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El palíndromo y la tómbola

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Un palíndromo es aquella palabra, número o frase que uno puede leer indistintamente hacia adelante o hacia atrás. Somos, reconocer o sometemos serían algunos ejemplos. En política, un palíndromo podría ser el equivalente a aquel individuo con una función similar: el que puede progresar o retroceder, según convenga. En nuestro país, muy dados a saltarnos los canales democráticos para adoptar determinadas decisiones, un palíndromo pudiera resultar aquel individuo al que su jerárquicamente superior designara para tal o cual misión. Y eso no es privilegio de un solo partido. La designación digital o dactilar está a la orden del día y lo peor de todo es que nuestra sociedad haya terminado por contemplarla como algo de lo más normal. Nadie se extraña ni se altera.

Un palíndromo puede ser también aquel político que acabara su gestión instalado en la misma mediocridad con que la inició. Y ello, pudiendo haber abandonado el puesto en el momento y la circunstancia precisa para salir lo suficientemente airado y con ribetes de honor.

Palíndromo puede resultar, además, aquel otro responsable público, agazapado al abrigo del poder, cargo tras cargo, año tras año, que ya no recuerda ni cuándo fue la última vez que trabajó para algo que nada tuviera que ver con su partido. Pertenece a esa casta que nutre las nóminas del erario, al que todos prometen someter a un estricto régimen, pero que nadie se atreve a adelgazar.

El fraude de una democracia lo constituye ese elenco de personajes que vive de ella sin creérsela. Cuando llevamos viviendo en libertad el mismo tiempo que lo hicimos en dictadura, hay vicios que no han cambiado. Y son esos tics los que inducen a las generaciones que nos sucederán, muy posiblemente, a no creer en casi nada de lo que les contemos. Por muy trascendentes que nos pongamos o por muchas batallitas que les narremos. Porque contemplando el paisaje y el ejemplo que estamos dando, no dudo de que lleguen a la conclusión de que la conquista de la libertad y la democracia fue algo que nos tocó una noche de feria en la rifa de una ruidosa tómbola.

[‘La Verdad’ de Murcia, 20-3-2014]

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