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El acuarelista chino

Pedro_Serna_-_Con_Ramon_Gaya

Un conspicuo Ramón Gaya, sobre quien coincido plenamente con Pepe Lucas en que aquí, en Murcia, nos lo vendieron tan solo como pintor cuando en realidad era un intelectual en la más amplia acepción de la palabra, escribió una vez sobre Pedro Serna que era “un pintor murciano, casi chino, fino, delgadico, de una exquisita sensibilidad como rezan las críticas al uso (equivocando entonces lo que puede haber en esa expresión de verdadero, ya que la palabra exquisito hace pensar enseguida en algo artificioso que él no tiene en absoluto); su indudable finura no es estilizada ni decadente, sino limpia y sana, un poco a la buena de Dios”. Gaya, con su habitual ojo clínico, trazó un retrato de la exquisitez de Serna con acertado tino de maestro, que es lo que verdaderamente era. Y es que don Ramón, que fue personaje sin hipocresía, pliegue o dobladillo, hasta se atrevió con los intocables y una vez, a Caravaggio, llegó a tildarlo inmisericorde como “un pintor mediocre”.

A Pedro Serna Verdú, con el que comparto segundo apellido aunque no seamos familia, hasta lo hicieron hace unos años profeta en su tierra, Las Torres de Cotillas, algo bastante inusual por estos pagos, en un acto que concluyó con la dedicatoria al artista de la Casa de la Cultura de esa localidad. A Serna, al que conozco desde mi lejana niñez por influjo de mi padre, lo recuerdo vestido de corto, junto a dos de sus hermanos, ejerciendo de artillero goleador en el campo de fútbol del Cotillas Frente de Juventudes. Desde esa tarde luminosa, siempre me evocó a los Saura, a los López, a esa saga de pintores que tanto sorprenden y provocan con deleite nuestros sentidos. Bastantes años después coincidí con él durante un almuerzo en la enigmática Torre de los Moros, en plena huerta de Alguazas, en un día soleado y entre naranjos. Como no recordaba al niño que fui, lo puse al día, echando mano como tantas otras veces de mi ancestro. Estuvo muy atento conmigo. La última vez que nos hemos saludado, hace pocos días, fue durante la presentación de un libro de uno de mis maestros en la escuela pública, José Miguel Matencio, en torno a la historia más reciente de mi pueblo, que es también el de la esposa del pintor.

Pedro Serna, ejemplo vivo de sencillez, atesora entre sus manos un poder magnético, yo diría cuasi angelical, y que solo los tocados por el Ser Supremo pueden ostentar. Y es que él, convertido en agudo acuarelista que inmortaliza como pocos las escenas taurinas y flamencas, debe asumir, como Hemingway, que el secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento pasa inexorablemente por la humildad, sin que ello reste un ápice de virtuosismo al calado más intenso del artista.

[‘La Verdad’ de Murcia. 25-2-2016]

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