Virolas

El triunfo de la humildad

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La noche en que el restaurante El Celler de Can Roca obtuvo su tercera estrella Michelin, un grupo de gerundenses se plantó de forma espontánea a las puertas del local con la intención de homenajear a sus propietarios. Era a finales de noviembre de 2009. “Venimos de un barrio obrero, de un restaurante que empezó modesto, y estamos ahora en un cielo gastronómico que nunca habíamos pensado tocar”, reconoció emocionado entonces uno de ellos. Los hermanos Joan, Josep y Jordi Roca han sabido maridar como pocos tres pilares del universo gastronómico: la cocina, el vino y la repostería. Los tres son como la Santísima Trinidad en el local fundado en 1986 por sus padres, sobre una fonda que ya regentaban los abuelos. Se cuenta que los tres comen a diario de la olla materna. Y quizás en ese no renunciar a sus orígenes radique buena parte de su éxito.

El hermano mayor, Joan, que se formó en el legendario elBulli, pasa por ser un pope de la cocina, combinando magistralmente tradición e innovación. A pesar de ello, asegura que cada día aprende algo nuevo y por eso cuando viaja regresa a Girona con la alforja llena de conocimientos culinarios. Habla de un triángulo creativo con sus dos hermanos y, prueba de ello, es que cada mesa del comedor en su local se decora en el centro con tres rocas alusivas al apellido paterno. Son los Roca como los tres mosqueteros de los fogones. Por eso se sienten tan orgullosos de gozar del cariño, el afecto y la complicidad que le muestra inusualmente el resto de una profesión donde, a veces, se mira de reojo a la competencia.

El pasado lunes, El Celler de Can Roca se alzó con la distinción de mejor restaurante del mundo para la prestigiosa revista británica Restaurant. Esos premios se consideran como los Oscar de la gastronomía. Desaparecido elBulli, el Mugaritz de Andoni Luis Aduriz ocupa el cuarto lugar en esa lista, mientras el donostiarra Arzak es el octavo. Por suerte, la restauración española sigue en la elite mundial al tiempo que sucumbe nuestro fútbol, del que los cocineros hispanos se declaran, por cierto, y de forma mayoritaria, aficionados incondicionales.

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