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Las abejas humanas

Aún recuerdo a don José García, uno de mis primeros maestros en la escuela pública a finales de los sesenta, explicarnos detalladamente el mundo de las colmenas. Aquellas charlas vespertinas me parecían propias de un sabio. Don José nos instruyó sobre muchas cosas, y una de ellas fue sobre la vida de las abejas y sus colonias inmensas. Ya entonces oí hablar por primera vez de las castas: las de las reinas, las obreras y los zánganos. Por lo que deduje, sin superar los 6 o 7 años, las primeras eran las que mejor vivían, mientras las segundas eran las verdaderas currantas y los terceros, los grandes vividores. De ahí que la expresión zángano tenga la acepción de gandul, holgazán o vago que se le suele dar en el idioma español.

Seguro que muchos de los que leen estas líneas pueden asociar el curioso mundo de estos insectos denominados sociales con su propio trabajo. E identificar esos tres tipos de castas en muchos de sus compañeros. Porque la reina suele ser quien lo organiza todo, dirige la actuación y distribuye las labores. En general, con evidentes excepciones que confirman la regla, suele ser gente con más dotes organizativos que el resto y, echando mano de una expresión que siempre me agradó, son los que llevan ‘el día en la cabeza’.

Las obreras son las que soportan el mayor peso en el enjambre. Son infértiles, a diferencia de las reinas, pero las más trabajadoras, mutiplicándose en tareas de limpieza, ventilación, guardia y almacenaje. Sin ellas sería imposible que la colmena saliera adelante. Se trata, pues, de la infantería en el trabajo diario, ese grupo de gente que tira del carro, que no se baja en marcha y que suele estar a las duras y a las maduras.

Y luego tenemos a los zánganos, claro. Su tarea se reduce a fecundar a las reinas, acabando ahí su papel en la historia. Por las acepciones del diccionario antes mencionadas, en el trabajo humano esta variedad de la casta suele apartarse a un lado cuando ven aparecer actividad alguna. En las consultas de los médicos de la Seguridad Social los conocen muy bien, pues son asiduos. Su estado natural es el de baja laboral, de manera intermitente. Además, atesoran un don especial para convencer al facultativo de sus dolencias, dotes interpretativas que para sí hubiera querido en su día hasta la gran María Guerrero.

Claro, que a este trío de variedades habría que añadir un cuarto, el abejorro, un cabrónido en origen, familia en ocasiones con amplias dotes parasitarias, tal y como nos cuentan los tratados de entomología. Seguro que también alguno habrá en su trabajo. En fin, ya ven que la vida de los insectos no dista mucho de la de los humanos. Y si no, que se lo pregunten a los lectores de Kafka.

[‘La Verdad’ de Murcia. 4-8-2017]

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