Virolas

Elogio del canalillo

En la vida hay cosas que van por un lado mientras la gente hace de su capa un sayo. Qué remedio. Así ocurre, por ejemplo, con algunas de las recomendaciones de la Santa Madre Iglesia. O con la declaración de la Renta, pongo por caso. La Real Academia Española acaba de dar entrada en su diccionario a una serie de palabras, algunas de las cuales uno ya creía que lo estaban de pleno derecho. Bien es cierto que otras han surgido al albur de los tiempos modernos que corren pero, de la que me ocupo, no es el caso. He visto el listado y en él aparece una que siempre me pareció tan atrayente como sugerente: canalillo. En su acepción, la RAE lo define como el comienzo de la concavidad que separa los pechos de la mujer tal como se muestra desde el escote. Y quién no se ha detenido alguna vez con delectación ante tal panorama. El canalillo fue, es y será siempre una estampa que, lejos de sexismos y obsesiones más o menos verdes, nos conducirá hasta las entrañas de aquel ser que nos obnubilará por un instante. Ese que surge entre las décimas de segundo que transcurren entre la desviación de nuestra mirada hacia ese punto y la percepción de la propietaria que, un tanto azorada, se recompone la blusa en un gesto que nunca le quedará lo natural que ella quisiera.

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