Virolas

La #primaveravalenciana

La ira rebelde que se trasluce en las miradas de los jóvenes de la #primaveravalenciana no responde tanto a los porrazos recibidos por las defensas que portan los antidisturbios sino, más bien, al callejón sin salida al que se está llevando a toda una generación. Cuando estudiábamos, los de la mía, ya suponíamos que el camino no sería fácil para encontrar un empleo el día de mañana, pues la Transición española también estuvo preñada de altibajos socio-laborales, de paro, de inflación y de otras lindezas que la maltrecha economía de aquellos años de plomo nos regaló. Sin embargo, creo sinceramente que la vida no nos trató tan mal, pasado el tiempo.

Lo ocurrido estos días en Valencia invita torticeramente a la generalización de decir, por parte de los unos, que todo responde a la provocación de una izquierda ultramontana que no sabe perder y que pretende ocupar la calle para hacerse patente y, por parte de los otros, que hay una derecha cavernícola que enseña sus colmillos al mes y medio escaso de instalarse en el Gobierno del Estado. Sería ese un análisis simplista si no fuéramos capaces de relacionarlo todo con el clima de general desesperanza que se vive en nuestro país y que, al menos a corto y medio plazo, no tiene visos de dar un cambio radical.

Nadie negará ahora que revueltas como esa son caldo de cultivo para determinados elementos incontrolados que aprovechan la más mínima para hacerse notar. Recuerdo ahora al tristemente famoso Cojo Manteca, aquel personaje valleinclanesco que cobró notoriedad el día en que una cámara de televisión captó su hazaña, al destrozar impunemente el mobiliario urbano pertrechado con una muleta y en medio de una colosal refriega. Pero ese tipo de espíritu no representa el sentir de una gente joven que hoy en día, a falta de expectativas en su futuro, prefiere considerarse outsider de un sistema en el que los políticos les hablan en un lenguaje extraño y casi incomprensible, sus perspectivas de cara al mañana son más que funestas, la enseñanza va de capa caída, los profesores andan algo más que desmotivados, mientras sus padres, sumidos en el desconcierto general, hacen lo que buenamente pueden. Que ya es bastante.

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