré de tener aquí un recuerdo entrañable hacia mi amigo Ulpiano Céliz, quien en esos tiempos ya tan remotos nos enseñó mucho más que a tocar la corneta o el tambor o a desfilar con paso marcial. Difícil olvidar aquello cuando, años después, aún muchos de quienes participaron en aquella empresa colectiva de sueños juveniles me recuerdan cómo lo pasábamos y lo que disfrutábamos. Pero en fin, ya sabéis lo que dice el refranero español, tan sabio él: agua pasada, no mueve molino.

Confieso que solamente una vez desfilé con los nazarenos. Y os reconoceré, a fuer de ser sincero, que lo hice creyendo que, a lo mejor, podía encandilar a alguna muchacha desde mi condición de espigado mayordomo. Debía tener yo unos 16 o 17 años, ya tenía estatura física y pensaba que con aquella túnica… en fin, pues no sé. Fue una noche apacible en la que me enfundé la túnica y me dispuse a participar con la Cofradía de la Samaritana. Y aquello fue un desastre. Yo pensaba que la cosa sólo consistía en pasear el palmito y, mirad por dónde, me gané una soberana bronca del cura; precisamente, de don Antonio Meseguer, que me decía algo así como: “¡Vaya mayordomo, que no vigila las filas ni acelera el paso de los nazarenos!”. Menos mal que yo iba con la cara cubierta y nunca supo de mi verdadera identidad.

Así que, queridos paisanos, mis pinceladas sobre la Semana Santa de mi pueblo que hoy honradamente pregono habrán de ser las de una sagaz observador, eso sí, enamorado de las cosas de su tierra y siempre atento a cuantas novedades se produzcan, aun en la distancia, como antes os decía.

La Semana Santa comenzaba en mi niñez con el traslado de tronos a la iglesia y su posterior arreglo. Los monaguillos revoloteábamos por allí, entre olor a flores frescas y a incienso. Siempre he sostenido que una parte fundamental de la vida la constituyen los olores, aquellos sentidos que nos transportan hasta años atrás sin que apenas nos demos cuenta.

Luego estaba la representación del Prendimiento. El año pasado se expuso aquí una muy interesante colección de fotografías que canalizó Joaquín Hernández Yelo y que nos ilustraba sobre esta tradición hoy ya perdida. Yo guardo especial recuerdo para las representaciones de mi niñez, tanto en el cine Avenida como en el almacén de Cobarro donde un grupo de jóvenes se atrevió en los años setenta con una versión propia del Jesucristo Superstar.

En el Domingo de Ramos, la sabiduría popular nos alentaba sobre que el que no estrenaba, no tenía manos. Y claro, no era cuestión de desentonar.

En aquel tiempo yo, ya metido en Viernes Santo, que entonces vivía en la calle que hay aquí cerca, la de las Escuelas, me despertaba muy temprano a los toques de tambores y cornetas de las bandas que hacían el tradicional pasacalle calentando motores. Los oía desde mi cama y aquel despertar provocaba en mí una sensación muy especial y difícil de describir.

La procesión salía siempre encabezada por los Armaos. ¡Cómo nos impresionaban a los chiquillos aquellos armaos! Sin que suene a sorna, por Dios bendito, y que nadie lo interprete como chanza, mirábamos a algunos a la cara, veíamos sus rostros rudos y toscos, sus ropajes, sus lanzas, sus cascos, sus tambores… y pensábamos en nuestra inocencia infantil: “¿Pero cómo pudieron éstos matar al Señor?”. Insisto: que no suenen estas palabras a desconsideración hacia nadie, pues he de reconoceros que a mí siempre me han causado un respeto imponente los armaos de mi pueblo, cuyo origen ancestral podría remontarse al siglo XVII. Luego estaba el estandarte que portaban. Sí, ese que tan enigmático lleva esas siglas S.P.Q.R. Un día alguien, con indudable imaginación, dio con el significado que para él contenían aquellas letras. Y ese alguien vino a decir, tan cachazoso él, que el acrónimo S.P.Q.R. significaba exactamente esto: Señor Pijín Quiere Rosquillas y no Senatus Populusque Romanus, que es como en latín se diría.

