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Un psiquiatra en La Moncloa

 

martin-santosEn 1962, con su pluma impenitente, Luis Martín-Santos se refería irónicamente a las chabolas madrileñas como “soberbios alcázares de la miseria”. Fue en ‘Tiempo de silencio’, su única novela, y con la que en ese año dio un vuelco por completo al anodino panorama literario español, anclado en la narrativa de Pérez Galdós y Baroja, abrazando otras prosas como las de Joyce o Faulkner. Sería su amigo Mario Camus quien definiera a Martín-Santos como un personaje de novela de Scott Fitzgerald. Hijo de un militar que había ganado la guerra, estudió Medicina de manera brillante y obtuvo premio extraordinario de fin de carrera, especializándose en psiquiatría. Dirigió su tesis doctoral Laín Entralgo, al tiempo que en ese periodo se relacionó con otros eminentes especialistas como López Ibor y Castilla del Pino. Con 27 años, ya dirigía el sanatorio psiquiátrico de San Sebastián. Admiraba a Sartre sin ambages y mantenía amistad con Juan Benet y Carlos Barral. Perfectamente ubicado en aquella sociedad donostiarra de mediados del siglo XX, también amaba la noche, con sus excesos y desvaríos.

En 1957 ingresó en el PSOE. Tenía 33 años y sus intervenciones en los cónclaves clandestinos de la ejecutiva en el interior, a la que se incorporaría al año siguiente, no pasaban desapercibidas para veteranos como Ramón Rubial. Esa militancia le llevaría a la cárcel en varias ocasiones. Su prematura muerte en 1964, hecho que fue objeto de todo tipo de conjeturas, produjo gran consternación en sus entornos profesional y político.

El ‘clan vasco’ era, en aquella década, el mejor posicionado para dar el salto definitivo. Martín-Santos contaba con suficientes apoyos y un envidiable bagaje intelectual. No hubiera sido de extrañar que su presencia en los sucesivos congresos de Toulouse y, sobre todo, en Suresnes, en 1974, lo catapultara a ser el primer secretario del partido. En 1972, con un PSOE fraccionado entre los históricos de Rodolfo Llopis y los renovadores, dirigentes de estos últimos como Nicolás Redondo y Pablo Castellano habían atisbado en un joven sevillano al posible líder que no pudo ser Martín-Santos, tras morir en accidente de tráfico, cerca de Vitoria, cuando aún no había cumplido los 40 años. Aquel abogado laboralista se llamaba Felipe González Márquez, quien, con 32 años y merced a un acuerdo entre los socialistas vascos y andaluces, se convertiría en la máxima figura del PSOE hasta entrado el año 1997. Siempre nos quedará la duda de qué hubiera sido de este país si un intelectual del nivel de Luis Martín-Santos hubiera pilotado la Transición política desde el principal partido de la oposición. Él, que además se consideraba un español en Vascongadas. De todas formas, nunca resultó recomendable poner al frente de un proyecto político a alguien con sobradas dotes de raciocinio y discernimiento. Un líder que pensara por sí mismo en circunstancias determinadas sería tan peligroso para el ‘establishment’  como políticamente incorrecto. Aunque resolver el pasado, como él mismo sostenía, fuera un empeño idiota. O “¿no es mejor que los muertos se acostumbren a estar muertos?”, como se preguntaba en ‘Tiempo de destrucción’, su obra póstuma e inconclusa, que no vería la luz hasta 1975, año de la lángida desaparición de quien rigiera los destinos de España desde que acabara la contienda civil fratricida.

[‘La Verdad’ de Murcia. 5-7-2016]

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