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Ética y estética

Decía Valle-Inclán que la ética era lo fundamental de la estética. Cuando en 1994 el grupo Els Joglars fue distinguido con el Premio Nacional de Teatro, su director, Albert Boadella, dijo que “la oficialidad no estuvo con nosotros en los momentos difíciles; ahora resulta que sí les ha convenido, seguramente porque se han agotado todos los premiables; pero a nosotros ahora no nos conviene… es un problema de estética”. Y, para sorpresa de muchos, lo rechazó.

El gesto de grupo catalán provocó una sensación de sonoro desaire para con la Administración –socialista, en aquellos años– que concedía el premio ex aequo a ellos y al que había sido director del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, Guillermo Heras.

A Boadella, díscolo como siempre, tampoco le gustaba que ese premio se concediera anualmente de dos en dos y por ello manifestó su protesta señalando que era algo que solo ocurría en teatro, “por lo que me parece que queda muy deslucido. Renunciamos rotundamente no solo al honor sino al dinero  –2,5 millones de pesetas–, que se lo den al señor Heras que ha sido un funcionario obediente, nosotros no hemos sido obedientes ni lo vamos a ser jamás”.

El director de Els Joglars siguió argumentando su rechazo al galardón. Y lo hizo desde el dolor de los años en los que precisaban apoyos y no los tuvieron, cuando la sensación de que estaban solos les envolvía y los premios desaparecieron para ellos como por encantamiento. Desde la década anterior, con la llegada del PSOE al poder, la compañía vio cómo sucesivamente se les negaba esa distinción, lo que provocó que Boadella expresara con su gracejo habitual que era un premio otorgado “a todo ‘quisqui’”. Pero reconoció la valentía del jurado al conceder el premio a la obra El Nacional, un montaje que abominaba, precisamente, de la cultura de Estado.

En su explicación posterior, el dramaturgo catalán concretaría su rechazo “por sentirnos suficientemente premiados por el fervor que nos ha dispensado el público español, especialmente en los momentos difíciles, cuando nadie se atrevía a concedernos un premio oficial”.

Otro ejemplo es el del escritor Javier Marías, al que le llovieron las críticas por rechazar el Premio Nacional de Narrativa. Algunos quisieron ver en esa acción un oscuro trasfondo. Y ello, a pesar de que el autor de Los enamoramientos venía reiterándolo. Llegó a decir que, tras años de manifestar que jamás aceptaría remuneración o premio procedente del erario, cambiar de opinión sería poco menos que una sinvergonzonería.

Parece que, en estos tiempos yermos y aunque haya quien no lo quiera entender, aún hay gente capaz de dejar pasar un cáliz, no deshacerse como un flan ante la lisonja y asegurar, como Groucho Marx, que nunca pertenecerían a un club que les admitiera como socios. Algo que resulta tan extraño.

[‘La Verdad’ de Murcia. 6-9-2016]

 

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