Y puestos a recordar a los armaos –incluso alguna vez lo he escrito por ahí– me detendré en uno de ellos: Pepe Oliva. Era quien llevaba la caja de los tambores, el que redoblaba maravillosamente, y lo hacía como pocos; os aseguro que no he vuelto a oír desde entonces un redoble de tambor así. Creo que nunca se lo he dicho personalmente a Pepe, por lo que ahora aprovecho para hacerlo.

Otra cosa que nos gustaba mucho y que nos sigue gustando es cuando los armaos, aquí, a las puertas de la Iglesia, hacen el muy tradicional caracol, o la caracola, a los tronos. Cuando al redoble del tambor giran en torno a las imágenes y las despiden con honores antes de que entren al templo en recogida.En el cortejo procesional se sucedían las distintas hermandades: San Juan, la Samaritana, la Dolorosa, la Verónica, Nuestro Padre Jesús, el Cristo de la Sangre, el de la Columna… con sus imágenes del maestro Sánchez Lozano, de Hurtado Garre, de Hernández Navarro, de Bernabé Gil, de José Antonio Martínez o de Luis Román, todas, una tras otra, salpicadas por las bandas de tambores y cornetas, tanto locales como foráneas. Por cierto, un inciso: es éste, el nuestro, un pueblo especialmente cainita a veces. Sí, ya sabéis, lo de Caín y Abel que se contiene en la Biblia. Aquí hemos contado –y seguimos contando por fortuna– con bandas de tambores y cornetas fantásticas. Uno andaba por la capital, o por otros pueblos de la Región, y sacaba pecho cuando alguien se preguntaba en voz alta “¿De dónde es esta banda?”. De Alguazas, de Alguazas, se le respondía. Lo digo esto porque le han llegado al pregonero ciertas informaciones sobre determinado desasosiego en alguna de estas formaciones musicales. Y debo aprovechar para decir que, en casos como el que nos ocupa, sería una auténtica pena que se viniera abajo un trabajo tan sobresaliente como el que hacen estos paisanos por ciertas desavenencias. Los alguaceños, que no hemos tenido en los últimos tiempos excesivos motivos para proclamar nuestro orgullo, sí que deberíamos arrimar el hombro e impedir, a toda costa, que estos colectivos musicales que exhiben a modo de embajada nuestro nombre por la Región y por España, vean truncados sus propósitos.

Y vuelvo, hecho el inciso, a aquellos desfiles de mi niñez. Otro de los capítulos que se quedan retratados en el recuerdo es el de la banda musical que, sistemáticamente, cerraba el cortejo. Por delante, el cura y las autoridades y, al final, los platillos y la marcha, triste en la Pasión y Muerte, alegre en la Resurrección.

Ya sabéis que el Domingo de Resurrección es personaje singular de la procesión el demonio. En mi niñez, los monaguillos, pertrechados de espadas de juguete, lo acompañaban atizándole estopa. Para mí, el personaje del demonio por antonomasia en Alguazas siempre fue Carlos el Martino. ¿Recordáis a Carlos? A mí me imponía un temor que ahora os confieso. Pero no sólo el Domingo de Resurrección, no, a mí me impresionaba verlo visitar casa por casa para comunicar la muerte de alguien. Os lo describo y os refresco la memoria; en eso que yo estaba en casa de mi abuela, aquí en la calle de las Escuelas, se abría la puerta y una voz ronca y áspera decía: “Se ha muerto fulanito, el entierro será mañana, a las 5 en la iglesia”. Cerraba y se marchaba y yo me quedaba helado pensando que cómo el que yo creía representante de Lucifer en mi pueblo podía ir anunciando esas cosas e invitando a la gente a ir misa.

