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La hemiplejía moral

ortega

Lo más cercano a una gran coalición que ha tenido nuestro país en su historia más reciente fue la lista de un hipotético gobierno que circuló por el Congreso de los Diputados en la noche del 23 de febrero de 1981. Se trataba de lo que entonces se dio en llamar ‘gobierno de concentración’, presidido por un anfibológico militar, el general Alfonso Armada, y en el que se integraba a personalidades políticas de la UCD, del PSOE, de AP e incluso una del PCE, así como a empresarios de la CEOE, un banquero, un periodista y algún que otro militar más. Aquel listado, que Armada propuso al henchido teniente-coronel Antonio Tejero en la noche más aciaga que nunca se haya vivido en el viejo palacio de la Carrera de San Jerónimo, estaba condenado al fracaso, no solo por su carácter de afrenta ilegítima sino también por su vacuidad.

El término gran coalición procede de la República Federal Alemana, cuando en 1966, el canciller conservador Kurt Georg Kiesinger, al que se presumía un pasado filonazi, logró formar gobierno con los democristianos de la CDU y los socialistas del SPD. Aquella fórmula motivó sonoras protestas, fundamentalmente de los sectores más jóvenes, como el movimiento estudiantil, el mismo que abominaba, entre otras muchas cosas, del carácter conservador, cerrado e intolerante de la sociedad en la que les había tocado vivir o de la presencia del ejército estadounidense todavía en suelo germano. El Mayo del 68 francés tendría notables repercusiones en la vecina Alemania, por lo que pudo considerarse esa denominada Oposición Extraparlamentaria como precursora de lo que muchos años después en España constituiría el 15-M.

Llegar a un entendimiento entre las dos grandes fuerzas políticas españolas, como en este siglo ha hecho hasta en dos ocasiones Angela Merkel, se me antoja aquí casi imposible. Y fundamento la tesis en el antagonismo ideológico ancestral que arrastra nuestra nación desde la Guerra Civil, acaecida hace casi 80 años, pero nunca apartada del imaginario colectivo del pueblo español. Y lo que es peor, de sus generaciones postreras. Sorprende haber alumbrado una Transición que se elogia como ejemplar, la vivida a mediados de los setenta del siglo XX, en un país sumido en la dicotomía permanente. Por tanto, que la derecha y la izquierda mayoritarias no se avengan a coaligarse, es algo que no debiera extrañar a estas alturas. Y es que ya no es declararse como antaño fiel devoto de Joselito o de Belmonte, del Madrid o del Barça, de la Piquer o de Juanita Reina. Más bien, parafraseando a Ortega, lo ser de izquierdas está resultando, como ser de derechas, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un perfecto gañán; ambas, sentenció el filósofo en La rebelión de las masas, como ostensibles formas de hemiplejía moral.

[‘La Verdad’ de Murcia. 26-1-2016]

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