Virolas

El rey de las camas

RabalyRey

El genial Paco Rabal solía recordar que la primera frase que pronunció en el cine fue una réplica a su amigo Fernando Rey, y que por aquello le abonaron 125 pesetas de la época. Años después, en 1961, ambos rodaron Viridiana, a las órdenes de Luis Buñuel, coprotagonizando la película con la actriz mexicana Silvia Pinal y obteniendo el público reconocimiento con la prestigiosa Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Apenas un año después, en 1962, los dos actores se subieron a las tablas del Teatro Español, en una excelsa versión de Becket, de Jean Anouilh, bajo la dirección de José Tamayo, en la que el murciano daba vida a Enrique II y el gallego, al arzobispo de Canterbury. En su crítica en ABC, Alfredo Marqueríe hablaba de que “Francisco Rabal, lleno de vigor y de ímpetu, de viril arrojo y de arrebatada pasión, de rudeza unas veces y de contenida ternura otras, y Fernando Rey, sutil cortesano y fervoroso arzobispo marcando la transición de su papel con magistrales matices, fueron los héroes del estreno”. Y concluía: “¡Esto sí que es teatro, del bueno!”.

Fueron estas algunas de las ocasiones en las que ambos actores, de lo mejor que ha dado nuestra escena, coincidieron trabajando. Sin embargo, fuera de las pantallas y las tablas, se contaba una anécdota desternillante protagonizada por ellos en plena Gran Vía madrileña, ocurrida en un día en el que por ella paseaban un tanto efusivos y digamos que algo chispeantes. Fernando Rey había protagonizado en la década de los 80 un anuncio de colchas en TVE que contenía un sugerente eslogan, y que luego explotaría el también actor californiano Lorenzo Lamas. Una mujer los abordó y, equívocamente, se dirigió a Rabal: “Vaya, es un placer conocer en persona al rey de las camas”. Mas el actor aguileño la sacó de su error con una de sus genialidades que, no por resultar acaso un tanto procaz, pareciera menos inopinada. Con su voz grave y su gesto osado, le espetó: “No señora, el rey de las camas es este señor. Yo, lo que he sido y aún soy es un gran follador”. Cabe imaginar la cara de la confundida admiradora, si bien es cierto que no hay constatación alguna que nos ponga sobre la pista del alcance del sofoco.

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