Virolas

El laberinto y el precipicio

A mí, sinceramente, se me antoja que en esta crisis puñetera hay dos tipos de dolientes, como en casi todo en la vida: los que vemos los toros desde la barrera y los que pisan el albero. Yo, y no me duelen prendas al reconocerlo, estaría entre los primeros, lo que no es óbice para que me sienta solidario con los que lo están pasando tan mal. Porque basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar cómo está la cosa. El otro día, un responsable de Cáritas comparaba la situación en nuestro país con lo vivido en la posguerra. A los comedores sociales ya no acuden tan solo indigentes o inmigrantes como antaño, y sí familias que, hasta hace poco, engrosaban eso que se daba en llamar la sólida clase media.

La medida de muchas cosas te la suele dar la gente que tienes más cerca. No hace mucho, alguien me ha puesto un ejemplo que sitúa bien a las claras que, también por arriba, la cosa no anda fina. Al desprenderse de algo que atesoraba y recibir por ello una cantidad respetable de dinero, me indicaba que eso, en otro tiempo, podía ser lo que gastara en ropa en una sola tarde, preparando los armarios para la nueva temporada y que, quizás, su situación actual le sirviera como una suerte de penitencia.

Mas por abajo, claro, la cosa pinta aún peor. Hay gente a la que los bancos entregaron dinero a manos llenas siendo estas entidades perfectamente conscientes de que su capacidad de maniobra, en caso de que les vinieran mal dadas, sería mínima. Los préstamos se otorgaban con una alegría que ya para sí quisiera Alicia en su país de las maravillas. Ahora, a aquella pobre gente, esos mismos prestamistas, le han despojado de casi todo y son legión en los comedores sociales e incluso a la más absoluta intemperie.

Leo mientras escribo que el Fondo Monetario Internacional atisba un déficit de 40.000 millones en la banca española. Habrá quien diga que se queda corto. Y es que algo se habrá hecho mal en todo este tiempo desde esas entidades, que ahora van cayendo como fichas de dominó. Da la impresión de que nos hemos metido todos en un callejón sin salida y que no se vislumbra una solución fácil. Es como esa atracción de feria, esa especie de laberinto con espejos del que se hace imposible escapar hasta que alguien del propio entramado, en tu desesperación, te abre una puerta para que salgas. El problema aquí, quizá estribe en que quien nos abra esa puerta sea alguien que nos aboque a un precipicio en el que nos estrellemos sin remedio.

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