Virolas

A palazos, contra la melancolía

Uno de los máximos exponentes del avant-garde, el norteamericano John Cage, a quien entusiasmaba recolectar setas, solía decir que no hacía falta renunciar al pasado al entrar en el porvenir y que, al cambiar las cosas, tampoco era necesario perderlas. Estoy seguro de que a este músico, pero también filósofo, poeta, pintor y micólogo, le hubiese encantado llegarse un día hasta la ribera del Mar Menor, sentarse sobre el agua en la terraza de la Pescadería de Miguel, en Santiago, y degustar un caldero como Dios manda. Eso, si aún viviera Cage, le habría sido imposible desde que hace un par de años una ley muy administrativa pero muy poco sentimental, acabara con un local por el que tantos hemos desfilado. Qué cosas tengo: decir que una ley pueda tener sentimientos. Bueno, más bien los que no los tienen son aquellos que las dictan y que, al fin y al cabo, somos los hombres.

En 1965 comenzó su andadura en la playa de Barnuevo el negocio de El Mariche, sobre un terreno de dominio marítimo-terrestre, cierto es, pero con una concesión de explotación que se prolongaba a lo largo de casi 100 años. Sin embargo, la ley de Costas de 1988 la redujo a solo un cuarto de ese tiempo. Y hace dos, tras una dura batalla legal, ocurrió lo que muchos nos temíamos: que se acabarían los calderos, los sabrosos langostinos, el cogote de merluza de pincho, el atún de hijada a la plancha, los lenguados y salmonetes, la gamba roja, la hueva y los letones, las almejas de carril o las cigalitas… Y todo, con la garantía de la frescura que proporcionaba al producto tener contiguo al restaurante el mostrador de una imponente pescadería.

En varias ocasiones visité ese local. Lo hice desde niño y como tantos domingueros cuando el Seat 600 trasladaba a mi familia hasta la zona. Ya de mayor, un día, un grupo de amigos nos fuimos hasta allí con la excusa de celebrar algo. Comimos como reyes, en una jornada primaveral en la que el sol brillaba como nunca, o eso al menos me pareció a mí. También, en otra oportunidad, estuve allí con alguien a quien, como sentenciara Camus, nunca podría brindarle amistad después de la interrumpida travesía sentimental en la que ambos nos embarcamos una vez. De aquellas visitas guardo el mejor de los recuerdos, aunque ahora vea con tristeza que la pala ha actuado de forma inapelable, derribando un sitio que entrañaba no solo inolvidables recuerdos gastronómicos sino también vivencias entrañables que componen un proceloso existir. En fin, que vamos a ver si a palazo limpio acabáramos con la melancolía.

*La fotografía que ilustra este post es de María José Garcerán, de ‘La Opinión de Murcia’

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