Rodríguez, una historia de Navidad

En la distópica Detroit vive un tipo de 75 años con aspecto de viejo rockero, de negra melena, voz atiplada y andares pausados. Detroit fue la cuna de uno de los sellos más emblemáticos de la música negra del siglo XX: la Motown Records. Sin embargo, él se las vio y deseó para encontrar productor. El que halló finalmente creyó haber encontrado un filón en aquel cantautor veinteañero, al que bautizó como ‘el nuevo Dylan’.

De nombre Sixto, de apellido Rodríguez, sorprende que quiera que se le conozca tan solo por esta segunda denominación. De familia emigrante, sus ancestros llegaron a los Estados Unidos desde México y se instalaron en la que sería capital mundial del automóvil. El par de elepés de Rodríguez, ‘Cold Fact’ y ‘Coming from Reality’, publicados en 1970 y 1971, respectivamente, constituyeron dos de los más sonoros fracasos de la historia de la música. Tras ello, abandonó su carrera artística para dedicarse a trabajar duro en la construcción, arreglando tejados y rehabilitando viviendas, sacando adelante a su familia, en pugna con el glaucoma.

A mediados de los setenta, alguien llevó hasta Sudáfrica unas grabaciones suyas, que comenzaron a expandirse, con el boca a boca, fundamentalmente entre la población blanca y dominante, conformando una extraña paradoja. Las letras de sus canciones no eran precisamente un canto al ‘apartheid’, en un país tan retrógrado que no tuvo televisión, considerada un invento del diablo, hasta 1976. Con todo, sus discos, que allí fueron reeditados, consiguieron hacerse un hueco entre los de los Beatles y los Stones.

A miles de kilómetros, Rodríguez ignoraba todo esto. Se llegaron a vender más de medio millón de copias, convirtiéndose en disco de platino, sin percibir él ni un solo dólar por los derechos. En 1998, una de sus hijas recibió una llamada de un vendedor de discos de Ciudad del Cabo, que investigaba el origen de aquel cantautor misterioso, del que poco o nada se sabía. La rumorología hablaba, incluso, de que se había volado la tapa de los sesos sobre un escenario o quemado a lo bonzo durante una actuación, al no ser capaz de digerir su estrepitoso fracaso. Nada más lejos de la realidad. Rodríguez seguía vivo, en la destartalada Detroit, arreglando los maltrechos tejados y aquellas viviendas que se caían a pedazos. Una vez localizado, le montaron una gira por la República de Sudáfrica. Ni un atisbo de rencor por lo ocurrido. Cuentan que sus letras trufadas de nostalgia y marginación sirvieron para mentalizar a los ‘afrikáners’ de que algo tenía que cambiar en un país con ciudadanos de primera y de segunda, donde el respeto a los derechos humanos brillaba por su ausencia.

En 2012, el documental ‘Searching for Sugar Man’, un título que hace referencia a su canción más conocida, dirigido por el sueco Malik Bendjelloul, quien víctima de una depresión se quitaría la vida dos años después, obtuvo el Oscar y el BAFTA. En él se relata esta historia, más propia de un guión cinematográfico de Frank Capra que de nuestros días, en los que con internet parece que esto nunca pudiera llegar a ocurrir.

No sé si Rodríguez hubiera sido un nuevo Dylan, pero la verdad es que sorprende que escribiera composiciones que te transportan a otras dimensiones. Prueben a escuchar, por ejemplo, junto al mar en calma o ante un fuego candente, su ‘I Think of You’ y lo comprobarán. La música de Rodríguez nunca les dejará indiferentes.

[‘La Verdad’ de Murcia. 22-12-2017]

 

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