Diario

Diario de un prodigio (LXXI)

Pasé casualmente la otra tarde por la calle que albergaba aquel local de mi remota juventud en el que un cuervo servía condumio a la jubilosa clientela. La pala había hecho de las suyas, instalada en el ímpetu devorador y devastador del urbanismo aún rampante. No pude por más que sentir un hondo escalofrío al recordar aquella tarde de verano cuando ella salió rauda al verme dubitativo pasar por la puerta. No siendo muy exacto en estos casos casi nunca, diría que en su vestido predominaban el verde y el blanco. Fue un reencuentro que supuse definitivo. La interrupción de aquellos días tuvo una continuidad de casi dos décadas. Quizá la otra tarde, de forma y manera inconsciente, buscara otro reencuentro con no sé qué, como ése de hace ya tanto tiempo.

Me reafirmo cada vez más en la aquiescencia de los lugares comunes, y acaso en que nuestra vida se resuelva en apenas un palmo de existencia. Me pasa a mí y creo que nos pasa a todos un poco. El futuro parece estar escrito en un libro indescifrable que, en ocasiones, nos da un quiebro insospechado. Ocurre en cada esquina y a cada paso. Quizá por eso, la otra tarde, en el paseo, recordé a García Márquez cuando sentenció eso de que la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.

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