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Pelos en la gatera

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Cuando hace más de 30 años empezaron mis incursiones radiofónicas, los veteranos del oficio me contaron que, no hacía mucho, todo aquello que fuera susceptible de censura tenía que pasar previamente por el Gobierno Civil donde alguien, a través de un sello, daba el ‘nihil obstat’ para su posterior emisión. Eso lo supe cuando apenas nuestro país acababa de salir de un periodo autoritario y despertaba a las libertades. Siempre he creído que la Transición española, ejemplo, dicen, para otras latitudes, se dejó como pelos en la gatera algunas asignaturas pendientes que, aún hoy, no hemos logrado superar. Una de ellas, tristemente reverdecida en estos días de otoño inusitado en la tierra de las flores, de la luz y del amor, ha sido la del papel desempeñado por los medios de comunicación de carácter público.

Habrá que sincerarse y si es preciso hasta pedir perdón pero, con contadísimas excepciones en todo este tiempo, es muy posible que la radio televisión pública española, en general, no haya sabido estar a la altura que la propia sociedad le demandaba. En ello, todos deberíamos hacer autocrítica, si bien la responsabilidad última ha de recaer en los sucesivos gobiernos, obsesionados por el control político de esos medios, en detrimento del criterio de sus profesionales, muchas veces ninguneados por los que, desde los más altos puestos de mando, perpetraban la gestión de la cosa.

El nacimiento de las televisiones autonómicas incrementó más, si cabe, ese carácter ‘paternalista’. Y duele reconocer con tristeza para cuantos abogamos por la defensa de la libertad de expresión, que éstas se convirtieron en potentes altavoces audiovisuales del ejecutivo de turno –fuese del signo que fuese–, que encontró en ellas una prolongación, aun más eficiente, de su propio gabinete de prensa. Colocando a los fieles en los puestos clave, el gobernante se aseguraba que el patio –es decir, la redacción– estuviera a buen recaudo. Nada nuevo, por otra parte, respecto a lo que ya se practicaba en el denostado NO-DO franquista, al que por lo menos habrá que agradecer, aparcando su flagrante tendenciosidad, el impagable archivo de imágenes que nos legó para la posteridad.

Mientras a comienzos de los años setenta en otros puntos del planeta unos periodistas provocaban la dimisión por embustero del más poderoso de los presidentes, aquí todavía andábamos enzarzados con el parte de Radio Nacional. Y de eso hace apenas cuatro décadas, en las que, se me antoja, no hemos debido cambiar demasiado. Porque desde 1977, pocos gobiernos se han salvado de ejercer ese ‘paternalismo’ sobre los medios públicos, quizá como rémora heredada de aquellos tiempos en los que no había lugar a la crítica ya que el Estado era casi dueño y señor de almas, haciendas y voluntades. Y además, antes tal que ahora, no nos engañemos: ¿cómo alguien que debía su cargo –o incluso su puesto de trabajo– a un gobernante político, iba a atreverse a decirle en la cara lo que aquel niño espetó al emperador del traje invisible en el cuento de Hans Christian Andersen? “¡Pero si va desnudo!”.

[‘La Verdad’ de Murcia. 14-11-2013]

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