Virolas

Tempus fugit

Si es el nuestro un país de pura superstición, el mundo del toro se lleva la palma. Dicen que la maldición estaba escrita una tarde septembrina de 1984, en el coso de un pueblo cordobés en el que tres toreros se aprestaban a lidiar una corrida más. Eran Francisco Rivera Paquirri, José Cubero Yiyo y Vicente Ruiz el Soro. El primero se topó de bruces con la muerte ese mismo día, allí en Pozoblanco. El segundo, apenas un año después en Colmenar Viejo, cuando el festejo ya daba sus últimos coletazos. Y el tercero, el único superviviente de la terna, brega desde entonces con una especie de imprecación que le ha convertido en asiduo visitante de los quirófanos de no sé cuántos hospitales.

Este lunes se cumplirá un cuarto de siglo de la cogida fatídica del Yiyo. Cuenta el maestro Antonio Chenel Antoñete, con la perspectiva que da el tiempo y la senectud, que el toro Burlero le partió en el acto el corazón a aquella joven promesa del toreo y que de ello fue consciente desde el primer instante. “Pali –dicen que le dijo con el dramatismo del momento al banderillero de Antoñete–, este toro me ha matado”. Al día siguiente, el maestro Chenel, decano como era en el escalafón de matadores, toreó en Almería, con la cabeza puesta en otro sitio aunque se le dio en opción que de él pasara ese cáliz. Y sufrió una cogida tremenda que precisó la consiguiente operación.

De esos remotos días, recuerdo las imágenes televisivas, ya en color, de la vívida tragedia taurina. Era como una versión moderna, revisada y corregida de aquellas otras fotos añejas, en blanco y negro, de un Manolete de cuerpo presente, velado por el llanto de una madre.

El féretro con los restos del Yiyo fue paseado a hombros por la plaza de Las Ventas, saliendo el cuerpo inerte por la puerta grande. Tenía sólo 21 años cuando una fatal cornada cortó de raíz una trayectoria que decían sería principesca. No faltó quien apuntara, parafraseando a Petrarca, que un bello morir honra toda una vida. Aunque, en este caso, como glosara el poeta, fuese tan fugaz, tan efímera, tan perecedera.

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