Virolas

La Habana, 1984

Mi amigo y yo almorzábamos en un restaurante habanero al que estaba vedado el acceso a los cubanos. De repente reparamos, a través de la cristalera, en alguien que pasaba por la calle. Ella nos miró y nosotros también. Se detuvo y sonrió. Mi acompañante me instó a que saliera a saludarla, e incluso a invitarla. Lo hice. Era una mulata delgada, de pelo ensortijado, con unos ojos vivarachos y labios carnosos. Me dijo que no podía acceder al local, por razones obvias: esos restaurantes son solo para los turistas, me explicó. Le dije que me hospedaba en el hotel Capri y le pregunté si le apetecería que nos viéramos más tarde. Ella me dijo que sí. Nos despedimos y regresé a mi mesa. Le conté a mi amigo la conversación. Acabamos la comida y nos marchamos.

Caída la tarde, alguien me llamó desde el lobby al teléfono de mi habitación. Era ella. Bajé tan pronto como pude y nos fuimos a recorrer la ciudad. Entramos en un tugurio en el que la gente bailaba con ansia, como desquitándose de sus pesares. Había poca luz, pero me dio la impresión de que los nativos tienen una especie de rayos infrarrojos para conducirse por esos laberintos. Tomamos dos daiquiris y nos largamos. No recuerdo muy bien a qué sitio fuimos después. Sí que ella me dijo que tenía que ausentarse porque actuaba con un grupo en un cabaret más tarde. Quedamos para el día siguiente.

Esa mañana, tras desayunar, nos llegamos hasta el Hotel Nacional. Allí me contó que había vivido con un diplomático italiano y que la policía castrista la detuvo e interrogó una vez para sacarle información al respecto. Aquella detención no debió resultar muy amistosa. Luego, a la hora de comer, me llevó hasta un restaurante ubicado en la planta 25 de un edificio construido para albergar a los técnicos de los países del Este de Europa. El capitán, que así llamaban al maître, nos dispuso una mesa con celeridad, y más al intuir que yo llevara dólares en mi cartera.

Comimos y nos fuimos de tiendas. La oferta era paupérrima, sobre todo para ellos. Faltaban pocas horas para que yo abandonara el país. Me pidió que le regalara mi perfume. Le dije que era de hombre y ella me respondió que le daba igual, porque allí carecían de casi todo. Como al día siguiente salía temprano para el aeropuerto, acordamos que se lo dejaría en recepción a su nombre. Y así lo hice.

Pasados varios años, mi padre me entregó una carta que había llegado hasta mi domicilio familiar con remite habanero. La abrí y contenía un texto y una fotografía hecha con una Polaroid. En la misiva me relataba lo que había sido su vida desde entonces. En la foto aparecía ella, en una idílica playa, y me contaba que había colaborado en el rodaje de una película de una productora sueca.

En aquel viaje, hace ya 27 años, comprendí que la felicidad de la gente no estriba en tener más, sino en vivir el momento. Conocí a personas que, como el camaleón, se aclimatan al paisaje que les toca en suerte con una naturalidad que apabulla. José Martí decía que las verdades elementales caben en el ala de un colibrí. Aquella chica veinteañera, mulata, de pelo ensortijado, ojos vivarachos y labios carnosos, me dio una lección que jamás podré olvidar. Y todo, sin tener que recurrir a venderme su cuerpo ni quizá tampoco su alma.

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2 comentarios sobre “La Habana, 1984

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