Y el azulete, ¿qué ha sido de lo de la tradición del azulete tras la procesión matinal del Encuentro entre la Madre y su Hijo, en el amanecer del domingo? Las mujeres portando a la Virgen y los hombres al Señor. Me dicen que lo del azulete se ha perdido. Bueno, os confieso que yo nunca participé en esa incruenta batalla pero los que sí lo hacían me contaban que lo pasaban en grande.

Lo que sí confío que no se pierda es lo de bailar los tronos. Bueno, y para que nadie se ofenda, yo apuesto porque se bailen con más ahínco el Domingo de Resurrección, donde, evidentemente, habrá mucho que celebrar. Ese día en el que, junto al majestuoso Resucitado de Manuel Hurtado, procesiona también la cofradía de la Virgen de la Alegría, la más joven de nuestra antigua Semana Santa.

Pero la Semana Santa para mí no son sólo recuerdos entrañables como los que os he ido contado hasta ahora. Estos días me traen también a la memoria a gentes que me hicieron y que nos hicieron que esos años fueran hermosos y felices en otros momentos de nuestro existir. Por ejemplo, os diré que hoy alguien que me quiso como un padre se sentiría orgulloso de verme aquí, dirigiéndoos la palabra: ese era mi amigo José Almagro Serna, Pepe el Sacristán, que nos dejó hace ya un tiempo y al que he de recordar en un día como éste porque él disfrutaba mucho con mis avatares.Y os añadiré que a mí me cuesta mucho ver desfilar la procesión un Viernes Santo o un Domingo de Resurrección sin que aquel ser tan inmenso también en humanidad, José Antonio, el hijo de Valentín, vaya abriendo marcha y portando el estandarte de Nuestro Padre Jesús Nazareno. O que Antonio Peñalver Pinar ya no vaya cargando ese trono. O su abuelo Eduardo, ¡qué recuerdos!, sempiterno hermano mayor a veces con muy malas pulgas con los que portaban el trono y no le hacían el caso que él demandaba desde su legítima autoridad. O a López el del bar, arreglando junto a su mujer Francisca la imagen de la Verónica en las horas previas al desfile. O a mi prima Elena Verdú Bravo, que también nos dejó hace ya tantos años, vestida como la recuerdo con la túnica samaritana, regalándome una sonrisa y dándome un caramelo en el discurrir de la procesión, casi enfilando ya la calle Mayor. O no viendo al doctor don Joaquín Chazarra con los atributos de presidente de la Junta de Cofradías y su porte tan señero. O a mi amigo y maestro, Pepe Vicente Celdrán, quizá el hombre que mejor vistió la alcaldía de este pueblo en las últimas décadas, empuñando la vara como primera autoridad municipal que era y cerrando el desfile… Y tantos otros, que me disculparéis que no mencione porque sería muy extenso y prolijo este pregón.

Sí, paisanos, la Semana Santa de Alguazas, como en el cine, está cargada de sonrisas pero también de lágrimas. Y de dolor y sufrimiento. Como el de esas mujeres que recorren el trazado de la procesión tras la imagen correspondiente, portando una vela encendida, en soledad, con su pena a veces, descalzas, pagando el tributo de la promesa que esperan ver cumplida o que ya se cumplió.

¿Y los Santos Oficios? Nunca podré olvidar la primera vez que, como monaguillo, ayudé en ellos. Aquel día casi experimenté, guiado por la emoción del momento, lo que pudieron ser las últimas horas de Jesús en la Tierra. Recuerdo especialmente el instante en el que el sacerdote lavaba los pies a los supuestos apóstoles…

La procesión del Santo Entierro también me impresionaba. En especial, aquella imagen casi famélica que se incorporaba a La Cama y que estaba colocada antiguamente aquí, en esa zona de la parroquia. Esa misma, la del Cristo Yacente, que este año 2008 ha servido para ser imagen del cartel que anuncia nuestra Semana Santa. El Cristo muerto por la sinrazón de los hombres que desfila por las calles de nuestro pueblo desde antes de 1673, según apuntaba oportunamente, como siempre, mi amigo y cronista oficial de esta Villa, Luis Lisón Hernández.

