Virolas

El buen samaritano

Ahora, cuando el equipo de fútbol de su pueblo, el centenario Águilas C. F., da sus últimos coletazos, Alfonso Escámez López se ha muerto a los 94 años de edad. Nació con el año, el de 1916, en ese idílico rincón de la costa murciana. Yo tuve ocasión de conocer al banquero de envidiable currículum, el que recorrió todo el escalafón desde abajo para llegar a la cúpula, en su domicilio aguileño. Fue durante un verano, a mediados de la década de los ochenta, en el que se disputó en el Campo del Rubial un trofeo futbolístico que llevaba su nombre. Jugaban el Real Murcia y el Águilas. Los periodistas que acudimos a cubrir aquel partido nos apostamos en la tribuna principal del campo, en la que recuerdo a un Escámez exultante presidiendo con las autoridades locales, y unos asientos tras de mí al locutor de deportes de los telediarios de mi niñez, Miguel Ors.

Al concluir el partido, el presidente del Banco Central tuvo a bien invitar a los directivos del Real Murcia y a la prensa a cenar en su casa aguileña. Fuimos hasta allí y recuerdo que llegué de los primeros. Nos abrieron la verja unos guardias de seguridad quienes, tras franquearnos la entrada, nos condujeron hasta el interior del chalet. Allí había dos amables señoras, muy solícitas, que nos preguntaron qué queríamos tomar. Y nos atendieron ellas mismas. Pensé, en ese momento, que pertenecerían al servicio. Mas no era así. Luego alguien me aclararía que eran la esposa de Escámez, Aure, y su cuñada y esposa de su hermano Antonio, el director general del Central. Dos señoras, me dije, a las que no se les caían los anillos por ejercer de anfitrionas con unos jovenzuelos periodistas.

Alfonso Escámez nos atendió de maravilla aquella noche en su residencia veraniega. La cena fría en el jardín resultó exquisita, no tanto por lo servido –que estaba delicioso– como por el ambiente que se respiraba. No me dio la sensación de estar en la casa de uno de los hombres más importantes del país, en la de quien pocos años después sería condecorado por el Rey con un marquesado. Todo era normalidad y amabilidad aquella noche.

He recordado ahora esa velada, tras saber de su muerte. La de alguien que, basta con visitar Águilas, hizo mucho por su pueblo y sus paisanos. Aunque es posible que, como vislumbrara una vez la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, nadie se acordaría hoy del buen samaritano si además de buenas intenciones no hubiera tenido dinero.

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