Virolas

Mendigos en la calle

La situación socio-económica en nuestro país está llevando a mucha gente a la calle. Literalmente. Las organizaciones sociales aseguran que están al límite de sus posibilidades ante la avalancha de personas que carecen de lo más elemental. Solo el dato de las comidas que en sus comedores se sirven a diario muestra bien a las claras que no se vislumbra una mejora a corto o medio plazo.

Todo ese panorama es especialmente llamativo en las calles de una ciudad como Murcia. Si cuando las cosas iban bien, en esa época de supuesto desarrollismo que nos ha dejado tentetiesos, las mismas estaban tomadas por una legión de mendigos y pedigüeños, la cosa ahora resulta asfixiante. Siempre se ha dicho que esta ciudad atrae a este tipo de personas. El clima, dicen, juega un papel fundamental en un sitio que goza de otros atractivos. Quizá también que sus habitantes sean generosos y solidarios para con el necesitado.

Hoy, sentarse en una terraza, supone que desfilen ante ti un elenco de personajes que, muchas veces, ya conoces por la reiteración de su proceder. Podríamos hacer hasta un catálogo con ellos. Los hay más o menos veteranos, nacionales o extranjeros, e incluso más o menos amables a la hora de demandar lo que buscan. Lo sorprendente de todo esto es la pasividad que casi siempre han demostrado las autoridades con esta gente. Me suena que existe una especie de ordenanza contra la mendicidad, algo que se incumple no solo por el que -así he de creerlo- precisa pedir por carecer de todo, sino por quien debe velar por el cumplimiento de la ley; esto es, la policía local.

Por supuesto que el problema de la mendicidad no es exclusivo de Murcia. Seguro que me dirán que hay otras muchas ciudades que lo tienen. Pero lo que me cuestiono es si en las proporciones a las que la dejadez gubernativa nos ha conducido en mi ciudad. Pocas veces se oye hablar a los políticos de este tema. Ellos, como siempre, están a lo suyo. Y supongo que ésta será una cuestión menor. Pero lo cierto es que, al amparo de la cada vez más empinada cuesta, el número de personas que se pasan el día en la calle realizando esa ingrata labor va a más. Con todo el dolor que ello conlleva y con lo lamentable que, como sociedad del supuesto bienestar, nos pueda resultar. Pero una cosa es atender las necesidades y otra que la calle se convierta en una especie de zoco medieval donde los aristócratas pasean en sillas que portan sus lacayos y los vagabundos merodean ataviados con harapos en su solemne pobreza.

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