Virolas

‘Hagas lo que hagas, ámalo’

‘Tarde o temprano, llega un momento en el que hablar y estar callado es la misma cosa.’

Hay películas que uno vería mil veces. Una de ellas es Cinema Paradiso, una de las que consideraríamos contemporáneas y que es un clásico en su género. He vuelto a verla y a emocionarme. Es difícil no hacerlo. Su director, Giuseppe Tornatore, supo plasmar en el guion los más intensos sentimientos encontrados. Todos nos hemos sentido como Toto en nuestras vidas; y en ella hemos tenido un Alfredo y seguro que, también, una Elena.
A la hermosa plasticidad de la imagen se unió una inigualable banda sonora del siempre impresionante Ennio Morricone, lo que desembocó a uno de los más bellos homenajes al séptimo arte. Me considero afortunado por haber conocido alguno de aquellos cines de pueblo, como el que se retrata en la cinta y que se localiza en un recóndito lugar de Sicilia. Recuerdo en mi infancia una noche en la que llegué con mi padre hasta una antigua centralita de teléfonos y cómo desde la planta alta un grupo de gente contemplaba por su ventanal la inmensa pantalla del cine de verano contiguo. Esa imagen se me repite en la retina cada vez que visiono algunas escenas de Cinema Paradiso.
Su protagonista, Salvatore Di Vita, cineasta de éxito, ejemplifica las contradicciones a las que muchas veces nos arrastra el destino. Rompe con todo, deja sus raíces y triunfa en el campo profesional, rehuyendo de otros compromisos sentimentales que le atenacen. El consejo de Alfredo fue marcharse sin mirar atrás y, así, no dejarse engañar por la nostalgia y la melancolía que adereza nuestro sentir cuando pensamos en lo que pudo haber sido y no fue. Mas hay otro pasaje en la película especialmente emotivo: es cuando el ciego le explica al joven la historia de la princesa y el soldado. Previamente ya le había advertido que con los sentimientos no hay nada que entender, ni que dar a entender.
La escena final de la película, esos besos tantos años robados y encadenados en un montaje que te pone los pelos como escarpias, es la máxima expresión de cuanto simboliza un espléndido relato sobre el sentido de la vida.  El tiempo suele ser la medida de casi todas las cosas. Y la gente que nos quiere y nos ha querido sin contraprestaciones, lo más valioso que podremos atesorar al final en nuestro bagaje existencial.

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