Virolas

Ocho años

Cada vez que se aproxima una cita electoral, el panorama político se agita sobremanera. Ahora le está tocando el turno al PSOE, en especial en la Comunidad de Madrid, un lugar que, pese a quien pese, sigue siendo el epicentro de cuanto se cuece en este país nuestro y desde el que salen catapultadas multitud de iniciativas que en él se emprenden.

Decía un veterano político en los estertores del franquismo y comienzos de la Transición aquello tan genuino de “al suelo, que vienen los míos”. Los socialistas siempre fueron maestros en lo de tirarse los trastos a la cabeza entre compañeros a la hora de medirse en un congreso o de confeccionar listas y candidaturas. Otros, en su caso y por contraste, optaron más por la fórmula búlgara que, para quien no lo sepa, conlleva adhesiones inquebrantables.

En Madrid, a lo que se ve, a Tomás Gómez no le ha sentado nada bien que le quieran hacer luz de gas con Trinidad Jiménez. Él, que se consideraba más que capacitado para disputar en 2011 la presidencia de la Comunidad a la popular Esperanza Aguirre, con muchas opciones de volver a ser la elegida.

Mas que en nuestro país no se ponga límite a los mandatos de los políticos me parece craso error. Todos conocemos, con nombres y apellidos, a quienes una y otra vez repiten hasta la saciedad, aburriendo al personal con su presencia omnipresente en el cargo público. Escasas son las excepciones y, como tales, aun con las divergencias que con él se puedan mantener, hay que citarlas: José María Aznar.

No poner coto a que un político permanezca por tiempo determinado asido al sillón conlleva lo que en algunos casos ya hemos comprobado: que al final lo abandone saliendo raudo por la puerta de atrás y casi con el rabo entre las piernas. Escribo hoy desde la Comunidad Valenciana, donde sienten y padecen de lo que estoy hablando. Ocho años, como ocurre en los EE UU, me parece un período más que prudencial para que alguien desarrolle su ejecutoria en la vida pública. Todo lo que vaya más allá será profesionalizar la política, ya de por sí bastante maltrecha en este sentido, con la irrupción de determinados advenedizos de los que cuesta escrutar cuál era su profesión antes de aterrizar en ella. Porque si es verdad que a la política se llega a servir y no a servirse, no es menos cierto que los panteones y los nichos de los cementerios están copados de gente que se creía imprescindible. Y mira tú por dónde.

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