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UPyD, Ciudadanos y la gaseosa

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Desconozco, porque no soy experto en cromática, qué color saldrá de mezclar el magenta con el naranja. Lo que sí detecto meridianamente es que no deben andar muy lejos dos partidos que tienen como lemas ‘la unión hace la fuerza’ y ‘la fuerza de la unión’. E intuyo que llegar a un acuerdo entre UPyD y Ciudadanos nunca supondrá mezclar aceite y agua. Su basamento electoral es tan próximo que a muchos de sus votantes les surgen serias dudas, sobre si elegir una u otra formación, cuando se personan en un colegio a depositar la papeleta el día de las elecciones.

He leído con sosiego los 20 puntos que el partido de Rosa Díez propone para alcanzar acuerdos con otras fuerzas. No creo, como tampoco lo piensa el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que sean un serio obstáculo para llegar a alcanzar conclusiones. Hablar de que sólo se llegará a acuerdos con otras fuerzas ‘de ámbito y proyecto político nacional’ no debería implicar que a Ciudadanos no se le pudiera considerar un partido de implantación estatal. Cierto es que se trata de una fuerza nacida en Cataluña como respuesta al nacionalismo excluyente y a la tibieza que allí han mostrado tradicionalmente los partidos constitucionalistas. Pero también lo es que el núcleo de UPyD salió del País Vasco por unas circunstancias muy parecidas, a las que habría que añadir el posicionamiento ante el fenómeno terrorista.

Transcurrido el tiempo, UPyD se ha expandido por las distintas comunidades autónomas y ayuntamientos, siendo incluso pieza clave en instituciones como el gobierno del Principado de Asturias. En contraste, Ciudadanos ha caminado con más lentitud en ese sentido, reconociendo que su proyección nacional no ha rayado a la misma altura que el anterior. Ello no obsta para que, en las pasadas europeas, el elector en cualquiera de las provincias haya identificado perfectamente la papeleta en cuestión. Además, en lo programático, si profundizamos un poco, tampoco resultan ni tan distintos ni tan distantes.

Si como dice Albert Rivera, el proyecto de coaligar ambas formaciones es la apuesta más seria para activar una tercera vía democrática y constitucionalista en este país, alguien no debería perder la oportunidad de apuntarse un tanto que podría ser histórico. Destacados impulsores de esa idea, como el filósofo Fernando Savater, lo tienen claro desde hace tiempo y se han mostrado públicamente como firmes partidarios de ello.

Es de esperar que las reticencias que surgen a la hora de negociar entre ambas partes no estén radicadas en una cuestión de meros liderazgos personales o de obsoletos protagonismos. Porque nadie debería fagocitarse a nadie. Lo que convendría es que no obviaran que el caudal electoral de los que no volverán a apostar por cualquiera de las dos fuerzas mayoritarias es cada vez más amplio. Y que sean conscientes de que, aún entendiendo que la irrupción de fenómenos populistas de izquierda pueda servir para despertar del letargo a la atolondrada clase dirigente española, esos huérfanos votantes prefieran experimentar en sus casas, antes de llegarse hasta las urnas, con una simple botella de gaseosa.

[‘La Verdad’ de Murcia. 16-9-2014]

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