Virolas

Eterno Labordeta

Labordeta

José Antonio Labordeta hubiera cumplido hoy 80 años. Pero murió hace cinco. Tuve la suerte de conocerlo en Zaragoza. Asistió a algunas de las tertulias que en los 90 yo coordinaba en Radio Nacional, en la calle Albareda. Era todo un personaje. Un día, antes de ponernos al micrófono, hablamos de Murcia y de un programa de la serie de TVE ‘Un país en la mochila’ que había rodado junto al cauce del río Mula, por la zona de los Baños, Albudeite y Campos del Río. Tenía el don especial de sacar lo mejor de la gente, como aquella mujer que le contó con detalle a qué se llevaban algunos a la mozas a los baños termales. 

Recuerdo que en los cinco años y pico que permanecí en la capital aragonesa protagonizó varias despedidas de los escenarios. Acudí a varias de ellas. La gente lo quería. Era parte consustancial del terruño, como el Ebro, la jota o el ternasco. Luego dio el salto a la política, con la Chunta. Seguí sus pasos por los medios. Y sus broncas, como cuando desde los escaños populares lo mandaron con su mochila a Teruel y desde la tribuna del Congreso espetó aquel ‘¡A la mierda!’, que sonara como un cañonazo percutido por la mismísima Agustina de Aragón. Murió de un cáncer de próstata en el hospital Miguel Servet, esa mole que se divisa desde el graderío de La Romareda, donde deambula por la Segunda División un Real Zaragoza del que se declaró hincha acérrimo hasta el final.

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