Virolas

Damas y desterrados en Cuba


Leí con detenimiento los cargos imputados a los presos cubanos que ya han llegado a España y no aprecié en ellos crímenes de lesa humanidad. Observé lo heterogéneo de su procedencia, profesores, periodistas, médicos, y hasta un panadero. Se trataba, a ojos del Estado que han construido los hermanos Castro, de peligrosos ciudadanos que reclaman poder vivir en una isla en libertad.

Que hayan abandonado las mazmorras, donde uno cuenta por ejemplo que estuvo 24 días en una celda con la luz permanentemente encendida, ya es un hecho plausible. Otra cosa, quizá, sea que no puedan gozar de esa liberación en su propio país y que hayan tenido que ser desterrados al nuestro. Que en Cuba los derechos humanos brillan por su ausencia, es algo más que evidente. Por mucho que se empeñen aún algunos incondicionales de la causa castrista en manifestar lo contrario. Aquel sueño del amanecer revolucionario de la Sierra Maestra desembocó en una larga noche de ausencia de libertades, así como de privaciones y severos castigos.

Como si de una novela orwelliana se tratara, el Hermano pequeño sustituye al Hermano mayor – al que todos ya creíamos ajeno al mundanal ruido–, pero éste reaparece, tan visionario como siempre, contándonos que sobre nuestras cabezas se cierne el peligro de una guerra nuclear.

Algo menos de sesenta disidentes abandonarán las cárceles cubanas en próximas fechas. No todos quieren ser deportados. La avanzadilla, apenas una decena, ya ha llegado a España. Mientras, en la isla quedarán todavía más de un largo centenar de presos políticos de quienes desconocemos su futuro. Muchos se enfrentan a largas condenas por atentar ideológicamente contra un Estado que les instruye para pensar unidireccionalmente.

Entre tanto, por las calles de La Habana y de otras ciudades del país, las Damas de Blanco seguirán dejando constancia de que ante la tiranía sólo cabe obrar con valentía. El nada sospechoso escritor chileno Jorge Edwards acaba de pedir el Nobel de la Paz para unas mujeres que defienden pacíficamente los valores en los que creen, jugándose la vida, al tiempo que nos regalan diariamente una impagable lección de dignidad con su lucha y su constancia en pro de la libertad y la democracia.

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