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Censores contemporáneos

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El decano de los directores de escena de nuestro país, el murciano Ángel Fernández Montesinos, a sus 85 años aún en activo y con el que esta Región está en deuda por no considerarlo como merece, contaba que cuando estudiaba Derecho en la Universidad, colaboraba simultáneamente en Radio Juventud de Murcia. Lo hacía por amor al arte, “sin cobrar y nos llevábamos los discos de nuestra casa”. Recordaba que en aquella época la censura era tan rígida como implacable. Y en ocasiones, bastante estulta. Un día llegaba a la emisora la lista de canciones prohibidas y te ordenaban que el ‘Bésame mucho’, por ejemplo, solo se podía emitir en versión orquestal. Menuda provocación aquella letra tan insinuante de la mexicana Consuelito Velázquez, esa por la que se urgía un ósculo “como si fuera esta noche la última vez”. Para mayor escarnio, rememoraba, había otra canción, titulada ‘Échame polvitos’, referida inocentemente a los polvos de talco de los niños. En una ocasión llegó el censor a la emisora, contaba Fernández Montesinos, y les preguntó muy intrigado: “¿Dónde se ponen esos polvitos?”. Y, claro, ante la actitud dubitativa de alguno de los presentes, tampoco se mostró muy compasivo el hombre.

Lo despiadado de los censores de aquellos años alcanzaba cotas surrealistas. Y para que sus órdenes se cumplieran a rajatabla, no dudaban incluso en rayar los discos con unas tijeras, al objeto de que no se emitieran nunca jamás. Decía el director teatral que la conclusión a la que había llegado, pasado el tiempo, es que muchos de esos censores, en el fondo, eran unos reprimidos absolutos.

La censura es tan antigua como la profesión más vieja del mundo. Otra forma de prostitución, al fin y al cabo. Evitar que se cuente algo sin más motivo aparente que el planteamiento político, moral o religioso que lo impida. El censor contemporáneo ya no raya discos con punzón, sin ser por ello mucho más inteligente que el que utilizaba ese tosco proceder. En cualquier caso, aquellas gentes de mente cicatera tenían un oficio concreto y una misión específica que cumplir a lo largo de su jornada laboral. Estos de ahora, buscando una manera un tanto sibilina, intentan perpetrar su actuación desde la obediencia debida y en agradecimiento perpetuo hacía un poder que los designara bajo criterio digital, no vaya a ser que éste tenga demasiados sobresaltos en su día a día. Estos censores contemporáneos que, obviando lo efímera que es siempre la prebenda, suelen ser mansos corderos disfrazados con piel de lobo, no se nos olvide. Aunque ellos pretendan hacernos creer que van más de lo segundo que de lo primero en el discurrir de su hastiada vida.

[‘La Verdad’ de Murcia. 9-2-2016]

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