Virolas

Periodistas o fiscales

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Es harto conocido que en 1997 el periodista televisivo, Jeremy Paxman, formuló al ex ministro del Interior británico, Michael Howard, hasta una docena de veces la misma pregunta, ante la negativa del político conservador a darle una respuesta digamos que convincente. Ocurrió en la BBC, un medio de comunicación público, espejo para cuantas empresas de comunicación pretenden verse en ella reflejadas. Paxman, junto a otros profesionales de esa cadena, son el vivo ejemplo del periodista agresivo, que llega a someter a un tercer grado a su entrevistado, ejerciendo más que como comunicador como fiscal de sala. Su estilo y sus formas se podrán o no discutir, pero es lo que hay.

Alguien, estos días, ha mencionado a Paxman para referirse a la entrevista a la que se sometió en el Canal 24 horas de TVE al secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Quizá la charla hubiera pasado desapercibida –su audiencia no fue excesiva, la verdad sea dicha– de no ser por una pregunta que en la recta final de la misma le formuló el presentador del programa, Sergio Martín, en relación a su posible estado de enhorabuena ante la salida de las prisiones de algunos presos de la banda terrorista ETA. El tono y sobre todo el fondo de la misma han llevado al Consejo de Informativos de TVE a pedir el cese del periodista, que es a su vez director del mencionado canal.

Algunos de los contertulios que participan en el programa, y no de manera altruista precisamente, han salido en defensa del entrevistador, apelando a la libertad de expresión y a lo sagrado que debería ser la capacidad de poder preguntar lo que se quiera. Así debe de ser. Pero siempre. Y es que hay que medir con el mismo rasero todas y cada una de las situaciones. Por ejemplo: Paxman, en la BBC, fue capaz de preguntar y repreguntar no solo a un político del gobierno de turno, también a uno de la oposición, y viceversa, ya sean estos laboristas, conservadores o liberales. Lo que ya pongo en duda es si, en el caso de que el invitado de la otra noche hubiese sido alguien del gobierno español o del partido que lo sustenta, el interrogatorio hubiera consistido en preguntas como esta: “¿Están las cárceles españolas preparadas para alojar a tantos gobernantes implicados en supuestos casos de corrupción?”. O mejor esta otra: “¿Considera motivo suficiente para dudar de la catadura moral de un gobernante que la reforma de la sede de su partido, según le consta al juez, se haya llevado a cabo con dinero negro?”. Seguro que Paxman, en su caso, no se hubiera cortado un pelo.

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