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Explicar lo inexplicable

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En su casa de Beaufort, en Carolina del Sur, rodeado de los suyos, murió hace unos días Pat Conroy, autor, entre otras novelas de éxito, de ‘El príncipe de las mareas’. Tiempo atrás, Conroy explicaba en una entrevista que la razón por la que escribía era para explicarse su vida a sí mismo. Con un pasado atormentado, el novelista estadounidense añadía que también había descubierto que cuando escribía, les estaba explicando a otras personas sus propias vidas. Eso he entendido que, como en el caso de la literatura, han hecho siempre los periódicos: intentar explicarnos quizá hasta lo inexplicable.

Recuerdo que la primera vez que publiqué algo en un periódico, fui a la mañana siguiente al quiosco para hacerme con un ejemplar con la ilusión propia de cuando niño, que me levantaba el día de Reyes y corría veloz hacia el salón de mi casa a buscar los juguetes. Me habían hecho corresponsal en mi pueblo de la extinta ‘Hoja del Lunes’, tenía apenas 17 años y aún estaba estudiando el bachillerato. La crónica, que versaba sobre un partido de fútbol de segunda regional, la había dictado telefónicamente la noche anterior a un mecanógrafo. Desde entonces, nunca he perdido esa sensación, ese cosquilleo interior por ver plasmado en papel el texto alumbrado, entonces en la portátil Olivetti y hoy en un ordenador.

La crisis más reciente abocó al periodismo a los demoledores recortes en plantillas, a la disminución de la publicidad, al descenso de lectores… El otro día, un quiosquero me confesaba que la media de edad de la gente que se acerca a su negocio para adquirir ejemplares se ha disparado de forma vertiginosa. Y es que los chavales ya tienen sus smartphones para ponerse al día, me espetaba. El acta de defunción del papel sigue compilando adhesiones inquebrantables. Una de las últimas ha sido la del actual director de ‘El País’, quien, en una reveladora carta a la redacción, anunciaba que a la edición impresa de tan emblemático diario le quedan tres siestas, pues, tras cuatro décadas en la calle, la apuesta por lo digital está más que decidida.

Parece evidente que a este paso estaríamos empeñados en quedarnos sin prensa de papel como nos quedamos sin tantas otras cosas que, hasta entonces, considerábamos fundamentales en nuestras vidas. Cuando en el mostrador de un quiosco o en la barra del bar nos falte el periódico, nos sentiremos huérfanos de su liturgia. El dramaturgo Arthur Miller dejó dicho que un buen periódico no era otra cosa que una nación hablándose a sí misma. Nada como un diario bien escrito y maquetado, para sentarte a leerlo con detenimiento, en una mañana de invierno, ante un café humeante,  mientras la vida pasa al otro lado del cristal de una ventana.

Si algún día fenecieran los periódicos, hasta nos privarían de la posibilidad de trasladar a las nuevas generaciones esa máxima sobre lo efímero del éxito en este oficio, trasmitida por el veterano redactor-jefe al joven principiante, y según la cual siempre debería recordar que sus exclusivas de hoy servirían para envolver el pescado de mañana. Y yo, que me hice lector con los periódicos, leyéndolos desde la infancia en el portal de una barbería y manchándome los dedos con la tinta negruzca que en su papel impregnaban las planchas, soy de los que me resistiré hasta el último día, buscando evitar en la medida de mis posibilidades, tener que asistir, cual convidado de piedra, a tan deplorable sepelio.

[‘La Verdad’ de Murcia. 22-3-2016]

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