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El arte de renunciar

perelman

Dicen que en Kupchino, cerca de la estación del metro, al sur de San Petersburgo, vive uno de los hombres más inteligentes que pueda haber sobre la faz de la Tierra. Se llama Grigori Perelman. Es ruso, judío, luce barba, como describe la Torá, con cejas pobladas y encrespadas. Junto a su octogenaria madre, que también fue profesora, habita un pequeño apartamento en un edificio de nueve alturas construido por el régimen soviético. Vive con la modestia propia de la pensión materna y sus exiguas rentas. El trato con sus vecinos es algo distante pero cordial, si bien apenas sale de casa para aprovisionarse de víveres en comercios cercanos. Y para ir a la ópera, encaramado en el gallinero del teatro Mariinsky, donde se deleita con su otra auténtica pasión, junto a las matemáticas. A mediados de junio, Grisha –que es como se hace llamar– cumplirá 50 años.

Hace casi una década, dos periodistas de la prestigiosa revista ‘The New Yorker’Sylvia Nasar –autora de la biografía sobre el Nobel de 1994, John Forbes Nash, ‘Una mente maravillosa’– y David Gruber, viajaron hasta su ciudad para entrevistarlo. Ardua tarea, aunque bien es cierto que ello permitió conocer mejor al personaje. Aquel reportaje se publicó en agosto de 2006, coincidiendo con una sorprendente decisión de Perelman: la de rechazar la medalla Fields, considerada como el Nobel de las Matemáticas y que debió recoger en un congreso en Madrid. Cuatro años atrás, había resuelto la conjetura de Poincaré, uno de los mayores enigmas de esa ciencia exacta. Pero aquel rechazo no era el primero en su carrera: en 1996, también desdeñó el premio de la Sociedad Matemática Europea. En 2005, dejó su trabajo en el Instituto Steklov, profundamente decepcionado con todo y casi con todos. Y aún llegaría otra renuncia más sonora: en 2010, se negó a percibir un millón de dólares que el Instituto Clay de Massachusetts le otorgaba por resolver tan intrincado problema matemático. Un periódico estadounidense había insinuado que llevó a cabo aquella resolución para embolsarse el dinero, lo que acabaría con su paciencia. “Además, no quiero que me exhiban como un mono de feria”, apostilló. Nadie diría, viéndolo deambular por la calle o en el interior de un vagón de metro, que aquel hombre de torpe aliño indumentario, parafraseando al poeta del 98, atesorara en su cerebro la sabiduría propia de un genio. Y alguien apuntó que su decepción le venía de saber quién era y casi tener que pedir perdón por ello.

En la España de hoy nos falta gente así, encallado como está el país, sin posibilidades de conformar un gobierno estable y razonable. Porque, por tener, tenemos políticos de cámaras, sí, pero no tanto de cámara. Y la gente está empezando a estar harta. Como ha confesado recientemente el actor José Sacristán, quien reprochaba a los emergentes la impaciencia de los malos aprendices. Esos vientos de esperanza de hace meses, que se tornan en negruzcos nubarrones de cara a un futuro incierto. Son los mismos que nos contaron que el bipartidismo era algo abominable y perverso, y que ahora se ven incapaces de entenderse y llegar a acuerdos. Para ese viaje no se precisaban alforjas. Reconozcamos con profunda decepción, como aquí nadie quiere renunciar a nada, en esta sociedad de la globalización, por qué a tipos como Grisha se les considera quijotes.

[‘La Verdad’ de Murcia. 12-4-2016]

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