A mí la Semana Santa de Alguazas me sabía en mi niñez a gente devota que rezaba e imploraba, a un respeto quizá ya perdido, a establecimientos públicos que bajaban el volumen en el interior al paso del cortejo, a gentes que se persignaban al paso del trono con la sagrada imagen, a cera que se consumía con la llama, a flores frescas que transmitían un olor tan genuino y a caramelos, sí, también a caramelos, por qué no.

Muchas veces me he lamentado con otros paisanos sobre lo que se ha perdido en nuestro pueblo. También en lo que a la Semana Santa se refiere. Uno recuerda cuando de los pueblos de alrededor venían aquí en esos días muchas personas, sencillamente porque en los suyos no había desfiles pasionales. Luego sí los hubo, y vaya que si los hubo. Y entonces la nuestra, nuestra Semana Santa, se quedó reducida a algo así como para consumo interno de los alguaceños. Yo confío en que las nuevas generaciones refloten esta empresa con sus ideas innovadoras y sus ganas. Ahora se quiere alcanzar la declaración de acontecimiento de interés turístico regional. Que todos empujemos en la misma dirección. Y que volvamos a recobrar los bríos de antaño. Yo creo que eso es posible. Y por eso me brindo desde allá donde me encuentre para ser uno más en ese empeño. Porque ese empeño será el de un pueblo, pequeño en número de habitantes si se quiere, quizá en kilómetros cuadrados también, pero grande en cuanto a la capacidad emprendedora de sus moradores, sean o no nacidos aquí o procedentes de la distancia que para los limpios de corazón debe ser muy cercana y me refiero a nuestros amigos inmigrantes. Porque en esa ilusionante empresa, todos somos necesarios.

Voy a ir ya finalizando. Antes de hacerlo, quisiera agradeceros a todos vuestra presencia hoy aquí para escuchar lo que había preparado en torno a los recuerdos sobre la Semana Santa de mi pueblo. Os lo agradezco de todo corazón, de verdad. A mis paisanos y a mis compañeros de la prensa, radio y televisión que con tanto cariño me tratan. Y quiero dar las gracias a Dios por permitir que entre vosotros esté hoy aquí mi padre, quien últimamente como sabéis la mayoría arrastra algún problema de salud que, afortunadamente, va superando. A él le quiero agradecer desde esta tribuna la confianza que siempre ha tenido en mí, tanto en mis éxitos como en mis naufragios, que de todo ha habido en estos 45 años. A él le debo todo lo que soy. Como también a mis madres. Y hablo en plural porque yo he tenido la gran suerte, desde que tengo noción de mi existencia, de tener una madre biológica, Enriqueta, que siempre ha sido mi principal apoyo incondicional y otra madre digamos que siempre ha sido como nuestro Ángel de la Guarda desde que éramos pequeños: mi tía Dorita. Y a mis hijos, Cristina y Carlos, que son sin duda la mejor crónica y el mejor reportaje que he hecho y que podré hacer en toda mi vida. Y a mis hermanos, Enrique y Onofre, cuyo cariño y admiración siempre serán recíprocos. Y a todo el resto de mi familia entre los que incluyo a muchos que, aun no teniendo mi misma sangre, los considero tan míos como los que sí la llevan en sus venas. Y a ti Lola, sin lugar a dudas, lo mejor que me ha pasado en los últimos tiempos de mi existencia.

Muchas gracias paisanos y amigos por vuestra atención, que viváis una intensa Semana Santa y que Dios os bendiga a todos. Gracias de verdad.

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Un comentario sobre “Conferencias

  1. Aunque te lo dije personalmente… ENHORABUENA Manolo por tu fantástico Pregón.

    Es para todos los alguaceños y, en especial para la Junta de Cofradías, un honor y un orgullo el haberte tenido como pregonero de la Semana Santa de nuestro pueblo.
    Es de esos pregones que te llegan al alma y que al escucharlo (o releerlo ahora) te vienen a la memoria muchas personas queridas que ya no están entre nosotros.

    Muchísimas gracias de nuevo.

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