Virolas

El mulato Friedenreich, goleador de ojos verdes

Que el fútbol es una pasión a la que muy difícil resulta resistirse, queda más que patente en una soberbia escena con la que en la galardonada película de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, se intenta explicar la pista que llevará a localizar al sospechoso. Harto complicado será para quien no participe de esa suerte de religión entender los motivos por los que tal deporte nos hace vibrar en pos de unos colores, sintiéndolos como nuestros, como algo intrínsecamente unido, quizás, a nuestros propios corazones.

Pero el fútbol no son sólo once pares de botas en busca de un balón; ni siquiera el mercado persa en el que se ha convertido en los últimos tiempos, soslayando lo que de deporte tiene para entrar de lleno en un pingüe negocio para algunos avezados ingenieros financieros. El fútbol puede ser poesía o ballet, según los casos. No había más que ver a Pelé o Maradona sobre una cancha o a Zinedine Zidane para contemplar lo uno y lo otro.

Pero ese deporte entraña también historias legendarias como la de Arthur Friedenreich. Para las jóvenes generaciones, éste resultará un nombre absolutamente desconocido, si bien en su patria, Brasil, -sinónimo de fútbol siempre-, pocos dudan de su identidad. Sepa el lector que se trata de uno de los más grandes jugadores que haya dado la historia del balompié. Nacido en Sao Paulo, Friedenreich, con ese apellido, no podía ser más que hijo de alemán y brasileña. Era mulato y sus ojos verdes destacaban en un rostro tan límpido cual desafiante.

A empujones tuvo que abrirse paso en el Brasil de comienzos del siglo XX para llegar a ser el enorme goleador en el que se convirtió. Ser negro o mulato en aquel entonces resultaba prohibitivo para alinearse, al ser el fútbol una disciplina excluyente y con profundas connotaciones racistas. Arthur no sólo aguantó como un coloso los desprecios públicos, sino también las entradas a las que lo sometían los rivales en los terrenos de juego. Y se hizo grande. Tanto, que en una gira por Europa en 1925 la prensa lo llamó deslumbrada ‘rey de reyes’, cuando O Rei, Edson Arantes do Nascimento, aún no había nacido, pues lo haría 15 años después.

Pero Friedenreich no sólo pasaría a la posteridad por la impresionante estadística de sus goles (1.239 en 1.329 partidos, según su amigo, paisano y coetáneo, el poeta Mario de Andrade); lo haría también por ser el autor de algo que hoy vemos de lo más normal en un partido: lanzar la pelota con un efecto especial, describiendo una curva. Aquello asombró tanto que incluso motivó tratados de Física al respecto.

Sin embargo, nuestro ídolo, que nunca cobró por jugar, se vio privado de poder disputar algo que a él le hubiera motivado especialmente: un campeonato mundial. Aunque Arthur se retiró a los 43 años en el Flamengo, la celebración de los Mundiales no comenzaría hasta 1930 y, por razones obvias, ya no era su momento. Murió en 1969, a los 77 años. Ese día, El Tigre, como le apodaron los que tanto lo admiraron, daría su último zarpazo.

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