Virolas

Tan digno como discreto

John Gielgud ya había representado Enrique V y Hamlet (éste último montaje, junto a Laurence Olivier) cuando en octubre de 1953 fue arrestado por su condición de homosexual. La reina Isabell II acababa de nombrarlo Sir y, poco después, la policía lo detenía en unos urinarios públicos por “importunar a otros varones con propósitos deshonestos”. En aquel tiempo, se había desatado en su país una terrible persecución contra aquellos a los que se consideraba propagadores de un cáncer, una droga, una epidemia y, por tanto, una enorme amenaza contra la Gran Bretaña. Fue llevado a juicio y pudo sentarse en el banquillo con otra identidad. Sin embargo, un periodista lo descubrió, revelando que se trataba de un celebrado actor que ya se hallaba en la cumbre de la fama. Fue declarado culpable y se le impuso una multa por la onerosa cantidad de diez libras.

A raíz de ese episodio, Gielgud entraría en una enorme depresión que casi le conduciría al suicidio, como anunció en una reveladora y alarmante misiva a la que había sido estrella del cine mudo, su íntima amiga Lillian Gish. Superado tan doloroso trance, sus compañeros de profesión quisieron desagraviarlo con el montaje de A Day At The Sea, de N. C. Hunter, que Gielgud protagonizó tras recibir una espléndida y prolongada ovación de todo el teatro puesto en pie.

Actor de sólida formación, su paso por la Lady Benson’s Dramatic Academy y la Royal Academy of Dramatic Art, había apuntalado su bagaje escénico. En el cine, sin embargo, sería un secundario de lujo que trabajó con lo mejor de lo mejor: Hitchcock, Mankiewicz, Welles, Preminger, Attenborough o Resnais, lo reclamarían en el reparto. Su personaje predilecto fue el Próspero de La tempestad. Peter Greenaway la adaptó para el cine (Prospero’s Books) y llamó a Gielgud quien, con 87 años, no tuvo rubor en desnudarse ante la cámara.

Se cuenta de él que tan solo, a lo largo de sus 96 años de vida, se tomó, mientras estuvo en activo, unas prolongadas vacaciones. Fueron cuatro semanas entre un papel y otro. Vivió como ejerció su opción sexual: con tanta dignidad como discreción.

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