Virolas

En el nombre del padre

Mis padres, siendo novios, en la década de los años 50

[‘Mi padre era poco amigo de explicaciones. Pienso que tal vez prefería enfrentarme al paisaje, a los hombres, a las cosas que pueden ayudar a entender la vida, para que poco a poco yo sacara mis propias conclusiones. Tenía, sí, el buen tacto de no ofrecerme espectáculos vulgares. Muchas veces, con una mirada o una palabra, me ordenaba alejarme de gentes que él no consideraba oportunas o dignas para mis ojos.’ Atahualpa Yupanqui]

A las puertas del tanatorio, un buen amigo me cogió del hombro y me dijo: “Ahora es cuando, por fin, te has hecho mayor”. El recuerdo más lejano que conservo de mi padre es el de ir una tarde juntos, paseando un carrito cerca de las vías del tren en la estación de mi pueblo. Íbamos él y yo solos. Al llegar a los andenes, allí estaba mi tía materna que se disponía a coger un ferrobús para visitar a una amiga en una localidad cercana. Ella se empeñó en que la acompañara. Yo, que tendría apenas 3 o 4 años, me negaba. Pero ella insistía. Convenció a mi padre y me subieron a aquel tren de cercanías. Yo lloraba desconsoladamente. Ni siquiera el revisor, tocado con su gorra de plato, podía conformarme. Recuerdo la imagen de mi padre en la estación, saludándome cuando la máquina arrancó, y la sensación de soledad y abandono que aquello me produjo. Hoy, más de cuatro décadas después, puedo asegurar que esa sería la única ocasión durante la vida de mi progenitor en que me sintiera huérfano de su protección, pues siempre sentí su aliento en mis éxitos pero, y lo que es más importante, también en mis naufragios.

La pérdida de un padre es ley de vida. Esa frase la he oído reiteradamente estos días. Y, efectivamente, es lo que marca la propia naturaleza: que los hijos sobrevivan a los padres, pues lo contrario sería ir contra natura.

Ver cómo se extingue la existencia de un ser querido es una experiencia que nunca imaginé que produjera las sensaciones que experimenté: mi padre murió en paz, en la cama de un hospital, mientras yo le observaba a los pies de la misma en su despedida definitiva. Sé que él temía ese viaje, pero observando su rostro tras el trance no puedo imaginar que allá donde esté no haya encontrado la paz y el sosiego que le restaron estos últimos tiempos de enfermedad.

Mi padre asumió hace casi una década su condición de convertirse en un ser dependiente; de ver mermada su vida social y de limitar su existir al habitáculo de su casa con esporádicas y casi exclusivas salidas para visitas médicas. Nunca le oí una queja ni un lamento. Asumió que eso formaba parte del trato, y que contó con una prórroga hace algo más de cuatro años cuando ya estuvo al borde de la muerte en una UCI.

Si algo he aprendido viéndole en todos estos años, es que la medicina hace milagros, y nos sana y recupera por sus adelantos y el buen hacer de sus profesionales. Pero si algo cobra importancia verdadera cuando lo más preciado que tenemos, que es nuestra salud, la vamos perdiendo, es tener a tu lado a alguien que no solo sea tu enfermera, tu vigía y tu protectora. Es tener contigo a alguien capaz de dejarlo todo a un lado, emprender junto a ti esa carrera de fondo y, cuando esté próximo el adiós, te coja la mano, te dé un beso y recuerde que fuiste parte consustancial de lo más importante que le ocurrió a esa mujer en su vida.

*[Obituario de mi padre, Onofre Segura Martínez, publicado hoy en el diario ‘La verdad’ de Murcia]

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