Diario

Diario de un prodigio (LXX)

En la estancia judicial se distribuían media docena de funcionarias por tan sólo un varón. No le di la mayor importancia, habida cuenta de que uno ya va siendo muy consciente de andar en franca minoría por estos mundos de Dios y en casi todas las facetas. Mientras resolvíamos el papeleo que hasta allí nos condujo, observé la decoración de la oficina, muy propia de lo convencional que resultan aquellos sitios donde, y para eso estarán las excepciones que confirmen toda regla, siempre te da la sensación de que se despacha el futuro del ser humano como si de cuarto y mitad de salchichón se tratara.

Saltó a mi vista que todas las funcionarias colgaban de las paredes y armarios fotocopias de tipos de cuerpo danone o de aquel mismo jaez del que apareciera descargando coca-colas en el anuncio televisivo mientras ellas miraban obnubiladas desde la ventana del trabajo. Como un resorte, dirigí mis ojos a la mesa del funcionario. A nadie hubiera extrañado que, en aquel contexto, el hombre hubiera colgado, a modo de compensación, algún presente de Jennifer Lopez o Elsa Pataky. No diré ya que el tipo cayera en lo chabacano del típico/tópico calendario del taller de reparación de coches, con la consiguiente modelo en actitud de ir pidiendo guerra. Pues no; ni lo uno ni lo otro. En el armario situado junto a la mesa del varón colgaban cinco o seis fotografías de pilotos de motociclismo, que debe ser este deporte, el de las dos ruedas, su auténtica pasión confesa, me supongo.

Cuento esto al hilo de lo que han cambiado las cosas. Y me pregunto qué pasaría si en una estancia administrativa, seis caballeros colgaran fotos de señoras de buen ver, aunque fueran vestidas, para deleite de sus sentidos. Pues que los tacharían de machistas y que, es más que probable, los obligaran a retirar la cartelería con cajas destempladas.

Ah, por cierto. Los modelos masculinos de las fotos antes mentadas no posaban con smoking de Armani o diseños blazer de YSL. No. Los había que exhibían su fastuosa caja pectoral con toda la naturalidad del mundo, para regocijo de aquellas miradas perdidas en la rutina de una tediosa jornada laboral. Pero claro, esto lo digo yo que, a estas alturas, ya estaré siendo víctima de algún vudú, al tiempo que calificado como corresponde por quienes siempre pretenderán ver la paja en el ojo ajeno y nunca en el propio. Es lo que nos ha tocado ver y, a fuerza de no ir contracorriente, tener que comprender por fas o por nefas.

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