Virolas

Generación de fracasados

De un estudio llevado a cabo por la Fundación La Caixa sobre el fracaso escolar en nuestro país, me ha llamado la atención una frase de su director: “La escuela ya no es la única ventana al mundo”. Aún me acuerdo de quienes en mi infancia me enseñaron, con un afán didáctico inusitado. Para mí, aquellos eran maestros en la más amplia acepción de la palabra, y no profesores o docentes, como si con cierto eufemismo el sistema tendiera a denominarlos después. A ellos deberé siempre mi inquietud posterior por cuanto me rodea, así como mi desbordada afición por la lectura. Si no fui un alumno ejemplar, no fue sin duda por culpa de ellos, sino más bien por mis probadas limitaciones.

Por razones obvias, en las que se  implica mi hijo pequeño que el próximo curso acometerá la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), ese estudio en torno al fracaso y al abandono escolar en España me ha tocado de lleno. Se dicen en él cosas que algunos, aun no siendo expertos en la materia, ya nos barruntábamos. Una de esas conclusiones es la improcedencia del salto que a los niños se les obliga a dar, a la temprana edad de 12 años, del colegio al instituto. De ciertos polvos, vienen los consiguientes lodos. La reforma educativa de la Logse posibilitó esa circunstancia, a todas luces y como se deduce, negativa. Y es que no es lo mismo a esa edad ocupar plaza en una clase de la escuela, donde un maestro o maestra se dedica a ti, globalmente, casi en cuerpo y alma, que llegar a las aulas del instituto donde cada profesor tiende a ocuparse de lo suyo. Y no es que lo diga yo, es que es lo que dicen los propios chavales entrevistados para el aludido trabajo.

Prueba de ello es que la cifra de abandonos es menor en los centros concertados –donde sí se cursa todo el ciclo de secundaria y bachillerato, tras concluir la primaria– que en los públicos. El ejemplo más palmario es el de los alumnos de la etnia gitana: prácticamente sólo los que estudian en los centros concertados consiguen graduarse en la ESO.

Hay otro dato que invita a la reflexión, y en el que incidía el comentario del responsable del trabajo cuando hablaba de que la escuela ya no era como otrora ventana al mundo: la sociedad de la información. Bien es cierto que internet ha suplido muchas carencias de nuestros estudiantes. Antaño, para realizar un trabajo, recurríamos a las bibliotecas y, en ellas, a las vastas enciclopedias. Hoy todo está al alcance del alumno, en su misma habitación y con tan sólo un golpe de ratón. Y quizá sea verdad que esa sobrecarga de información resulte hasta perniciosa para los chavales, derivando en un inicial desenganche y un posterior fracaso. El desembarco en el mundo laboral, tras el abandono de los estudios, es percibido por muchos como una auténtica liberación. Además, ello posibilita alcanzar la adultez y, por extensión,  amplias dosis de independencia.

En todo este proceso los padres jugamos un papel fundamental. Es lógico que el ejemplo que transmitamos a nuestros hijos les ayude a motivarse, si bien es cierto que ello no bastará por sí solo. Sería pues conveniente que, entre la marabunta a que esta sociedad nos conduce en el día a día, nos detuviéramos un instante, reflexionáramos y nos cuestionáramos si el futuro de una generación merece que le dediquemos, aunque sólo sea eso, una pequeña porción de nuestro siempre valioso tiempo. Yo creo que sí, y por ello me aplico el cuento.

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