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Mi padre salvó a Unamuno

unamuno salamanca

En 1979, cuando se habían celebrado las primeras elecciones municipales en la Transición, muchos ayuntamientos españoles optaron por cambiar el nombre de aquellas calles dedicadas a personas o símbolos relacionados con el régimen anterior. Así, en mi pueblo, donde habían ganado los socialistas, uno de los ediles más destacados en la flamante corporación encargó a mi padre, funcionario municipal que era, la elaboración de un completo listado del callejero local. Ambos se reunieron días después para repasar la nomenclatura. Sucesivamente se fueron eliminando del mismo la avenida del Caudillo, por supuesto, así como calles de los generales Sanjurjo, Moscardó y Millán-Astray o la de los caídos locales Pinar y Sánchez Bravo, en la que yo entonces residía con mis padres, mi abuela y mis hermanos. A esta última se la sustituyó por una impepinable calle de las Escuelas.

En aquella reunión que él me relató en su día, mi padre daba lectura al nombre de la vía en cuestión y el concejal exclamaba taxativo: “Esa fuera”. Llegaron así a mencionar a un escritor para el que, a priori, a los ojos de mi progenitor, no debería existir duda de que pasaría la criba. Leyó su nombre en voz alta: “Miguel de Unamuno“, a lo que el mencionado concejal respondió impertérrito: “Ese también fuera. Por fascista”. Mi padre intentó convencerlo de que, por su rigor y nivel intelectual, el escritor bilbaíno era merecedor de seguir presidiendo una calle en nuestro pueblo y que, si bien al comienzo de la Guerra apoyó a los sublevados, murió pocos meses después, en su casa, sometido a arresto domiciliario por estos, tras aquel sonado enfrentamiento en la Universidad de Salamanca con el fundador de la Legión y su “¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte!”. Supongo que aquella suerte de argumentario salvó del ostracismo, al menos en este caso, a uno de los mayores exponentes de la Generación del 98, en sus vertientes literaria y filosófica.

El actual equipo de gobierno en el ayuntamiento de Madrid estudia estos días cambiar los nombres de reminiscencia franquista, que aún perduran en la capital de España tras haber pasado casi 40 años de la muerte del dictador. Entre los cambios que se barajan, hay varios especialmente significativos: se trata de Salvador Dalí, Santiago Bernabéu o el torero Manolete. Veremos lo que pasa de aquí en adelante y si los tres reúnen, de acuerdo a las concepciones de los nuevos munícipes,  méritos más que suficientes para que no desaparezcan sus placas del callejero metropolitano. Siento en estos días que mi padre ya no esté entre nosotros, porque dado el caso sería un buen antídoto para razonar con los correligionarios de Manuela Carmena sobre la calidad de la obra enorme del pintor ampurdanés, el legado que para el fútbol español dejó el presidente madridista o la leyenda y el imborrable magisterio que el diestro cordobés transfirió para el arte de Cúchares.

Como dejó dicho el propio Unamuno aquel día aciago en el claustro salmantino, posiblemente venceréis, porque tenéis sobrada fuerza, pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir, añadía, necesitaréis algo que os falta para el caso: la razón. Algo de lo que algunos no andan muy sobrados en la España de hoy.

[‘La Verdad’ de Murcia. 17-7-2015]

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