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Entrecot para un dálmata

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Cuando todavía en España hacerse con un entrecot o un solomillo de ternera era casi un artículo de lujo, el dálmata de Yul Brynner los devoraba en un santiamén en el hotel Alhambra Palace de Granada, donde el actor se encontraba alojado mientras rodaba La leyenda de un valiente. Aquella película de aventuras, que contaba una historia localizada en la frontera noroeste de la India, se rodó parcialmente hacia 1967 en el pueblo granadino de El Padul, y una nívea Sierra Nevada pretendía dar la impresión de que el espectador contemplaba de fondo la imponente y extensa cordillera del Himalaya. En su reparto estaban también el veterano Trevor Howard y una joven aunque ya deslumbrante Charlotte Rampling.

La anécdota del perro de alguien para quien la calvicie era como el frac, que había que saber lucirla, me la transmitió la otra noche mi apreciado Juan, un granadino afincado varias décadas en Murcia y alma del restaurante Vía Apostolo, quien con apenas 14 años entró como botones en el mencionado establecimiento de lujo, de inconfundible estilo arábigo y por el que desfilaron toda suerte de autoridades y celebridades de la época. La gente que trabaja en este tipo de hoteles suele ser un pozo sin fondo de anécdotas y acontecimientos protagonizados por esas personalidades que, a la postre, suelen ser al final como todos los demás mortales. En la terraza cercana a la plaza de los Apóstoles, tras la cena, mi interlocutor nos relató un puñado de sucedidos sobre Elizabeth Taylor, Orson Welles o Rock Hudson, entre otros, que, plasmados en un libro de memorias, darían mucho juego. Sin embargo, no sé por qué regla no escrita, la gente que ha trabajado en esos sitios alberga casi siempre una especie de código ético que les impide ir más allá. Son, acaso, esclavos de una prudencia discreta, que ellos administran y por la que solo te transmiten lo que, bajo su particular sentido común, creen que el profano deba conocer.

Pero volviendo al dálmata, Juan nos contó que se alojaba a cuerpo de rey en una de las suites y al cuidado de un fiel asistente. Y que el animal, por muy refinado que se empeñaran en convertirlo, tenía sus necesidades fisiológicas y que, por tanto, las evacuaba cuando le venía en gana. Y era entonces cuando el solícito cuidador sacaba unas delicadas toallas de algodón y limpiaba a conciencia los restos que se posaban en el trasero de tan privilegiado can, que no llevaba una vida perra, precisamente, y sí más que placentera, mientras recorría el mundo haciendo leal compañía a su afamado dueño. Fue Yul Brynner ese tipo de sibarita de quien se solía decir que jamás confundió una botella de vino ni el color de una corbata, al tiempo que explicaba a todo el que quería oírlo que su éxito se debía a dos cosas fundamentales: a las hojitas de afeitar y al misterio. Algo tan simple pero, a la vez, tan complejo en un ser humano.

[‘La Verdad’ de Murcia. 26-6-2015]

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