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Sencillamente se va la vida

Lluis_Llach-Maremar-Frontal

Hay una canción de Lluís Llach, de las más hermosas del cantautor gerundense, que tituló ‘Un núvol blanc’ (Una nube blanca). Es una composición en catalán que publicó hace casi treinta años, en la que se mezclan la añoranza y la melancolía, y que escucho de vez en cuando. Ahora, he vuelto a hacerlo. Y lo he hecho porque este 2014 está siendo cruel, despidiendo de forma prematura a compañeros del gremio con los que tuve la suerte de convivir.

Fue el caso de Gerardo Aguilar, a principios de año, casi sin que nadie se enterara, como si éste no quisiera hacer mucho ruido; él, al que tanto le gustaban las cosas a lo grande y con estruendo. A Gerardo, que era como era, lo supongo haciendo ‘mutis por el foro’ con esa risa contagiosa que se gastaba ejerciendo de ‘dandy’ del oficio.

Luego se nos marchó Tito Bernal, en poco tiempo, quizá porque lo que realmente quería era contemplarnos desde lo más alto, como había probado a hacer últimamente desde un autogiro.  Fue un reportero gráfico ya casi en extinción en el periodismo de provincias, de esos capaces de adelantarse al redactor con la primicia bajo el brazo.

Patxi Gomariz fue el tercero en discordia. Y también lo supongo con ansias de volar, pues había fundado un digital al que nombró ‘El Pajarito’ y que se convirtió en una especie de mosquito zumbón y molesto para con determinadas esferas del poder. Dejó dicho a sus más allegados que no quería excesivas tristezas.

La última ha sido una mujer: Carmen Guzmán. Comenzó muy joven, para marcharse a la Escuela de Periodismo y enrolarse en varias publicaciones madrileñas. Acabó en el gabinete de prensa del PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra preparando su aterrizaje en La Moncloa del 82. Seguro que Carmen pudo haber elegido algo mejor, si bien optó, algún tiempo después, por volver a su tierra. Lo hizo a la agencia Efe y no como delegada, sino como redactora. Se pateó miles de ruedas de prensa y sucedió a su padre en la dirección de la Vuelta Ciclista a Murcia. Recién llegada, cuando nos conocimos, quizá por la osadía que sólo presta la juventud, le pregunté una noche por ello. Le dije que cómo no había elegido un destino más goloso. Me contestó enigmática entonces que algún día me lo explicaría. E intuí que en su respuesta subyacía algo que cada vez se estila menos: una simple cuestión de principios.

Y ahora, cuando Gerardo, Tito, Patxi y ella misma se nos han marchado, vuelvo a escuchar las estrofas de un melancólico Llach, uno de los padres de la ‘nova cançó’. Esas que, de forma tan descarnada como sutil, nos recuerdan lo efímero de todo esto: Senzillament se’n va la vida, i arriba / com un cabdell que el vent desfila, i fina…”.

[‘La Verdad’ de Murcia. 18-4-2014]

 

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