Virolas

El año que conocí a Lato

En 1974 yo tenía doce años. Precisamente, los que hoy tiene mi hijo. La Copa del Mundo de fútbol se disputó en Alemania Federal –todavía se llamaba así, pues aún faltaban tres lustros para que cayera el Muro– y en ella no participó España. En aquel entonces yo consideraba a nuestra selección como de segunda división, al compararla con el supuesto potencial de Brasil, Holanda, Polonia, Argentina, Italia, Yugoslavia o la propia Alemania Federal que, al final, se hizo con el campeonato.

Estos días me he acordado mucho de aquel Mundial. Fue el primero del que tuve conciencia como aficionado al fútbol. Me tragaba los partidos con auténtica fruición al tiempo que aprendía el nombre de los jugadores a los que rápidamente identificaba en el campo, reflejados en un televisor en blanco y negro. En aquella ocasión participaron las grandes selecciones de entonces, pero también otras que causaban sorpresa: era el caso de Australia, Haití o Zaire, donde yo nunca supuse que jugaran al balompié. Las tres, por lógica, quedaron a la cola del torneo.

El partido inaugural lo jugaron los anfitriones con Chile, al que ganaron por uno a cero con un tempranero gol de aquel jugador con aspecto de beatle llamado Paul Breitner, que recaló en el Real Madrid. Pero hubo en el Mundial del 74 dos selecciones que me impactaron de forma especial: Holanda y Polonia. Los primeros conformaron una escuadra que impresionaba. Aquella ‘naranja mecánica’, como se la denominó adoptando el término de la novela de Anthony Burgess llevada al cine en 1971 por Kubrick, era un destello de elegancia y efectividad con el balón en los pies. La comandaba un jugador flaco, ágil y melenudo que, para mí, siempre será el más grande que haya visto en vivo sobre un terreno de juego: Johan Cruyff. Pero también estaban, entre otros, Neeskens, Krol, Johnny Rep, Rensenbrink, Van Hanegem y el portero Jongbloed, de quien nunca olvidaré lo que yo entendía como una excentricidad: el número 8 que portaba en su camiseta.

Holanda perdió la final ante los alemanes por 1 gol a 2. Se adelantó Neeskens de penalti nada más comenzar el partido. Empató Breitner de la misma forma mediada la primera mitad. Y Gerd Müller, aquel delantero centro envidiable e inolvidable, deshizo la igualada al filo del descanso. No hubo goles en la segunda parte. Los germanos del káiser Beckenbauer fueron justos vencedores. Si Holanda era una ‘naranja mecánica’, ellos eran una división acorazada de los Panzer. Desde el meta Sepp Maier, pasando por Berti Vogts, Overath, Breitner, Hoennes o Bonhof, constituían un auténtico equipazo.

Sin embargo, el máximo goleador de aquel Mundial no perteneció a ninguna de esas dos selecciones finalistas. Fue el polaco Grzegorz Lato, un tipo tan veloz como resolutivo de cara a la portería contraria, que se alzó por méritos propios con la Bota de Oro. Por su incipiente calvicie, me recordaba físicamente al gran Bobby Charlton. Por eso el otro día, sentado como estaba en el campo viendo el amistoso España-Polonia jugado en Murcia, me acordé de él, y de Gadocha, Deyna, Kasperczak o del portero Tomaszewski, quienes en aquel campeonato ganaron al Brasil de Jairzinho y Rivelino por uno a cero, con un gol suyo, y quedaron terceros de forma más que brillante. Y quizá por eso mismo, ante el vapuleo de la otra noche en la Nueva Condomina, donde les ganamos por 6 a 0,  rememoré aquel Mundial del 74 y pensé en lo que ha llovido desde entonces. Tanto que hasta cayó 15 años después el Muro de Berlín, desvaneciéndose una vergüenza para la Humanidad que todos conocimos como el telón de acero y tras el cual había seres tan ejemplarizantes como Grzegorz Lato.

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