Virolas

Zátopek, un atleta de Estado

El escritor francés Jean Echenoz ha escrito una apasionada biografía novelada sobre el enorme atleta checo Emil Zátopek (Correr, Ed. Anagrama). En mi adolescencia, cuando disputaba carreras atléticas y soñaba con emularle, conocí en parte su historia. Zátopek era un corredor especialista en pruebas de fondo que había saltado al palmarés internacional merced a sus brillantes resultados en los Juegos Olímpicos de Londres (1948) y, sobre todo, en Helsinki (1952). Tras obtener con inusitada superioridad sus medallas y trofeos, a Emil le apodaron decididamente la locomotora humana. Y no sin motivos.

Zátopek corría carente de un estilo definido; yo más bien diría que lo hacía casi de forma ortopédica. Comenzó a hacerlo mientras trabajaba de aprendiz en una fábrica de zapatos, “Bata de Zlin,  a cien kilómetros al sur de Ostrava”, en plena ocupación nazi de su país. En la empresa organizaron una carrera y él, con sólo 18 años, quedó segundo a pesar de que no quería participar, por lo que tuvieron que obligarle. Pero, evidentemente, ese no era su lugar. Ni en lo laboral ni en lo deportivo. Luego se hizo militar, alcanzando el grado de coronel, quizá más por su resonancia en el mundo del atletismo que por sus dotes en la táctica de la milicia. A partir de ahí se inició su leyenda, especialmente en las pruebas de 5.000 y 10.000 metros. Era casi imbatible. También probó en la de maratón. Y ganó los tres oros en Helsinki, en una gesta olímpica aún no igualada por nadie. Se casó con una lanzadora de jabalina que había nacido, casualmente, el mismo día que él. Se llamaba Dana Ingrova. Zátopek se retiró compitiendo en nuestro país: fue en el cross de Lasarte, en Guipúzcoa, allá por el año 1958 [la foto de arriba, con su cara desencajada, encabezando el grupo, pertenece a ese día].

A lo largo de todos esos años, su país y por ende el mundo controlado por los tentáculos de la extinta URSS, se sirvieron de él como ejemplo de deportista nacido y cultivado bajo tan férreo sistema. Pero una señalada determinación personal que adoptaría una década después, cavaría su propia fosa. Sus convicciones políticas le llevaron a prestar aliento a la Primavera de Praga. Se unió a Alexander Dubcek y ése fue su final. Tan arriesgada apuesta le llevó a ser un proscrito, a pasar al ostracismo y casi al olvido. Lo desterraron a trabajar en unas minas de uranio y luego lo reclutaron como barrendero, relatándose que mientras limpiaba escoba en mano las calles de su ciudad, las gentes lo reconocían y le aplaudían. Otros, quizá los más firmes partidarios de la ortodoxia pro-soviética, sonreían al verle en tales menesteres.

Mas no sería esa la única vez en la que Zátopek provocara hilaridad. Se cuenta que cuando en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas aliadas organizaron un campeonato atlético en el Berlín liberado, él fue el único representante de su país. Desfiló en solitario tras la bandera checoslovaca, en pantalón corto y embutido en un chándal desteñido. Aquello provocó la risa generalizada en el estadio, que se tornó en aplausos cuando cruzó la meta victorioso en la prueba de 5.000 metros.

Sobre Zátopek existe escasa bibliografía. Es por lo que Echenoz asegura que, al objeto de documentar su novela biográfica, tuvo que leerse unos 4.000 ejemplares del diario L’Equipe, su sección de atletismo comprendida entre los años 1946 y 1957. El autor comienza relatando la historia de Emil, y sólo hasta alcanzar casi el centenar de páginas no aparecerá el apellido legendario.

Los últimos años de la vida de Zátopek no fueron los felices que él hubiera querido. En 1975, para ser rehabilitado, se le instó a firmar una carta vergonzante en la que se regocijaba de la muerte de un enemigo del régimen comunista. El precio que pagaría por aquel gesto resultaría incalculable. Y moriría decrépito, en la modestia, en Praga, a los 78 años, un día otoñal del noviembre de 2000.

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